OPONERSE A SÁNCHEZ COMO TODO PROGRAMA

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Oponerse a Sánchez como todo programa

Agustín Martínez -Periodista-

Después de año y medio al frente del PP, la «gran esperanza» gallega sigue sin dar señales de poder convertirse en un líder sólido y convincente para quienes no sean militantes o simpatizantes acérrimos de su partido.

Alberto Núñez Feijóo llegaba a la presidencia nacional del PP bajo palio, para sustituir a un defenestrado Pablo Casado, ejecutado cruelmente por quienes solo unos días antes le adulaban y lo hacía a lomos de dos activos fundamentales: sus sucesivas mayorías absolutas en Galicia y el haber laminado política y electoralmente a Vox en aquella comunidad.

Quien más, quien menos, pensamos que con la llegada de Feijóo, el PP iba por fin a centrar su discurso y de esta forma poder pescar en caladeros electorales del centro, sin embargo, 18 meses después, Alberto no ha cumplido ninguna de las expectativas con las que llegó a la calle Génova y salvo para los muy cafeteros del PP, se está convirtiendo en una decepción mayúscula.

La amenazante sombra de Isabel Díaz Ayuso, pronto hizo virar al gallego hacia las posiciones más duras de la derecha, en un vano afán de competir con Lady Madrid por ese electorado; hasta el punto de que no solo ha bendecido todos los pactos de Gobierno con Vox, en aquellos territorios donde la suma de las derechas podían otorgar gobiernos, sino que ha normalizado la relación con el partido de Abascal, como socio imprescindible para acceder a la Moncloa.

Tras el tsunami azul de las elecciones municipales del pasado mes de mayo y convencido por el alud de encuestas preelectorales, de que iba a llegar a la Moncloa sin bajarse del autobús, Feijóo se limitó a ofrecer a este país la derogación del Sanchismo, sin ningún otro argumento propositivo. Y así andaba Alberto, repartiendo ministerios, cuando en la noche del 23 de julio se despertó a la cruel realidad de que había ganado las elecciones, sí, pero sin ninguna posibilidad de articular una mayoría parlamentaria que le aupara a la presidencia del Gobierno.

Si hasta esa fecha el mantra de Alberto fue el de la derogación del Sanchismo, desde entonces todo el aparato político, mediático y económico que orbita Génova, se afanó en que no podía ser presidente el candidato del partido que no había ganado las elecciones, cuando curiosamente algunos de sus principales líderes territoriales, como Ayuso, Almeida o Moreno Bonilla, llegaron por primera vez a sus gobiernos municipales y autonómicos, sin haber ganado en las urnas. Como consecuencia de esa presión, el Rey encargó la formación de Gobierno a Feijóo, aun sabiendo que era misión imposible y entonces se inició un curioso periodo mendicante, en el que el candidato llegó al estrambote de pedir los votos necesarios para llevarle a la presidencia, al mismísimo Sánchez a quien pretendía derogar. Cuando la realidad de la aritmética parlamentaria acabó por entrarle a la cabeza, se inició la penúltima etapa de este sainete, que no es otra que la de siempre que el PP no consigue el Gobierno: deslegitimar cualquier otra opción.

El caso es que entre la derogación del Sanchismo, el reparto de ministerios, su matrimonio con Vox y la deslegitimación de un posible gobierno de Pedro Sánchez, aún no hemos escuchado a Feijóo una sola propuesta propia, constructiva y para mejorar la vida de la gente a la que pretende gobernar, ante lo cual no estaría mal, que a falta de ideas propias para este país, al menos nos cuente si está a favor o en contra, de las que sí han acordado el PSOE y Sumar, en su acuerdo para un hipotético Gobierno de coalición.

Los españoles tenemos derecho a saber si Feijóo se va a oponer a la reducción gradual de la jornada laboral a 37.5 horas semanales, lo que supondrá hacer la vida un poco más fácil a más de nueve millones de personas; igualmente interesante sería que nos dijera si está en desacuerdo en una extensión del permiso de paternidad y maternidad hasta las 20 semanas, en el aumento del parque público de vivienda para alquiler asequible, o en el compromiso para continuar las subidas del salario mínimo hasta alcanzar el sesenta por ciento del salario medio.

Sería muy de agradecer que Feijóo nos dijera también, si está en contra de un plan de choque contra el desempleo juvenil, de un refuerzo del maltrecho sistema público de salud, del aumento del parque público de vivienda para que alcance el 20% del parque total, de la universalización de la escolarización de 0 a 3 años, o de la ampliación de los permisos retribuidos por nacimiento; porque de esas cosas, que son las que mejoran la vida de la gente, es de las que va el acuerdo de Gobierno para la próxima legislatura, si es que al final se consigue.

Sé que soy un iluso, porque a la vista de los antecedentes, la respuesta de Feijóo será aquella tan hispánica de, «dígame de qué se trata que me opongo».

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