LOS VERDADEROS TEMPLOS DONDE DIOS HABITA

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LOS VERDADEROS TEMPLOS DONDE DIOS HABITA

Manolo Velázquez Martín -Párroco-

En este camino hacia la Pascua, que es la Cuaresma, se nos plantea en este tercer domingo, un tema fundamental:

¿Quién es Dios para nosotros y qué lugar ocupa en nuestra vida? ¿A qué Dios servimos…y donde lo encontramos?

Y para ayudarnos a dar respuesta a estas preguntas se nos propone recordar el itinerario del pueblo de Israel que llegó a experimentar a Dios como un Dios liberador.

Así nos lo recuerda el Libro del Éxodo, con toda rotundidad: «Yo te saqué de la esclavitud, no tendrás otros dioses fuera de mi».

Y, a continuación, nos propone 10 palabras de libertad que garanticen una vida: más humana, más libre y más feliz… para nosotros y nuestros hijos.

Sin embargo, aquel pueblo abandonó su fe en el Dios liberador, para montar una religión basada en un culto vacío, un cúmulo de intereses y un gran negocio… Es decir, un tinglado, no para servir a Dios, sino para servirse de Dios.

Y esto nos da la clave para entender el valiente gesto profético de Jesús que levanta la voz y el látigo contra aquel templo donde se suplanta al Dios liberador y se da culto al ídolo del dinero… y donde cada uno trapichea o hace su negocio en un enredo de vendedores y cambistas.

Y frente a este templo-mercado y cueva de ladrones, Jesús nos habla de una casa: «la casa de mi Padre» donde la relación con Dios ya no es mercantil, ni siquiera religiosa… sino familiar…

Se trata de: una casa acogedora y cálida donde a nadie se le cierran las puertas… una casa amplia y sin paredes donde se puede dar culto al Padre «en espíritu y verdad», en cualquier lugar, momento o circunstancia… una casa donde a nadie se excluye, se discrimina o se ofende… una casa donde se curan las heridas y se alivia el sufrimiento de los hijos más pequeños… y donde se aprende a invocar a Dios como Padre porque todos se sienten sus hijos y quieren vivir como hermanos…

Pero Jesús da un paso más en su confrontación radical con el mercado del templo, al proponerse a sí mismo como el verdadero templo donde habita Dios.

Porque él no está solo contra los abusos del templo, sino contra la idea misma del templo.

Por eso, anuncia la ruina de aquel templo y enseguida habla de «el templo de su cuerpo»… y también del nuestro.

Porque todos formamos, con él, un cuerpo por cuyas venas circula la misma vida de Dios.

Templos son nuestros cuerpos y los de nuestros hermanos que sufren huyendo del hambre y de la violencia, los cuerpos de los sin techo, los cuerpos de las víctimas de la trata de seres humanos… y templo es la tierra explotada, sometida y profanada por nuestra codicia y nuestra ambición de poder.

Por eso Jesús de Nazaret, picapedrero de oficio y rompedor, como siempre, sigue hoy denunciando y atacando los templos convertidos en mercado y defendiendo los templos vivos de cualquier clase de extorsión, profanación o mercantilismo.

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