Perdido por esos mundos

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BEGOÑA RAMÍREZ JOYA

Por fin han llegado a su destino, por unos momentos se habían sentido perdidos por esos mundos cuando su vida ahora transcurre tan plácidamente entre los almohadones de un bienestar programado, pero satisfactorio, en el que todo está bajo el más absoluto y riguroso control.

Al llegar por fin al hotel un amable y jovial recepcionista les ha colocado en la muñeca una pulserita a cada uno, señal y símbolo de que durante sus 5 días de estancia son huéspedes completos, rendidos a la mansedumbre del servilismo ajeno. Los niños Abel y Diana se han puesto a jugar inmediatamente con la pulserita bajo la mirada vigilante de sus progenitores, de los que son su replica en todos los sentidos porque comparten incluso el nombre.

Es la costumbre de la época, cuando una pareja está en edad de procrear se les pide que elijan el sexo y las características de sus futuros hijos, aunque siempre se les aconseja que sean niño y niña para el equilibrio de la especie y que sus rasgos sean a ser posible los más relevantes y hermosos.

Abel y Diana padres, creen haberlo conseguido, sus hijos llamados ídem son guapos, inteligentes, dóciles y moldeables, tanto que a veces hasta se preocupan un poco porque recuerdan vagamente que en sus años infantiles los niños eran traviesos y desobedientes, revueltos y a veces hasta incontrolables. Pero una niñez así puede augurar para el sistema adolescentes rebeldes e inconformistas, a los que no se logra comprar con los últimos juguetitos tecnológicos. Ese problema se erradicó hace tiempo. En las escuelas todo está mecanizado, organizado, informatizado, y estructurado en un esquema perfecto y sin fisuras que reproduce casi al ciento por ciento la estructura social.

Nada de expresiones artísticas o creativas que puedan entorpecer el desarrollo de una inteligencia lógica y estructurada, perfectamente racional.

Para los niños más incluso que para sus adultos padres, estas vacaciones con pulserita en el macro hotel suponen un respiro porque, aunque todo está también perfectamente estructurado y organizado, como en esas cadenas de producción que vemos en las grandes fábricas, aquí al menos en el súper-hotel existe la diversión. Una vez dentro, los asistentes recomiendan no salir de las instalaciones al exterior, si no es en caso de extrema necesidad. Se trata de pasar el mayor tiempo posible dentro del complejo disfrutando del buffet-desayuno, buffet-almuerzo, sauna-relax, spa-hotel, buffet-cena y show-hotel. Sin embargo, y a pesar de todo este bienestar circundante, Abel padre y Diana madre sienten últimamente un extraño desasosiego, anhelan algo parecido al eco de una libertad perdida, y bajo la capa de un embotamiento mental, bien alimentado, sienten que algo bulle en sus entrañas. Tanto es así que hasta sus hijos lo han percibido y les miran a veces con extrañeza, cuando les sorprenden con la expresión perdida.

Diana madre ha decidido dar una vuelta a solas por las instalaciones. Sus ídem y Abel padre se han quedado en la piscina, disfrutando del juego con una amable monitora que promete tenerlos entretenidos toda la mañana. Ella sabe que no está bien visto pasear sin rumbo fijo, pero ha decidido aven-turarse por los jardines, y si algún vigilante hotelero le pregunta amablemente, pero con rigor militar, hacia dónde se dirige o si se ha perdido, intentará explicarle que solamente deseaba pasear. A las mujeres a veces les pasa eso, necesitan pasear y coger flores, si le dice esto tal vez el vigilante la deje tranquila. Su paseo comienza bien, el perfume de las flores evoca en su memoria antiguas emociones y esto le gusta, no son muchas las ocasiones para sentir. Se da cuenta además de que en algunos rincones alguien ha colocado pequeñas frases, que no entiende como no han sido retiradas, pues este tipo de expresiones no está permitida. En una de estas frases se puede leer: «gota a gota el agua horada la piedra». Y Diana madre piensa que esto se parece mucho a esas sensaciones que van creciendo poco a poco dentro de nosotros sin que a veces casi nos demos cuenta y que de repente hacen que nuestra vida se transforme y sentimos la necesidad de cambiar.

Y, sin poder evitarlo, siente una especie de melancolía totalmente prohibida. Por alguna razón su memoria le ha traído recuerdos ya perdidos de una época en la que aún se podía pasear y vagar por las calles sin rumbo fijo. Y también sin poder evitarlo un fugaz pensamiento cruza velozmente por su cabeza: aquella época ya lejana en la que junto con una multitud de amigos y desconocidos se tomaron plazas en todos los rincones del mundo pidiendo democracia real ya, y la gente gritaba : «Que alegría haber tomado las calles otra vez».

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