OBSERVAR SIN INTERVENIR

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OBSERVAR SIN INTERVENIR

MARÍA ROBLES -Psicóloga Sanitaria, Co- directora de Essentia, Psicología y Bienestar-

Cuando ejerces un trabajo como el mío, tienes muy presente siempre lo tramposa que es la mente. Acostumbro a decirles a mis clientes en terapia: “aquí estamos cuatro: tú, yo, tu mente y la mía, y yo no quiero hablar con tu mente, quiero hablar contigo”.

Sí, me suelen mirar raro…

La naturaleza de la mente es pensar, y todo pensamiento es una representación mental de la realidad, pero NO es la realidad. Puedes pensar intensamente en la acción de comer una manzana, pero eso nunca se asemejará en lo más mínimo al hecho de comerla. La descripción verbal, a través de palabras y pensamientos, que podemos hacer del mundo, es infinitamente limitada al lado de lo que es el mundo realmente.

No obstante, los seres humanos somos capaces de experimentar reacciones a un estímulo sin necesidad de exponernos realmente a el, simplemente utilizando la imaginación. La boca se nos hace agua pensando, nos excitamos pensando y podemos llegar a llorar de pena o a temblar de miedo, pensando.

Cuando comenzamos a creer más en la narración que en la experiencia, el caos está servido.

No podemos evitar que los pensamientos lleguen, pero una vez que lo hacen, tenemos varias opciones.

Una opción podría ser intentar que un pensamiento que no nos gusta se vaya. Por ejemplo, si me viene el pensamiento de que “soy un despojo humano”, puedo desnudarme delante del espejo y decir 40 veces seguidas con una gran sonrisa: “soy una persona maravillosa y merecedora de amor” …y ver que pasa…

También puedo intentar hacer parada de pensamiento con el típico “¡basta!” mientras me pongo a pata coja como una grulla y me pellizco el lóbulo de la oreja izquierda…a ver que tal…😬

Lo cierto, es que hay mucha literatura sobre el resultado probable de intentar que un pensamiento se vaya. Ya en los ochenta, el psicólogo Daniel Wegner demostró que la frecuencia en la que aparece un pensamiento en el que intentamos no pensar disminuye durante un breve espacio de tiempo, pero pronto reaparece con mayor frecuencia e intensidad que antes. Incluso puede aparecer durante el sueño. Así que esta no parece la mejor opción.

Otra opción puede ser subirnos al carro de la rumiación, “pensando los pensamientos”. Un pensamiento te llevará a otro, y ese a otro más y así sucesivamente. En este proceso perderás tiempo, energía, bienestar y, además, no solucionarás el problema. A veces, creerás haber llegado a una fantástica conclusión, a esa que resolverá todas tus dudas y con la que por fin podrás zanjar el tema, pero poco más tarde, a tu mente agoniosa no le parecerá suficientemente buena, y seguirá buscando más y más. Yo sé que eso de estar toda una tarde tirado en el sofá regodeándose en la propia porquería, con la falsa sensación de estar haciendo “algo” con el problema, pero sin enfrentarse realmente a el, puede tener su morbillo, y lo sé porque yo misma en su momento, llegué a ser una yonqui de la rumiación😅. Esta opción, por propia experiencia, no la recomiendo.

Y, por último, la otra opción es aprender a observar los pensamientos sin intervenir. Aprender a dejar que ese griterío esté ahí, en un segundo plano como una canción de fondo, mientras que nosotros nos dedicamos a lo importante en ese momento (ojo, con importante no nos referimos siempre a responsabilidades, también puede ser por ejemplo prestar atención a una peli), hasta que se vaya convirtiendo en un murmullo y vaya cediendo por si solo.

Hay algunos ejercicios que nos pueden ayudar a desarrollar esta habilidad, y ahora, si te apetece, hagamos una pequeña práctica 🧘‍

Tómate unos momentos para observar directamente los pensamientos que aparecen en tu mente. Lo haremos de la siguiente manera, cierra los ojos e imagina tu mente como un lienzo en el que van apareciendo cada uno de tus pensamientos. Quizás, al principio, te de la sensación de que no aparece ninguno, pero no te emociones, esto pasará rápido. Conforme vayan apareciendo, vete etiquetándolos y nombrándolos mentalmente, dependiendo del tipo de pensamientos que sean: recuerdo, descripción (ej. “Hace calor”, “huele a café”, “me pica el ojo” etc.), planificación (“mañana tengo que ir a comprar”, “¿Qué voy a cenar esta noche?”, “tengo muchas cosas que hacer”…etc.), juicio (“vaya tontería de ejercicio”, “odio el calor” etc.), preocupación o imagen. Al etiquetar un pensamiento, lo dejarás ir, porque a continuación vendrá otro y luego otro, y así sucesivamente.

En el momento en el que te observes enganchado a uno de esos pensamientos, es decir, «pensando el pensamiento», simplemente vuelve con el foco de tu atención al siguiente pensamiento.

Y así, comenzarás a experimentar una de las claves de la naturaleza paradójica de la mente: “si no estás dispuesto a tenerlo, lo tendrás”, pero si te dispones a “tocar” los pensamientos sin intervenir, estos desaparecerán como agua entre tus dedos.

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