Corpus Christi en Motril: Fiesta y solemnidad religiosa a finales del siglo XIX

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                                                                                  Por, Domingo A. López Fernández

Cronista Oficial de Motril

Aunque antiguo, todavía tiene plena vigencia, pero ligeramente desvirtuado en su configuración original. Me refiero al refrán anónimo “Tres jueves hay en el año que lucen más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión”. Y digo desvirtuado porque el Corpus dejó de ser fiesta como tal en el año 1990, aunque no en el estricto sentido de la conmemoración. Granada, Sevilla o Toledo perviven con esa sagrada tradición, aunque este año, por motivos de la pandemia, no han podido celebrar procesión pública de fe por sus calles.

Corpus Christi en Motril: Fiesta y solemnidad religiosa a finales del siglo XIX (Archivo EL FARO)

Como el resto de poblaciones del territorio peninsular, Motril celebra el día del Corpus Christi el domingo, 6 de junio, con tres solemnes eucaristías en la iglesia Mayor que tendrán lugar a las 9:00 hrs, 12:00 hrs y 20:00 hrs. Habrá, igualmente, exposición del Santísimo de 9:30 hrs a 12:00 hrs y de 18:00 hrs a 19:45 hrs., a cuyo término en ambos ceremoniales tendrá lugar la procesión claustral por el interior del templo en presencia de la sagrada custodia que será portada por el párroco, D. José Albaladejo, quien finalmente hará depositar la sagrada hostia en el sagrario para su reserva. Así será, pues la celebración del Corpus Christi de 2021, dado que por segundo año consecutivo no se podrá reverenciar a Jesús Sacramentado por las calles de la ciudad.

A pesar de los inconvenientes y cambios suscitados en las últimas décadas, los cristianos continúan manifestando públicamente su fe en Cristo y en la sagrada forma eucarística que encarna su cuerpo, sangre, alma y divinidad. Pero ¿cómo transcurría ese día grande? y ¿Cómo era la procesión y las fiestas que llevaba aparejadas? …Hoy vamos a dar respuesta a estos interrogantes aunque generalizando sus contenidos y nos vamos a detener en una época concreta para nuestra ciudad, los momentos finales del siglo XIX. Veamos, pues, de un modo sintético aquella fiesta grande que en Motril rinde honor y veneración a Jesús Sacramentado.

Corpus Christi en Motril: Fiesta y solemnidad religiosa a finales del siglo XIX (Archivo EL FARO)

La tradición manda que en Motril la fiesta del Corpus Christi haya gozado de los elementos que le ha sido consustanciales desde sus más remotos orígenes. Sin duda, en su configuración ha primado siempre el componente religioso, sin el cual no es posible entender el significado de la solemnidad. En ese día los cristianos celebran con extraordinaria veneración el sacramento eucarístico y honran públicamente a Cristo sacándole en procesión por las calles de la ciudad. El Hijo de Dios se ha hecho presente en la Sagrada Forma y revela a los cristianos su triunfo sobre la muerte. A su par se incorporaron en el pasado múltiples y variados símbolos seudo-religiosos que pretenden aleccionar al pueblo sobre los contenidos doctrinales de la religión cristiana. Su plasmación física ha sido muy variada y va desde las representaciones sacras a los juegos, bailes y danzantes, a los carros alegóricos y las figuraciones. Todo con idea de mostrar públicamente el valor de la fe, la victoria del cristianismo sobre el infiel, la primacía de la verdad sobre la mentira y, entre otras varias interpretaciones, el triunfo de Cristo sobre Lucifer. Este tipo de escenificaciones quedaron institucionalizadas en el Motril moderno de la misma forma que lo fueron en el resto de pueblos, villas y lugares de la España peninsular.

Corpus Christi en Motril: Fiesta y solemnidad religiosa a finales del siglo XIX (Archivo EL FARO)

Desde siglos atrás, la propia evolución de la festividad del Corpus ha conocido sus periodos de esplendor y sus épocas de decadencia, a menudo intrínsecamente unidas a la situación que en ese momento vive la municipalidad. Crisis agrícolas, epidemias y hechos coyunturales de diversa tipología suscitan una escasa capacidad de maniobra para el regimiento, que se ve imposibilitado para subvenir los gastos que en otras ocasiones acostumbra. En cualquier caso son momentos puntuales que quedan relegados hacia finales del siglo XIX al recobrarse parte de esa brillantez del pasado. Las crónicas de época refieren, no obstante, que fiesta y religiosidad se dan la mano para vivir intensamente los prolegómenos de ese día grande, pues no hay que olvidar que  se conmemora el triunfo de Cristo sobre la muerte. Por tanto esa sociedad finisecular tiene tiempo para todo; para orar ante el Santísimo y no faltar a la cita en la función principal de la iglesia Mayor y también para dejarse llevar por el regocijo y la diversión. Como fiesta solemne que es los motrileños se acicalan con sus mejores galas, condición que les sirve para evidenciar su posición de acuerdo a las posibilidades económicas de cada uno. Y en igual forma lo hacen los pueblos comarcanos, cuyos habitantes suelen acudir a nuestra ciudad para gozar de ese momento sublime en el que Jesús Sacramentado recorre sus calles. Por tanto podemos afirmar que la religiosidad del momento convive en estrecha armonía con el aspecto bullanguero y colorista que presenta en esos días la plaza de la Constitución, hoy en día plaza de España.

Como bien ha quedado expresado, los pueblos vecinos acuden a Motril, la ciudad más representativa de la costa granadina, para compartir sus horas más solemnes y alegres. Pero igualmente se constata una doble dualidad, la de acomodadas familias motrileñas que marchan a Granada atraídas por la espectacularidad de su procesión y el variado programa de actos que se conciertan en su honor. El corpus granadino extiende su buen nombre por gran parte de la geografía nacional y aquí, en Motril, se da buena cuenta de ello a través de la prensa local que suele insertar sueltos que participan los preparativos de la fiesta.

Tras este pequeño inciso la pregunta que surge es ¿cómo vivía Motril esta solemnidad en esta época?  Ya lo hemos indicado, con profundo sentido cristiano y, a la vez, con enormes ganas de diversión. En los días previos el alcalde solía encargar a los maceros del ayuntamiento el embellecimiento de la plaza de la Constitución y su acondicionamiento como verbena popular; todo tenía que quedar en perfecto estado de revista para el día de la víspera del Corpus. Los empleados municipales orlaban todo el recinto con colgaduras, banderolas de colores y bombos a la veneciana, además de iluminar con candilejas de aceite la fachada de la iglesia Mayor y la casa capitular. Como era de prever, la significación religiosa también tenía cabida en este mismo lugar pues en su centro se alzaba un artístico altar para reverenciar el paso del Santísimo Sacramento el día de la procesión.

Corpus Christi en Motril: Fiesta y solemnidad religiosa a finales del siglo XIX (Archivo EL FARO)

El comienzo de las fiestas se verificaba oficialmente el día de la víspera. A la hora del ángelus las campanas de la iglesia Mayor anunciaban a los cuatro vientos su inauguración coincidiendo con una sonora traca de cohetes y palmas reales. En ese momento tenía lugar la ceremonia de “la entrega de la plaza”, espectáculo que solía quedar amenizado con lo sones de la charanga municipal. Ya en la noche tenía lugar la “gran velada del Corpus” que daba principio a toque de Ánimas y finalizaba en la madrugada. Según un antiguo colaborador de “El Faro”, Lorenzo Ros Vallejo, el ambiente de fiesta era realmente espectacular. Según él, “la plaza resultaba insuficiente para contener al gentío que afluía a ella, no solo de Motril, sino también de los demás pueblos del contorno, y la iluminación a la veneciana resultaba tan típica, vistosa y popular, realzada con la miríada de candilejas de los puestos de chucherías y golosinas que se instalaban allí, que a la gente y sobretodo a la chiquillería les hacían sentirse felices y encantados de haber nacido, en tanto que el chin chin de la murga municipal, la cohetería de grueso calibre y los repiques incesantes del sonar de la campana del reloj que se dejaba suelto, elevaban a la quinta esencia la popular alegría. En medio del estruendo y el bullido se  oía  el pregón de la “helá y cuajá, quien la bebe”, cuyo grito excitaba las delicias de la chiquillería y la euforia de la gente y por una perrilla se refrescaban los pequeños con su  vasito de helado de almendras, de avellanas o de chufas, y por una gorda lo hacía la gente más postrera, resultando en conjunto una estampa bella, sugestiva y pintoresca, sobretodo para los viejos”.

Al día siguiente, en la mañana, todo Motril se daba cita en la iglesia Mayor para asistir a la solemne función eucarística. Como bien expone Lorenzo Ros Vallejo, “el buen pueblo motrileño se ataviaba con sus mejores galas, estrenándose por algunos vistosas y relucientes botillas hechas a la medida, los que podían gastarse los treinta reales que costaban y los que sus escasos recursos no se lo permitían se contentaban con unas estupendas alpargatas que costaban dos reales el par y que eran la mapa de comodidad y hasta de rustica elegancia”.

Concluida la santa misa y en torno al medio día se empezaba a organizar la procesión mientras los fieles esperan impacientes en la plaza de la Constitución. El ambiente allí era pintoresco y multicolor; las mujeres se ataviaban con la típica mantilla y adornos de flores en el pelo y los hombres con levita y chistera. Asimismo, los balcones y ventanas proclamaban la jornada de fiesta con colgaduras, a la vez que los edificios públicos enseñoreaban sus mástiles con la bandera nacional. El momento más expectante del día se alcanza al aparecer la sagrada custodia en las escalinatas del templo. Esta auténtica obra del arte barroco mide 1,13 mts de altura y está confeccionada en plata sobredorada, presentando en su óculo central la sagrada forma que simboliza el cuerpo de Cristo. De seguida da comienzo la organización del cortejo, marchando a la cabeza los miembros representativos de las cofradías instituidas en la ciudad y dos largas filas de fieles con cirios encendidos. A continuación la Sagrada Custodia sobre andas que son portadas en exclusividad por cuatro sacerdotes y que suelen aparecer espléndidamente orladas con frutos de la tierra. A su lado cuatro números de la Guardia Civil  le dan escolta en traje de gala y preceden al párroco de la Encarnación, que camina bajo palio y revestido de capa pluvial.  Inmediatamente detrás se dispone la corporación municipal y el resto de autoridades civiles y militares, que dan pie al cierre del cortejo con la banda de música de la localidad.

Corpus Christi en Motril: Fiesta y solemnidad religiosa a finales del siglo XIX (Archivo EL FARO)

La procesión mantiene un itinerario que es coincidente en su totalidad con el que hoy en día se verifica, pues partiendo de la plaza de la Constitución continúa por la calle García Pizarro, Plaza Díaz Moreu, Martínez Campos, Canalejas y Cardenal Belluga, desde donde se accede a la iglesia por su parte de atrás. Tras unos breves minutos comienzan a salir las autoridades y es costumbre que la charanga municipal les regocije con una composición musical. En suma, durante todo  el trayecto el fervor del pueblo resulta manifiestamente exultante. Es lo que podíamos denominar como “expresión viva de la fe del pueblo” y se pone en evidencia con la tradicional costumbre de arrojar pétalos de flor al paso de la custodia mientras que el resto de fieles se postran de rodillas en señal de respeto y veneración. Las palabras de un testigo de excepción en aquella época, Lorenzo Ros, sirven a modo de despedida para participar el sentimiento religioso de la conmemoración y de aquella procesión “vistosísima y solemne y aquella gente sencilla y devota inflamada de fe y devoción que se arrodillaba al paso del Santísimo Sacramento bajo palio, acompañándole fervorosamente por todo el recorrido que no por su sencillez pueblerina dejaba de resultar muy superior a todo lo imaginable dejando en el alma el recuerdo más grato y saturado de ingenua ternura, con dulce e irresistible grata emotividad”.

El día del Corpus toca ya a su fin; los últimos sones de la fiesta son para la verbena popular que a la noche se vuelve a celebrar en la plaza de la Constitución. Y con ella regresan los bailes de época y los puestos de refrescos, garbanzos, cacahuetes, golosinas y todo tipo de chucherías. Fiesta popular en su esencia misma. El Corpus se marcha con su solemnidad, pero el motrileño de antaño sabía que la Sagrada Forma no faltará a su cita un año después para proseguir en la renovación  del mensaje cristiano.

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