Superman: 75 años

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FRANCISCO GUARDIA MARTÍN

En 1892 a propósito de los fastos conmemorativos del descubrimiento de América escribía Juan Valera que desde hacía escaso tiempo a la moda de las exposiciones había sucedido la de los centenarios, «algo como mundanas apoteosis, culto y adoración de los héroes». Celebraciones que vienen bien para revitalizar el interés y el estudio sobre ciertos temas propiciando congresos y publicaciones.

El interés que en un principio se prestó a hechos o personajes clave ha dado paso a una superabundancia de conmemoraciones que diluyen la atención pública. Por otra parte a los centenarios de escritores se ha sumado el de obras concretas (hace unos años el del Quijote) y como todo esto resulta un buen pretexto para vender más y un siglo es excesivo tiempo de espera para hacer negocio, se han sacado de la manga los editores las celebraciones por «cuarto de siglo»: veinticinco años, cincuenta, etc., algo así como las bodas de plata y sucesivas de un libro determinado.

El año pasado, por ejemplo, aprovechando la circunstancia de cumplirse el 125º aniversario de la primera publicación de Estudio en Escarlata, la primera novela que Conan Doyle dedicó a su personaje Sherlock Holmes, sacó Mondadori una edición que une el precio económico con una agradable apariencia, pues sin ser exactamente un facsímil de la prínceps se aproxima bastante ya que la portada es la misma con mínimos cambios para introducir el título en español y las leyendas «125 aniversario» y «Edición conmemorativa», tipo de letra parecido, ilustraciones de la original e incluso algunas páginas de publicidad extraídas del almanaque Beeton’s Christmas Annual del que formaba parte.

Y ahora nos recuerdan los americanos, concretamente la poderosa DC Comics, que Superman, el hombre de acero que tan buenos ratos nos hizo pasar con sus bizarras aventuras, cumple setenta y cinco esplendorosos años y se remoza para seguir velando por la justicia y proporcionando solaz y entretenimiento a las nuevas generaciones.

Yo creía, porque esa es la fecha de publicación que figura en el número 1 de Action Comics donde salió su primera aventura y del que tengo un ejemplar (no original por supuesto sino copia bastante moderna) que fue en junio de 1938 cuando el flamante héroe hizo su presentación en los kioscos, pero expertos en la materia, entre ellos Luis Alberto de Cuenca ante cuya sapiencia en estos menesteres me quito un imaginario sombrero, afirman que en realidad ocurrió el 18 de abril de aquel año.

Por esos inextricables mecanismos de la mente que producen las más absurdas asociaciones de ideas, cada vez que me refiero a Superman me vienen a la memoria dos amigos de mi infancia motrileña: los hermanos Paco y Roberto Larios Roldán, que vivían junto a mi casa en el número 6 de la calle Milanesa donde su padre tenía una sombrerería, aunque otras veces se trasladaban a un cortijillo que poseían por el camino de San Antonio. Y no porque estos hermanos gozaran de superpoderes, sino porque fueron los que me proporcionaron el primer tebeo del exiliado de Kripton.

Efectivamente, entre 1940 y 1942 la Editora Hispano Americana, que solía publicar tebeos con tiras cómicas de la prensa estadounidense, sacó dieciséis cuadernillos apaisados protagonizados por este héroe volador que fue aquí bautizado como Ciclón el Superhombre. Se trató de una edición deleznable por la penuria de medios, cuyo precio evolucionó de los 60 céntimos a una peseta, con unas portadas en que el color del traje del personaje podía cambiar de unos números a otros, interior en blanco y negro, y para colmo se entremetieron episodios no originales debidos a autores españoles de escasa valía.

A mí fue un tebeo que entonces no me gustó y aunque entre los que me prestaron los hermanos Larios y los que alquilé en el kiosco de Paco Peña creo que leí la corta serie publicada, nunca tuve uno propio a pesar de que acumulaba en mi casa una buena cantidad de distintas colecciones. Lo encontraba, y creo que a otros lectores de aquella época les ocurriría igual, demasiado fantástico y fuera del mundo real. Con la lógica de la corta edad me parecía normal, por ejemplo, que un ser humano pudiera nadar hacia un cocodrilo que le atacaba y meterle una estaca puntiaguda entre las fauces o saltar de un avión al techo de un vagón de tren sin romperse la crisma, pero volar era demasiado. Como no me enganchó la trama, aunque me encantaban sus artísticos dibujos, de Flash Gordon pues una enciclopedia escolar me había convencido de la imposibilidad de los viajes interplanetarios con el irrebatible argumento de que si saliera de la Tierra un tren a no-sé-cuántos kilómetros por hora, tardaría tropecientos años en llegar al astro más cercano. ¡Menos mal que los de la NASA no lo sabían!

Me reencontré con el personaje años después cuando empezaron a llegar a España los cuadernos de la mexicana Editorial Novaro. El color había inundado las páginas interiores, los argumentos eran más divertidos y en manos de sucesivos artistas había alcanzado el dibujo unas cotas antes no soñadas. Entre los muchos dibujantes que dieron vida al superhéroe me agrada especialmente John Byrne, aunque hay más gustos que colores. También los seriales de televisión y el cine contribuyeron a convertirlo en un icono de la cultura popular. Andy Warhol, el maestro del pop art cuyo retrato múltiple de Marilyn Monroe todo el mundo conoce, no desdeñó llevarlo a sus lienzos.

Después de una muerte por motivos de interés editorial en un momento de ventas bajas a la que siguió la esperada resurrección, Superman se ha ido transformando al compás de los tiempos. Aparte de una próxima aparición en la gran pantalla que se espera exitosa, lo último es que su alter ego Clark Kent abandona el trabajo en el Daily Planet para fundar un periódico digital. Con perspicacia comercial y un continuo seguimiento de los gustos del público juvenil la DC parece dispuesta a conseguir que las nuevas generaciones hagan suyos los héroes de sus padres y abuelos. Con mi nietecillo José Antonio ya lo han conseguido aunque, puesto a elegir, su favorito es Spiderman al que, muy castizo, llama Hombre Araña. La clave parece ser una ambientación siempre actual, mientras los personajes jamás envejecen atrapados en un Shangri-La de papel.

 

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