RELATOS DE LA HISTORIA DE MOTRIL

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SIETE CRUCES Y UNA PROCESIÓN DE ANIMAS EN PENA EN LAS LEYENDAS DEL ANTIGUO MOTRIL

MANOLO DOMÍNGUEZ -Historiador y Cronista Oficial de la Ciudad de Motril-

Me contaba una mañana de noviembre del ya lejano 1982, en el antiguo archivo del Ayuntamiento D. Antonio Ayudarte, periodista y escritor motrileño fallecido en 1998 con el que tuve el honor de compartir una gran amistad, una extraña historia que él había oído frecuentemente en el Motril de su infancia y que se le había quedado grabada en la memoria. Se decía entre los viejos motrileños, a los que D. Antonio había oído sobre 1920, que antiguamente en las altas horas de la noche de 6 al 7 de enero de todos los años, unas oscuras y espectrales sombras de lo que parecían siete mujeres y dos niñas recorrían lentamente la calle Comedias hasta llegar a la calle Sacristía donde se desvanecían misteriosamente. Este fenómeno parece ser que fue observado por muchos motrileños de la segunda mitad del siglo XIX e, incluso, algunos afirmaban que de las negras apariciones salía una especie de murmullo que recordaba, a los que tuvieron la nefasta suerte de encontrárselas, el rezo de unas oraciones.

Me decía D. Antonio, que el fenómeno se repitió durante varios años y que fueron muchos los motrileños testigos de esa extraña procesión que aterrorizó a todos los que la vieron, hasta tal punto que en esa noche de enero casi nadie se atrevía a pasar por esa calle y se cerraban puertas y ventanas de las casas.

Pensé que era una bonita leyenda sobre “animas benditas”, de las muchas y tan típicas que se cuentan en todas las regiones de nuestro país y que surgieron de antiguos cuentos de aparecidos y procesiones de muertos. Me pareció una curiosa historia de cultura popular del Motril antiguo y la anoté para que no se me olvidara.

Paso el tiempo y efectivamente olvidé entre mis papeles aquel cuento de fantasmas y espíritus,  sacados de una época  donde las calles poco o nada iluminadas se prestaban para que se viesen cosas que nunca existieron; pero en 1990 buscando en el Archivo de la Chancillería de Granada documentos para realizar mi tesis doctoral sobre la historia del azúcar en Motril, me tropecé por casualidad con un sorprendente manuscrito del siglo XVIII en el que se relataba un luctuoso suceso ocurrido en nuestra ciudad en la tarde del 6 de enero de 1791, cuando se representaba una función de volatineros en la Casa de Comedias que estaba en el solar que hoy ocupa el edificio donde están las oficinas de la Cámara de Comercio en la calle Catalanes.

Este corral o casa de comedias motrileño fue construido en 1613 por Juan Ortiz de Ulloa que lo vendería en 1616 a Pedro García Lobato. En 1634 la Casa de Comedias era del regidor Baltasar Rodríguez de Peralta que la remodeló casi por completo, gastándose una fortuna de 10.000 ducados en las obras y considerándose uno de los mejores teatros de todo el reino de Granada. Fue distinguida en 1639 por el rey Felipe IV con el título de Real Casa de Comedias. En 1753 era de Pedro Francisco de Quesada e Inés María de Peralta y su superficie era de 700 varas cuadradas (unos 492 metros cuadrados) y se usó como teatro hasta finales del siglo XVIII o principios del XIX, que pasó a ser una casa de vecinos, siendo adquirida en las últimas décadas del siglo XIX por la familia Ravassa que colocó en sus  bajos un almacén de coloniales. Olvidado su antiguo uso teatral fue derribada en los años 70 del pasado siglo XX para construir el actual bloque de pisos antes citado.

CALLE COMEDIAS…

Aquella fatídica tarde del 6 de enero de 1791 cientos de motrileños se divertían viendo las acrobacias de los volatineros en el escenario del teatro, cuando de pronto una mujer del anfiteatro al ver un pequeño globo en el aire iluminado con un farol volando sobre el edificio, empezó a dar grandes voces diciendo “Jesús, Virgen Santísima, fuego en el cielo”. El público asustado se levantó de sus asientos y empezaron a gritar “fuego de Dios” y “fuego del cielo”.

El alcalde mayor Antonio Manuel Palacios que asistía a la representación, consiguió con gran esfuerzo evitar la salida desordenada de todos los hombres del patio, pero le fue imposible parar que las mujeres de los palcos se lanzaran precipitadamente por las estrechas escaleras, produciéndose un enorme tumulto en el que murieron aplastadas por la multitud siete mujeres y dos niñas y un número de heridos considerable.

El Concejo Municipal para evitar alteraciones públicas, prohibió que por las difuntas se hiciesen velatorios multitudinarios y obligó a que los entierros de las víctimas se efectuasen por la noche, en secreto y sin los tradicionales toques de campanas. Toda una ofensa a la dignidad de las fallecidas, a las tradiciones de la buena muerte y de un decente entierro que todo cristiano merecía, en pos del orden público, llegándose a imponer, incluso, el toque de queda, bajo pena de 200 azotes a los infractores. En recuerdo de las víctimas se pintaron siete pequeñas cruces en una hornacina construida al efecto en la fachada de la Casa de Comedias.

Hasta aquí la historia real, después vendría la leyenda de esa sombría procesión de las nueve almas en pena que recorrían pausadamente y con una oración la motrileña calle de Comedias hasta finales del siglo XIX, cuando la familia Ravassa realizó unas obras en la casa y las cruces pintadas desaparecieron y con ellas también se extinguió el oscuro cortejo de animas que jamás se volvieron a ver por la antigua calle.

El eco de esta leyenda llegó hasta los albores del siglo XX y fue el que escuchó D. Antonio Ayudarte, ya que el recuerdo de aquel fenómeno misterioso había permanecido en la memoria de algunos motrileños y que yo trascribo ahora, para intentar que no se olvide en este molino de tradiciones que es nuestro Motril actual y como muestra de cómo el mundo real inspira muchos de las relatos tradicionales que antes se contaban en el calor de la cocina o alrededor de una mesa de camilla.

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