Nadarín

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IRENE DE HARO DE NICOLÁS

Bien pensado, ¿quién se acuerda ya de que el despertador sonaba a eso de las 6 y 6? (Sí, a qué negarlo, algunas necesitamos nuestro tiempo para despegar los ojos, hacernos fuertes con el bol de cereales, leer de refilón las noticias en Internet y comprobar el correo, a ver si alguien, aparte de las empresas de venta de cupones, en medio de la noche nos dedicó alguna palabra) A las horas a las que escribo estas reflexiones, ya habría recogido a mis compas del turno de coches, y nos estaríamos riendo a base de decir chorradas, o bien irían apoyando la cabeza en los cristales, en modo «no estoy (ni voy a estar) operativo». A veces, y esta es la peor de las opciones, alguno de nosotros toma la palabra y, pim, pam, pum, sin escatimar en repeticiones innecesarias, hace un repaso del último claustro, o del rendimiento del 4º C, o de la falta de colaboración de los compañeros… ofreciendo la oportunidad, sin duda no suficientemente valorada, de trabajar ¡una hora más GRATIS antes de llegar!, a modo de calentamiento y puesta a punto. En la mayoría de los casos el resultado está relacionado con un humor de bilis negra que se hará hueco en nosotros para toda la jornada.

A seis de julio, abunda sin embargo entre los de nuestro gremio la sensación de que estos días de vacaciones nos han oreado casi por completo. Y he decidido, al menos hoy, cumplir ese ingrato papel de moscón impertinente que tanto he visto funcionar en nuestros turnos de coche. Lo lamento, pero se trata de renovar convenientemente, en su medida, la conciencia de lucha que nos inundó a final del curso. Y de resultas, renovar también esa reacción inmunitaria que apareció en forma de anticuerpo verde, esa «marea», que conviene activar y reactivar a menudo.

Ayer alguien cercano me leyó, con esa voz maquinal que se pone al hacer referencia al titular de un periódico, que nuestro excelso Presidente del Gobierno, Don Mariano Rajoy, se ve obligado a pedir «nuevos esfuerzos a los españoles», a pesar de que aún nos pica el golpe del último varazo. Según entendí, estos venían a concretarse en nuevas subidas del IVA o en nuevas bajadas de sueldos para los funcionarios. Bien pensado, tiene lógica. Obsérvese la reacción del ciudadano medio: se hunde la economía a base de especulación y de negocios bastardos: no pasa nada; se hunden los bancos por el insensato juego de los mercados (¿?) , no pasa nada; se hunde la productividad de toda la maquinaria de negocios basada en la construcción (siempre abocada al agotamiento de sí misma), que hasta ahora había sido la gallina de los huevos de oro, y… ¡no pasa nada!: arrimemos el hombro, seamos solidarios, aunque hay dinero de sobra, al menos para inyectar a esos gigantes (Bankia y compañía) que necesitamos vivos para vivir, y que de resultas, cuanto mayor fuerza adquieren a nuestra costa, más gustosamente nos devoran. Y de paso, aunque no tenga mucho que ver, ni solucione gran cosa, hundamos el sistema de bienestar alcanzado en este país durante décadas, porque, señores, eso sí que no era sostenible. «Ahí», se nos dice, «radicaba el problema, ¿cómo habéis podido pretender vivir como si fuerais ricos?», nos espetan nuestros sensatos políticos, mostrándonos al hablar, en gesto franco, las palmas de las manos. Y el resultado, nuestra reacción como ciudadanos, es menear la cabeza, resignadamente y aceptar. Creer tal explicación. Callar. Qué fácil se lo ponemos.

Este panorama les invita a atreverse a dejar el dinero quieto donde está (porque está), sin generar inversiones que oxigenen el estado de la economía. Se apuesta por el recorte porque de paso, aunque no haya justificación, podrá desguazarse el sistema público, educativo y sanitario. Se atreven y meten la pala, y la gente mira, como miran los señores mayores cuando en su pueblo los obreros abren zanjas. Es un placer muy español ese de situarse como observador, como voyeur, y mirar. Mirar cómo se construye. O mirar cómo se destruye, tanto da, pero el español medio, con estarse quieto y mirar, va bien.

Perdone la concurrencia, pero es que, a pesar de que las vacaciones son un bastión donde curarnos, y en cierto modo tomar fuerzas, la desconexión total de estos meses es el río revuelto ante el que nuestra clase política se frota las manos. Por lo que más convendrá un descanso activo. Descanso consciente. Descanso preparatorio en continua posición de defensa.

El otro día me leyeron un cuento para niños que se llama Nadarín. Me lo descubrió mi querida Asociación Entrelibros. La historia viene a tratar de un pez negro que estaba rodeado por cientos de pececillos rojos. Nadaban en libertad, a sus anchas, por el mar. De repente, un pez enorme aparece y devora una gran cantidad de pececillos rojos. Nadarín huye despavorido, con todas sus fuerzas se pone a salvo. Pero, a pesar de estar vivo, a partir de entonces sólo el horror tiene cabida en su corazón, vaga en soledad, sabiéndose vulnerable en extremo. La cuestión es que Nadarín, tras mucho deambular, se encuentra con un nuevo grupo de peces rojos, que, de repente hacen suya una idea absolutamente brillante: ¡nadar juntitos, muy pegaditos, desplazarse de una sola vez de un lado a otro! Cualquier pez, por enorme que fuera, no podría discriminar la diferencia entre enfrentarse a alguien de su propio tamaño o enfrentarse a tantos pequeños que, de resultas, eran en verdad fuertes, en verdad capaces de plantar cara al tamaño del depredador.

¿Podría aplicarse esta historia de niños al proceder que sería deseable en el colectivo docente? El cuento infantil, como aseguraba Bruno Bettelheim, no es sino un simulacro de la realidad, ante la que da respuestas, por analogía. Ensayemos esa desacostumbrada unión de nuestro gremio, preparémosla en nuestras cabezas para antes de septiembre.

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