LOS CUENTOS DE CONCHA

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EL PUEBLO

Concha Casas -Escritora-

Igual que en todos los pueblos existe un tonto, también suele encontrarse la típica familia de malos a los que automáticamente se culpa de cualquier acto delictivo que se produzca en el lugar.

El pueblo de esta historia, como todos, tenía su tonto, o para ser mas exactos tenía varios tontos, la endogamia suele dejar su huella. Y por supuesto contaba también con su familia negra, conocida por todos como los Mauros, de maduro, debido seguramente al tono oscuro de su piel.

Situado en algún lugar de la costa, su vida era tranquila. Quizás demasiado. Solo la alteraba el viento. Terrible viento que se llevaba hasta las ideas, quizás por ello el pueblo estaba tan falto de las mismas… o por alguna fechoría de los Mauros.

Puede que por el clima siempre soleado y cálido, o por su aislamiento físico, se encontraba hundido entre dos montañas, el tiempo se había detenido.

Era temprano, muy de mañana, cuando se disfrutaba realmente del lugar, la luz, el olor, el bullicio de los vecinos yendo cada uno a sus faenas… era en esas primeras horas del día cuando el pueblo vivía. Después parecía como si el mar se hubiese tragado a todos sus habitantes en una ola gigantesca que solo los devolvería a la vida a la misma hora del día siguiente.

Últimamente los lugareños estaban revolucionados, parecía que por fin alguien enviado desde arriba – para ellos cualquier entidad, persona o actividad ajena a su medio más inmediato, venía de arriba, creando así una escala de valores, en la que ellos mismos se situaban abajo – estaba arreglando lo de los Mauros.

No se sabe porqué extraña razón, la naturaleza acostumbra a dotar a los desheredados de la sociedad con una capacidad infinita para la procreación. Esta familia, generación tras generación, ha ido aportando 10, 12 o 14 vástagos al censo del municipio.

En la generación que ahora nos ocupa, el número de Mauros era de 11 y ahí se quedaría, ya que se había conseguido que Adela, la matriarca del clan, se ligara las trompas.

La situación de la familia era tan desastrosa como lo había sido siempre, compartían los 13 una habitación única de no mas de 19 metros cuadrados y gracias a las gestiones de la última asistente social del pueblo, hacía dos años que disfrutaban de un cuarto de baño, agua corriente y luz eléctrica.

Según el clamor popular vivían de lo robao, pero a juzgar por la precariedad de su casa y de sus vidas, no debería ser mucho y eso que se les adjudicaba automáticamente todos los robos de la comarca.

Con ellos no se hablaba, solo se relacionaban con los de su ralea o con los forasteros de que tarde en tarde visitaban el pueblo, ningún vecino de bien se dignaba cruzar media palabra con ellos.

Rosita, la de 12 años, ya se prostituía. Esa mañana en la plaza comentaban con sorna:

Pues no dice que está destrozá la muy zorra, a ver, con los cuatro del circo revolcándose hasta las seis de la mañana… ¿como va a estar? 

Nadie tuvo una palabra recriminadora para los feriantes, cuatro adultos abusando así de una menos. Nada… al fin y al cabo Rosita no era más que una Maura…

Los Mauros, en definitiva, encarnaban el mal en sí mismo.

Suele ocurrir en estos pueblos pequeños que a pesar de ser pocos, los vecinos no suelen llevarse muy bien entre ellos. Quizás porque no solo heredan los bienes materiales, sino también los inmateriales, como las ideologías o las rencillas. Por lo que no se puede decir que fuese la unión o la solidaridad su principal característica.

De lo que sí participaban todos era de su odio a los Mauros. Con lo que la noticia de que desde arriba iban a tomar cartas en el asunto, consiguió que todos se unieran.

El objetivo era apartar a los niños de ese medio que los abocaba inevitablemente  a seguir la tradición familiar. Por eso, aunque tardaron, los servicios sociales pusieron todo su empeño en conseguirlo.

Curiosamente desde que se supo que se iba a privar de la custodia a los padres, toda la familia, que normalmente andaba desparramada, aparecía cada día unida como nunca lo había estado en la placeta, a esa hora primera de la mañana en la que todos confluían ahí.

Lo que no hizo sino echar mas leña a las viperinas lenguas de las buenas gentes.

El pueblo podría al fin recuperar su tranquilidad. Se volvería a hablar del viento, de lo bien o lo mal que lo estaba haciendo el alcalde, según de qué partido fuesen.

En los corrillos de siempre se seguirá hablando de lo de siempre, de lo que habría que hacer y que nunca se hace… pero cada mañana en la plaza jugarán a cambiar el mundo… palabras al fin y al cabo que se acabará llevando el viento, sobre todo el aquí…

La vida seguirá con su lento discurrir, morirán unos, nacerán otros… seguro que incluso habrá nuevos Mauros para repetir la misma historia una y mil veces sin que cambie nada.

O quizás no, quizás algún día cambie la dirección del viento y traiga brisas nuevas, quien sabe.

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