LOS CUENTOS DE CONCHA

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EL DESPERTADOR

Concha Casas -Escritora-

Apagó el despertador con tanta energía, que sin darse cuenta lo tiró de la mesilla de noche. Le pareció escuchar un gemido, pero pensó que todavía estaba medio dormido y que había sido un mero producto de su imaginación. Como cada mañana, le dieron ganas de darse media vuelta y volver al sitio del que ese sonido chirriante y desagradable lo había sacado. Y como si un brazo poderoso tirase de él llevándolo hacia ese onírico mundo del que acababa de salir, volvió a sumirse en los vapores de un sueño tan profundo como intenso.

Creyó que estaba despierto. El entorno era el mismo que el de su realidad. Estaba en su dormitorio. Pero de alguna manera notaba que algo diferente estaba ocurriendo. Se sentía observado y casi tenía  la certeza de que no estaba solo.

Entonces realidad y ficción se unieron y el gemido que escuchó apenas tiró el despertador al suelo, se hizo más evidente.

Se incorporó sobre su brazo buscando la procedencia del sonido y un susto tan grande que le hizo llevarse la mano al pecho, lo dejó con la boca abierta cuando vio que al despertador le habían salido unas finísimas extremidades sobre las que se incorporaba mientras se rascaba la parte superior, quejándose del golpe que acababa de darse.

Se frotó los ojos, cerrándolos  y abriéndolos de nuevo. Debo estar dormido, pensó. Sin embargo tras abrirlos y cerrarlos un par de veces más, comprobó que lo que veía era cierto.

¡Que ingratitud!, se quejaba el reloj mientras se erguía sobre sí mismo. Todos los días estoy pendiente de tu sueño, o mejor dicho, de sacarte de él para que puedas empezar tu día cuando debes hacerlo. ¿Y qué recibo a cambio?. Insultos, malos modos, incluso en ocasiones, como hoy, golpes.

Sí, tú –le dijo dirigiéndose directamente a él – no pongas esa cara de sorpresa, te estoy hablando a tí. ¿Te parece justo lo que haces conmigo?. Si no me querías ¿para qué me compraste?. Yo estaba tan a gusto en aquel mostrador, allí si tenía una buena vida. Daba las horas sin que nadie se molestase al escucharme, cada dos o tres días pasaban por mi un plumero para limpiarme el polvo, que me hacía tantas cosquillas que a veces adelantaba mi alarma, demostrando así mi alegría.

Mis compañeros solían tenerla puesta al mismo tiempo y cuando sonábamos todos, parecía que la risa llenaba aquel silencioso espacio.

El relojero sonreía cuando repicábamos y nos miraba con admiración…. entonces entrastes tú. No sé porqué te fijaste en mi, pero lo hiciste. Incluso pagaste por mi, satisfecho de todas las prestaciones que el dependiente te dijo que iba a darte.

Las he cumplido todas fielmente ¿y que he obtenido con ello?, ¿una sonrisa de agradecimiento por estar siempre ahí cuando me necesitas?¿una palabra de aliento por mi fidelidad diaria?…nada de eso, solo malos modos y malos tratos. Insultos y últimamente hasta golpes. Pues hasta aquí hemos llegado. Se acabó, no te pienso despertar más.

Y dándole la espalda se dirigió hacia la puerta. La angustia se unió al susto primero. Se incorporó levantándose de la cama y casi llorando le suplicó al despertador que se quedase, pidiéndole perdón por el mal trato, que efectivamente siempre le había dado, prometiéndole que jamás volvería a ocurrir.

Entonces el sonido del viejo reloj volvió a despertarlo. Todavía con el corazón acelerado y sin saber muy bien donde estaba, abrió los ojos. Solo había sido un sueño, suspiró aliviado.

Pero al estirar la mano para parar la alarma que cada día lo despertaba, se dio cuenta de que el despertador no estaba en su sitio. Encendió la luz, miró al suelo y allí, tirado y desarmado, sin pilas siquiera, seguía tirado y esta vez sí escuchó perfectamente un gemido lastimo que salía de él.

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