LOS CUENTOS DE CONCHA

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Concha Casas -escritora-

EL ENGAÑO

Miró su foto de novia y no pudo evitar que la tristeza la embargara de nuevo. Se la veía tan feliz, tan joven, tan llena de ilusiones… y a él también. El caso es que a él también. ¿Cómo pudo engañarla durante tantos años?

Durante  veinte años había permanecido casada con el que había creído el hombre de sus sueños, el hombre de su vida, con el que se haría vieja viendo crecer a los hijos primero y a los nietos después.

De eso hacía ya mucho tiempo, parecía como si hubiese ocurrido en otra vida, pero esa vieja fotografía trajo a su memoria  lo que hacía mucho tiempo había querido desterrar de ella

Debió haberlo sospechado, pero era tan  inocente, tan inexperta, que pensó que aquello era normal, que formaba parte de la rutina de las parejas. Además tampoco había sido nunca especialmente fogoso. De hecho para que naciera Laura  casi tuvo que rogarle que hiciese lo que según sus amigas, sus maridos les pedían a todas horas.

Contuvo las lágrimas y dejó la fotografía. No debió habérsela llevado. Había decidido poner fin a esa etapa de su vida y comenzar una nueva. Llevar restos de su pasado no era el mejor comienzo.

Había empaquetado casi todo lo que pensaba llevarse, la ropa de los niños, sus juguetes, sus libros. Suyo poco llevaba, lo puesto y un par de mudas.

Su abogada le había aconsejado que se quedase en la casa, al ser suya la custodia de los niños le correspondía. Pero no quiso. Allí había demasiados recuerdos, algunos tan dolorosos que parecían haber cobrado corporeidad y presencia. De hecho siempre que pasaba por la puerta del dormitorio, al que no había vuelto a entrar desde que descubrió a su marido – esa imagen de los cuerpos abrazados se venía a ella como un doloroso golpe bajo- el corazón se le encogía en el pecho. Por eso sabía que quien debía irse era ella, para borrar de su mente esa escena que había vuelto del revés su mundo.

Aunque posiblemente su mundo estuvo del revés siempre, pero claro, ella no lo sabía.

Nunca había estado con otro hombre más que él.  Eran otros tiempos, y tampoco había tenido muchas más oportunidades. Se enamoró  con apenas 14 años y a pesar de la indiferencia que en un principio mostró hacia ella, nunca fue capaz de interesarse por otro que no fuese su Carlos.

Lo lloró durante años. Años en los que parecía que él ni siquiera había reparado en ella. Pasaba por su lado como si no la  conociera y jamás le prestó la más mínima atención.

Cuando se fue a la mili le pidió a su primo la dirección de su amor y así fue como inició una correspondencia,  que milagrosamente dio la vuelta a su situación.

Puede que fuese la soledad que decían sentir todos los que en aquellos tiempos debían abandonar su hogar para hacerse “hombres”; o puede que el tener una novia que te escribiera cartas fuese algo así como un grado en aquellos lejanos cuarteles. El caso es que así empezó su noviazgo. En una carta se le declaró y en otra ella le contestó que sí.

Cuando volvía de permiso salían a pasear juntos. Él la invitaba a un refresco y luego la acompañaba a casa.

Ya entonces debió notar algo. No solo no intentó nunca propasarse, sino que ni tan siquiera le pidió jamás un beso.

Aunque eso entonces la hacía sentirse orgullosa. Su confesor le decía que eso demostraba cuánto debía quererla, ya que la respetaba como lo que era, una mujer decente.

Solo una vez, al terminar el servicio militar, la llevó a bailar para celebrarlo. Allí coincidieron con antiguos compañeros de él y Carlos se emborrachó. Ese día sí la manoseó. Frunció el gesto al recordarlo. Le hizo daño. Le estrujó el pecho como si tuviese un papel viejo  entre las manos y ella gritó. Él se disculpó pensando que ese grito era una protesta en defensa de su honor, pero no era así, gritó porque le hizo daño.

Tras casarse, sus encuentros amorosos no fueron mucho más satisfactorios que ese primer contacto en el baile. Por eso, aunque sus momentos íntimos se distanciaban bastante en el tiempo, ella casi lo prefería.

Aún así siempre que veía una película en la que los protagonistas se acariciaban y se besaban con dulzura primero y con pasión después, una añoranza triste y desconocida se aferraba a su pecho. Ella desconocía los placeres de Eros y llegó incluso a culparse de no sentir más allá del dolor  que sus cada vez más espaciados encuentros le proporcionaban.

Por todo eso quiso irse de allí, necesitaba distancia para asimilar y entender todo lo que le había ocurrido, el engaño en el que había vivido durante tantos años.

Y posiblemente por eso, no podía pasar cerca de esa habitación en la que todo ese tiempo añoró algo que desconocía, porque fue ahí precisamente en esa cama en la que nunca encontró placer, donde vio a su marido abrazando, besando y poseyendo como jamás lo había hecho con ella,  a aquel hombre…

Oscuros tiempos, de miedos y mentiras. Ella perdió su juventud y sus sueños por un engaño. Pero posiblemente en aquella época los engañados fueron todos, quizás el primero, el mismo Carlos.

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