NO ES BANCA PARA VIEJOS

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NO ES BANCA PARA VIEJOS

Agustín Martínez -Periodista-

Aunque los «bonitos» discursos de nuestros próceres políticos, la responsabilidad social corporativa de las empresas, incluso el buenísimo de gran parte de la sociedad digan una cosa, lo cierto es que España no es un país para viejos. No lo es con unas pensiones que no permiten a la mayoría llegar dignamente a fin de mes; no lo es con una atención sanitaria cada vez más despersonalizada; no lo es con un sistema de dependencia, maravilloso en la teoría y del todo ineficaz en la práctica y por supuesto no lo es con una desatención bancaria que hace sentir a nuestros mayores como auténticos apestados.

Acudir a una oficina bancaria para cobrar la pensión, ver el estado de tus cuentas o ingresar dinero se está convirtiendo en una auténtica pesadilla para las personas de más edad. Y no solamente porque los bancos están desapareciendo de nuestras calles y pueblos, sino también por las propias actuaciones de las sucursales, más enfocadas en vender productos que en ofrecer servicios adecuados a ese sector de nuestra sociedad.

La provincia de Granada llegó a contar en septiembre de 2008 con 844 sucursales de entidades financieras, prácticamente una por cada 1.000 habitantes. Según los últimos datos del Banco de España, en junio de 2021 esa cifra se ha reducido a 519 oficinas, una por cada 1.800 habitantes.

En menos dos años ochenta oficinas han echado el cierre. Una sangría que perjudica especialmente a una provincia como la nuestra, la de más municipios de Andalucía, muchos de ellos muy pequeños y con una población muy envejecida, lo que supone que hayan quedado excluidos de servicios financieros. Más de 50 pueblos de Granada no disponen de acceso físico y diario a esos servicios básicos.

Cada vez menos oficinas y en las que quedan, peores servicios, más trabas para prestarlos de forma presencial, y un abusivo aumento de las comisiones bancarias. Una política que perjudica especialmente a las rentas más bajas y, dentro de ellas, a las personas mayores, la mayor parte de las cuales sin formación para usar los servicios de internet y aplicaciones móviles o incluso los cajeros automáticos y abocadas, de esta manera, a la exclusión financiera.

Con la pandemia llegaron las filas y las esperas en el exterior de las sucursales, que ahora se hacen más grandes por el mantenimiento de las restricciones y la impresentable frase con la que muchos empleados despachan a los mayores que, por fin, llegan a su ventanilla: «Vaya usted al cajero, que ahí es donde

tiene que hacerlo. Aquí ya no damos dinero ni permitimos la recogida si no es a través del cajero automático». Empatía cero de un currito de la banca, que cuando sea puesto de patitas en la calle, pedirá solidaridad, a quienes ahora «despacha» como si fuera una molestia.

En el cajero, la frustración de muchos mayores, que no tienen los conocimientos para hacer los trámites ante una pantalla táctil, cuyo manejo queda muchas veces lejos, de lo que una persona de 80 años que quiera cobrar su pensión pueda entender como «un sencillo trámite».

Es un hecho que los bancos están expulsando a los mayores, a quienes no hace muchos años acosaban para firmarles una hipoteca, o para que les domiciliaran su pensión y es que ante el actual panorama financiero, la opción más fácil para los bancos es cerrar oficinas y digitalizar, y con eso siempre hay grupos que quedan excluidos, y ahí están las personas mayores».

Otro de los impedimentos con los que se encuentran las personas mayores a la hora de ir a hacer algún trámite (de los que aún se pueden) a la ventanilla del banco es que muchas sucursales han reducido considerablemente el horario de atención al público. Muchas oficinas lo dejan únicamente de 9 a 11, para centrarse después en otro tipo de operaciones que les puedan rentar más, como la concesión de créditos.

Lo cierto es que los mayores son un perfil que al banco no le interesa, más allá de conseguir la domiciliación de sus pensiones. Algunos expertos lo resumen gráficamente: «Entre que solo van al banco a por su dinero, que no tienen internet ni smartphone y el esfuerzo que tendrían que hacer para que comprendieran la banca online, a los bancos no les compensan».

Añadan a todo lo anterior el abusivo cobro de comisiones del que vuelven a ser víctimas nuestros mayores, así como aquellos clientes con rentas más bajas, a quienes se cobra por mantenimiento de la cuenta unos recargos que, siendo legales, no parecen nada presentables.

Ante semejante abuso conviene recordar algo que nuestros bancos se cuidan muy mucho de publicitar y es que todo ciudadano de la Unión Europea «tiene derecho a una cuenta de pago básica para realizar trámites bancarios esenciales», como depositar dinero, transferencias, la domiciliación bancaria de recibos o extraer efectivo de los cajeros y en las oficinas mediante tarjeta de débito o prepago. La entidad bancaria puede cobrar una comisión mensual de 3 euros máximo por esta cuenta, que debería ser gratis para quien acredite situación de vulnerabilidad o riesgo de exclusión financiera, algo que desconoce la gran mayoría de la población. La cuenta de pago básica se considera un derecho de la ciudadanía contemplado en el ámbito de la Unión Europea para facilitar el acceso de las personas consumidoras y usuarias a los servicios bancarios principales.

Lo que está claro es que, a veces, el modo de lograr que los bancos reaccionen ante demandas tan elementales, es acudir a la vía judicial, denunciando al banco ante el juzgado, algo que probablemente funcionaría si se hiciera de forma colectiva, ya que las entidades financieras tienen sus equipos jurídicos y pelear en ese terreno no resultaría precisamente barato.

Pero ante todo, los poderes públicos deben garantizar los derechos de los consumidores mayores, legislando para contrarrestar las posibles situaciones de desamparo en que se pueden encontrar algunas personas mayores como consumidoras.

Y para terminar, una pregunta que esos mayores deberían hacerle al empleado bancario que les «despacha» al cajero, o les dice que hagan tal o cual trámite, a través de la app o de su ordenador, sin preocuparse por si saber si disponen de esos equipos y en caso afirmativo si saben utilizarlos… La pregunta es: ¿Usted tiene padres o abuelos?.

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