COMPARTIENDO DIÁLOGOS CONMIGO MISMO

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Víctor Corcoba -Escritor-

SAN JOSÉ, REFERENTE Y REFERENCIA, EN LOS PLANES DIVINOS Y HUMANOS

(Dios Padre dejó al cuidado del Verbo eterno, constituido de naturaleza humana y divina por obra del Santo Espíritu, en el seno de la Virgen María, a San José, que fue todo un modelo de vida providencial y de apertura a la voluntad celestial).

I.- EL PADRE DE JESÚS, UN FERVIENTE SOÑADOR

He aquí la pauta de un hombre justo,

que supo custodiar y llevar adelante,

la paciencia del Creador en nosotros,

el sueño místico y hacerlo existencia,

ejercicio natural de un ser obediente.

Grande es el corazón del Carpintero,

es el vigilante de las mil debilidades,

la compañía perenne de la soledad,

la ternura que se desvela en el amar,

en acoger y recoger la señal celeste.

Toda esta regeneración imaginativa,

aflora de nuestra filiación de hijos,

y es tan penetrante que se aglutina,

en nuestro paisaje interno del alma,

floreciendo más espíritu que cuerpo.

II.- EL ESPOSO DE MARÍA, UN HOMBRE DEL SILENCIO

Cuando la noche apareció callada,

se revela en el silencio más hondo,

la presencia de la palabra gloriosa,

apoyo de un compartir con María,

expectativas de un amor maduro.

Jesús creció en esta bella escucha,

al albor del vivo hogar de Nazaret,

con el ejemplo de sus progenitores,

bajo el paradigma contemplativo,

de pararse y ocuparse en familia.

Bajo esta morada celestial anida,

que cada uno se mire dentro de sí,

abandone las voces que ofenden,  

pueda conocerse y reconocerse,

hablar lo preciso y hacer sosiego.

III.- EL PATRIARCA DE TODOS, EN LA HISTORIA DE SALVACIÓN

Para descubrir el renuevo santo,

ha tomado la vía de los vínculos,

nuestra lógica tradición viviente;

la de aquellos que nos preceden,

y acompañan para ir hacia la luz. 

El corazón de José nos hermana,

no hay coraza en su obrar ni ser,

no se adueña de nada ni de nadie,

sólo asiste al Niño y a su Madre,

celebrando miradas y dando vida.

Este es el horizonte para vernos,

para concertarse unos con otros,

para compadecerse mutuamente,

para sentir la serena providencia,

de que el mal no envicia al bien.

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