LOS CUENTOS DE CONCHA

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ENTRE FOGONES

Concha Casas -Escritora-

Elvira solía aprovechar mientras guisaba para hablar con sus amigas. Ponía el manos  libres y entre puñados de sal,  medidas de harina y espolvoreo de especias, desgranaban sus respectivas vidas.

Así supo que Elena había encontrado un nuevo novio, mientras condimentaba una de las lentejas más sabrosas que nunca guisó en su vida.

Se enteró del divorcio de Pili, llorando con una cebolla que parecía poner así su granito de arena al drama que su amiga vivía en esos momentos.

Escuchaba los lamentos de Belén quejándose  de un marido al que ya hacía mucho tiempo había dejado de querer y con quien se empeñaba en seguir por el bien de la familia, mientras pelaba patatas.

Quizás por eso las conversaciones que luego mantenían en la mesa estaban directamente relacionadas con el tema con que se habían elaborado los diferentes guisos. Las épicas lentejas, cuyo sabor nunca fue capaz de volver a lograr, tuvieron como  motivo de conversación las relaciones sentimentales de todos los conocidos por los comensales. Y así sucedía cada día.

Le divertía sobre todo cuando hablaba con Maribel, siempre la pillaba también en la cocina, de hecho ambas tenían el mismo horario de trabajo y sus respectivos hijos volvían del colegio a la misma hora, por eso en ocasiones incluso se sorprendían guisando lo mismo y se intercambiaban trucos para conseguir que la pasta no se pasara, o que el arroz quedase en su punto, mientras revisaban  las últimas novedades que su amplio grupo de amigas habían cosechado.

También es cierto que en determinadas ocasiones, muy concretas, normalmente cuando la noticia que se estaba transmitiendo era algo fuera de lo común, como lo fue el bombazo del amante de Laura que la abandonó por su propia hermana, echó en la masa del bizcocho dos medidas de sal en vez de las de  azúcar. Afortunadamente se dio cuenta a tiempo y el desastre se limitó a tener que tirar lo ya preparado con todos los ingredientes que ya había añadido.

Quizás por todo eso en su casa las comidas nunca se hacían en silencio. Y eso que al sentarse cada día siempre había alguien interesado en que así fuera.

“Hoy ni se os ocurra hablar que ha ganado el Atleti y quiero escuchar lo que dicen”- decía Marcos, o “Silencio absoluto que ha dimitido el ministro de economía y eso hay que verlo” bramaba Luis con ese vozarrón que sobresaltaba siempre al perrillo de enfrente.

Incluso ella misma en ocasiones advertía. “hoy todos callados que lo que ha ocurrido es muy importante”. O si no Laurita, siempre con esa  obsesión por saber el tiempo que iba a hacer el resto de la semana.

Daba igual, por muy buenos propósitos que  se hicieran era imposible que en esa mesa hubiese silencio mientras se comía. Es más, cuanto más cantidad se ingería más se hablaba.

Elvira no entendía como decían que las familias habían dejado de comunicarse, que no existía relación entre ellos y que eran auténticos desconocidos porque la televisión había ocupado el lugar que antes se dedicaba a conversar.

Ellos hablaban y hablaban, incluso se peleaban por quitarse la palabra unos a otros. Siempre había tema de conversación, lo ocurrido en el trabajo, en el colegio, las últimas noticias del barrio… cualquier cosa era válida para amenizar esas tumultuosas y nunca silenciosas comidas.

Lo que ninguno podía sospechar era que la causa última de tanta locuacidad era el aliño que Elvira sin ser consciente, le añadía cada día a sus platos. Sus charlas con sus amigas caían sobre las ollas como perejil espolvoreado, cada palabra se vertía en ellas dándoles un gusto único y especial, que de tanto ingerir habían llegado a ignorar, pero cuyos efectos se dejaban sentir apenas ocupaban sus respectivos lugares en el comedor.

Incluso el taciturno Eduardo que nunca abría la boca más que para protestar, cuando se sentaba a la mesa solía entablar una conversación tan locuaz que cualquiera que hubiese entrado en ese momento en la sala familiar, hubiese pensado que era un conversador empedernido.

Entre cucharada y trago iban ingiriendo la esencia de las privadas conversaciones que la  madre de familia mantenía pensando que se quedaban reducidas a sus oídos y los de sus amigas.

Así sus hijos aprendían de la vida a través del estómago. En ocasiones el estofado de carne con patatas se convertía en un tratado de relaciones extramatrimoniales, mientras que la tortilla de gambas era un estudio diseccionado de sexualidad conyugal. El pavo al horno  una lección de urbanidad y buena vecindad y el cocido una tesis sobre el divorcio.

A Elvira no dejaba de sorprenderle la lucidez con la que sus vástagos trataban temas que muchos adultos no hubiesen sido capaces ni de esbozar y así se lo hacia saber a la amiga con la que ese día le tocase hablar y lo hacía mientras liaba las croquetas, sin saber que esa dosis de reflexión era la que ingerirían sus hijos al comer.

Su cocina estaba tan llena de palabras que en ocasiones al entrar a ella, le parecía escuchar un lejano eco que aunque le resultaba familiar, no acababa nunca de identificar y que ella achacaba al incansable parloteo de su mente.

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