FINIS AFRICAE

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SUPERMAN SALE DEL ARMARIO

Francisco Guardia -Escritor-

Se cuenta que hubo en cierta provincia un gobernador civil que había sido banderillero en su juventud y cuando un periodista le preguntó cómo había llegado desde banderillero a gobernador, respondió: “Pues ya ve usted: degenerando”.

De la misma manera llegué yo a ser lector de los cómics de Superman, porque a pesar de ser desde chico muy aficionado a todo tipo de tebeos, los de ese personaje me parecieron siempre inanes y vacuos. Por aquel entonces en Motril clasificábamos los tebeos (en realidad los llamábamos “cuentos”) en dos categorías: “de aventuras”, donde entraban todos aquellos con acción o intriga y un dibujo más o menos naturalista, y “de risa” que abarcaba todos los demás, dotados de un tono humorístico y con un trazo tendente a la caricatura. Estaban aparte los “de hadas”, pero esos eran cosa de niñas y se nos antojaban un muermo

Porque mis héroes de papel favoritos entre los “de aventuras” eran por entonces el Guerrero del Antifaz y Roberto Alcázar y Pedrín, seguidos de lejos por una larga lista entre los de producción nacional y, en el apartado de los extranjeros, algunos de los estadounidenses que editaba Hispano Americana de Ediciones, como el Hombre Enmascarado, Tarzán o Jorge y Fernando. También compraba de vez en cuando -y otras procuraba que me los prestaran- los de Flash Gordon, pero era más bien por los dibujos. De esta última editorial se me atragantaban el Llanero Solitario -se vendía como “El Jinete Enmascarado”- cuyas aventuras encontraba pesadísimas y repetitivas y el descerebrado Juan Centella que todo lo solucionaba a mamporros en unas mediocres viñetas.

Fue en aquellos lejanos días cuando conocí a Superman. Me lo presentaron mis amigos y medio vecinos, pues en ocasiones vivían junto a mi domicilio en la calle Milanesa, donde su padre tenía una sombrerería, y otras en un cortijito del camino de San Antonio, Paco y Roberto Larios Roldán, poseedores de varios ejemplares de una corta edición de 16 plomizos cuadernos que sacó la misma Hispano Americana con sólo las portadas en color. Fueron ellos quienes me los prestaron y, francamente, no les encontré ningún atractivo. Se trataba de guiones infumables, algunos incluso apócrifos pues por causa de la guerra mundial fallaba el suministro de originales. Para colmo, ni siquiera había uniformidad en el color del traje del protagonista que, caprichosamente, era unas veces blanco y otras amarillo como si el sudor de sus esfuerzos lo obligara a mudarse y mandar la ropa a la lavandería.

Bastantes años más tarde conocí la edición mexicana de Novaro y me gustó más, tanto por la traza del dibujo como por la alegría del color y guiones más elaborados. Después llegaron otras. En resumen, sin haber conseguido nunca ser mi favorita, se ganó un hueco en el rincón de los tebeos que en ninguna bibliotequilla chunga debe faltar. Así asistí a eventos clave en la vida del exiliado de Krypton: la boda con su eterna novia Lois Lane, la muerte y su entierro con asistencia de todos los superhéroes… y naturalmente su resurrección, porque si no, se acababa la mamandurria para guionistas, dibujantes y la plana mayor de DC Cómics. Estoy seguro, como aquel gobernador, de que mi gusto se había empezado a malear.

Andaba yo ahora un poco alejado del mundo tebeístico con esto de la pandemia, cuando me entero de que Superman ha salido del armario, o sea que en realidad era eso que ahora se dice gay, y no lo sabíamos. ¿Qué quieren que les diga? Me parece que cuando un personaje de ficción alcanza la popularidad se le supone un carácter que lo define, y cambiarle a un personaje el carácter no funciona más que en la parodia. Bien podrían crear mil y un superhéroes gais, bisexuales o como les apetezca y parecerán más verdaderos. Y aunque, por motivos comerciales, con objeto atraer nuevos lectores sin perder los antiguos, se fabule que es distinto personaje, hijo del anterior, el argumento encaja mal si el uniforme es el mismo e idéntico su universo pues, como asegura un viejo amigo mío, el hábito no hace al monje, pero imprime carácter, por lo que si un individuo viste malla azul como Superman, se identifica con la “S” de Superman y vuela como Superman, es Superman.  

Así lo ha entendido el público en general y no hay más que echar un vistazo a los titulares de prensa (que condensan el meollo de la cuestión) tanto nacionales como extranjeros. Me importa un pimiento lo que haga DC con Superman, pues nunca me faltarán los viejos episodios, pero me costaría trabajo ver uno de los que nos anuncian sin considerar que aquel tipo vestidito de azul es un impostor que, por artimañas de Lex Luthor o cualquier otro de los archivillanos que hacen la vida imposible al auténtico, ha adoptado la apariencia del hijo de Jor-El.

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