EN DEFENSA DEL OLIVAR

0
792

EN DEFENSA DEL OLIVAR

MANOLO VELÁZQUEZ -Párroco-

En nuestra tierra andaluza, el olivar forma parte de la vida, la cultura y el paisaje.

Ahí ha estado siempre, bien plantado sobre el vientre de la tierra, arraigado en ella, en solitario o en grata compañía con la vid y los almendros que fueron poblando las lomas y barrancos de nuestra amplia geografía.

Y ahí sigue, como claro elemento de continuidad, a través de los múltiples avatares de nuestra historia.

Y es que el olivo, con su cabeza plateada, su torso retorcido y sus miembros vencidos por el peso de la aceituna madura, no es sólo el árbol que produce la más sabrosa y saludable grasa vegetal que hemos conocido, sino que además, es el símbolo de la paz y expresión de las legitimas aspiraciones de todo un pueblo, que quiere vivir dignamente pegado a la tierra.

Pues bien, resulta que todo esto, no significa nada para el neoliberalismo más cruel, que está representado por los intereses de las grandes empresas de compra, distribución y venta del aceite y demás productos del campo… así como por las grandes empresas exportadoras de proyección internacional que son las que marcan los precios de compra a los agricultores y de venta a los consumidores.

Ellos son los que mandan.

Y no es de extrañar. Cosas como estas pasan cuando los intereses del dinero se ponen por encima de la vida y las necesidades de la gente.

De aquí surge este malestar de miles de agricultores y de organizaciones agrarias que salen a la calle a reclamar soluciones ante los muchos y profundos problemas que se viven en el campo.

De aquí nace la protesta, la tractorada, los cortes de carreteras, el griterío con silbatos, cencerros bocinas y motosierras reclamando que se garanticen en nuestros campos vida y jornales dignos y precios justos.

Para lo cual, creo que hay que moverse y emprender acciones conjuntas que tengan la fortaleza del olivo y calen hondo con la suavidad del aceite, en nuestras relaciones comerciales y en toda nuestra vida.

Es necesario salir a la calle y gritar a ver si los mercaderes del mundo, que solo buscan dinero, se enteran de una puñetera vez de una cosa muy importante:

Que no hay nada más sabroso, más sano, e incluso más espiritual, que un chorreón de aceite sobre una rebanada de pan compartido, con hambre, en la mesa familiar.

Dejar respuesta

Por favor, introduce tu comentario
Por favor, introduce tu nombre aquí