TURISMO «LOW COST»… NO APRENDEMOS

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Turismo «low cost»… No aprendemos

Agustín Martínez -Periodista-

En vísperas del macropuente de la Constitución-Inmaculada nos dicen las autoridades de «la cosa», que la capital estima una previsión del 90 por ciento de la ocupación hotelera, con la Alhambra casi al cien por cien de su aforo, rondando las 30.000 entradas vendidas. Hace tan solo un mes Granada ya lo petó en el puente de los Santos y hace mes y medio abrió el carrusel otoñal, colgando el cartel de no hay billetes, en la primera gran cita festiva tras las vacaciones estivales, como es el puente del 12 de octubre

Hace tan solo unos días, la plataforma de reservas «Omio» ha realizado un ranking de lugares asequibles a los que viajar, en el que resulta que Granada, es la ciudad más barata para viajar de Europa. Medalla de oro del conocido como «low cost», que se traducirá en más cantidad, pero menos calidad

La citada plataforma de reservas, centraba su estudio sobre las actividades y atracciones turísticas gratuitas y asequibles de todo el continente europeo. Todo ello, con el objetivo de encontrar para sus clientes las mejores opciones de destinos turísticos con el presupuesto más barato. Y en el ranking elaborado la clara ganadora es Granada, lo que créanme, no necesariamente es una buena noticia para nuestra ciudad, sino más bien todo lo contrario, ya que si nuestra oferta turística no pasa por la calidad y la excelencia, en lugar de por la masificación y el bajo coste, se convertirá, si es que ya no lo es, en una actividad molesta para sus habitantes, lo que sin duda lo coloca en una difícil disyuntiva.

Empeñados en dar prioridad al visitante ocasional, en puentes y festivos nuestra ciudad se ve devorada por un aluvión de visitantes que generan el consumo masivo de espacios, imágenes e imaginarios que, proyectados por los promotores turísticos, -privados e institucionales-, alimentan el hambre insaciable de los foráneos que recorren el cuerpo de la ciudad, convirtiéndola en casi inhabitable para sus ciudadanos.

Los largos meses de la pandemia que parecía nos iban a servir de enseñanza para reorientar nuestra actividad productiva, empezando por la turística, no han servido para nada y nada más volver a la «normalidad», Granada ha recuperado sus viejos defectos, que en el caso que nos ocupa, siguen primando la cantidad por encima de la calidad, cuando una ciudad tan singular y exclusiva como la nuestra, debería apostar, de palabra, obra y omisión, por la excelencia, de la que tanto habla el sector, pero tan poco se practica.

Quienes sueñan con viajar a Granada desde cualquier lugar del mundo, no solo quieren conocer lugares, sino sentirse unos privilegiados y vivir experiencias únicas, en otras palabras quieren sentir viajando. Por eso, la sostenibilidad, la innovación y el turismo de experiencias deberían ser nuestros principales objetivos.

La industria del turismo es la única que puede abarcar otras industrias y se ha convertido en una actividad económica transversal, que supone ser uno de los principales motores económicos y de empleo en nuestra ciudad y buena parte de nuestra provincia, además presenta la particularidad de poder transformar otras industrias en economías sociales y ecológicas, de ahí la importancia de que sepamos identificar y resolver nuestros retos de una forma adecuada.

Deberíamos ser conscientes de que el viajero por el que tenemos que apostar, está más adelantado que la propia industria, al exigir productos acordes a la sostenibilidad, responsables socialmente y con conciencia, por lo que son las administraciones y los empresarios, quienes deberían comprender que sus prácticas en este sector, deben ser cada vez más sostenibles, innovadoras y exclusivas, ya que solo así podremos cambiar el actual modelo de turismo «low cost», del que nuestra ciudad parece ser la campeona europea.

Sin duda los viajeros que eligen destinos y servicios exclusivos y sostenibles, viven experiencias con otro nivel de satisfacción, las cuales superan todas las expectativas y se traducen en un desafío para mantener una oferta adecuada y controlada, de forma que no nos convirtamos en destinos que superan sus propios límites, causando molestias a la población local y empezando a morir de éxito.

Explorar fórmulas que apuesten por esa “excelencia” es absolutamente fundamental, para evitar dos de nuestros grandes problemas como son la masificación y la gentrificación que amenazan con expulsar de nuestras ciudades a quienes las han convertido en atractivas para el visitante y que no son otros que sus hombres y mujeres.

Es necesario garantizar la vida cotidiana. Pensar y repensar nuestras ciudades. Reaccionar antes de agotar un modelo que se asume con naturalidad y da muestras de agotamiento. Sobre todo de esa ciudadanía que la sufre.

En una ciudad como Granada, en la que sus principales atractivos son el turismo patrimonial, cultural y el de experiencias, esa “sostenibilidad” es absolutamente fundamental, porque si expulsamos de nuestro casco histórico, a quienes lo han vivido durante generaciones -cosa que ya está ocurriendo en el Albayzín-, nos quedaremos con un marco incomparable pero sin alma; un magnífico escenario, en el que solo habrá figurantes incapaces de hacer sentir al visitante, la magia de entornos vividos a diario desde hace siglos. Nos consta lo poderosas que son las tentaciones que se ciernen sobre esos maravillosos entornos, ofertas suculentas a propietarios de toda la vida, para convertir sus casas en apartamentos turísticos, franquicias que adquieren talleres artesanos y tiendas de barrio, hoteles que con la excusa del encanto, vacían nuestros cascos históricos de sus habitantes, dejándonos un paisaje sin paisanaje, lo cual es el primer paso para su declive.

Una de las preguntas, quizá la principal, que deberíamos contestar, podría ser la de cómo diseñar, implementar y sostener una gestión de nuestra ciudad monumental, que sin descuidar la conservación, restauración y promoción de una herencia arquitectónica de siglos, sea al mismo tiempo una fuente de progreso económico y prosperidad material para los propios vecinos. Estamos obligados a apostar por un progreso y unos beneficios que lo sean, no solo para las empresas hoteleras, culturales o turísticas, lo cual es absolutamente legítimo e imprescindible, sino que lo sean también para propio vecindario de los entornos históricos, tantas veces relegado por decisiones que les afectan directamente.

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