LOS CUENTOS DE CONCHA

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CLARA

Concha Casas -Escritora-

Lo que pasó por el corazón de Clara el día en que le dijeron que estaba despedida,  solo podría compararse al devastador paso que un huracán deja tras de sí: ruina, destrozos, desolación… y aun así todos estos adjetivos juntos no darían una idea exacta de lo que se produjo en su interior. Decir que el mundo se hundió bajo sus pies, o que el planeta entero dejó de girar por un segundo que a ella se le antojó  infinito podría servir, pero tampoco alcanzaría la dimensión exacta del desastre.

El dolor había golpeado su corazón en más de una ocasión, con muertes inesperadas e inexplicables que la habían sumido en una trágica sucesión de momentos terribles,  que  consiguió superar gracias a su trabajo.

Apenas tenía 14 años cuando comenzó a trabajar. No servía para los estudios, eso al menos creía ella  y poder decir adiós a su tortura diaria fue una liberación, de manera que con ese espíritu se incorporó a una vida laboral,  que para otros suele resultar poco menos que condenatoria.

Siempre había sido especialmente tímida, quizás por el contraste con los demás miembros de su familia,  todos con un carácter tan fuerte  que consiguieron que el suyo se escondiera y agazapara dentro de ella. Por eso fue haciendo  de la oficina su mundo, su refugio. Allí trabó sus mejores amistades y allí confesó sus secretos más íntimos, que se quedaron para siempre flotando en ese espacio que para ella era prácticamente el único. Sus primeros amores, sus miedos, sus ilusiones, sus sueños, sus frustraciones…   

Sus relaciones fueron, casi en exclusiva, las que hizo entre esas cuatro paredes que la fueron viendo crecer, casarse y convertirse en madre sucesivamente.

También pasó malos ratos. La oficina se convirtió en una diminuta escuela de la vida, allí supo de envidias y de traiciones, de odios y rencores… lo mejor y lo peor del ser humano  pasó ante ella como en una galería,  donde fue formando su personalidad,  a la par que transcurría la vida.

La ropa que se compraba la elegía pensando en el puesto que ocupaba, cuando estaba de cara al público la adquiría de tal manera, cuando permanecía en el archivo de la otra.

Incluso condicionó sus lecturas,  ya que siempre elegía aquellas que podían enseñarle algo más sobre ese pequeño gran mundo que era el suyo.   

Por eso,  cuando ese verano a la vuelta de las vacaciones le anunciaron el cierre de la empresa por quiebra, su mundo se derrumbó de forma tan traumática,  como años antes lo habían hecho las torres gemelas.

Todo perdió sentido, hasta el levantarse por las mañanas. ¿Qué haría con su vida, con su tiempo, con cada día, con cada hora…? Ocuparlas se convirtió en un dilema tan angustioso que en ocasiones llegaba a ahogarla. Solo sabía hacer lo que había estado haciendo durante más de treinta años. ¿Cómo iba a poder sobrevivir sin ello?

Era como si de la noche a la mañana anunciasen que se cerraba el mundo. ¡No podía cerrarse el mundo!

La oscuridad envolvió su vida y la aplastó. Aparte de sus hijos, posiblemente si no hubiese sido por ellos habría acabado perdiendo la razón, no había nada que la empujase a salir de la cama. Cada madrugada seguía escuchando un despertador que ya no sonaba para ella, pero que retumbaría en el interior de su cerebro durante años y años.

Cuando abría los ojos la realidad la recibía como una bofetada. Nadie la esperaba, no tenía prisa para coger el autobús, daba igual la ropa que se pusiera… nadie iba a verla.

Durante mucho tiempo las lágrimas inundaron su almohada, único testigo de su drama, y el silencio fue buscando refugio en su interior acomodándose por cualquier recodo. Males que nunca había tenido hicieron su aparición y ese tiempo que temió vacío, se llenó del propio  temor.

Inició una carrera desesperada a la búsqueda de empleo, para descubrir que a sus cuarenta y cuatro años era vieja para casi todo. Aun así no desistió. Hizo cursos, distribuyó cientos de curriculums por todas partes, se pateó la ciudad de punta a punta… pero fue inútil, no había un sitio para ella.

Asumir el fin de esa etapa de su vida fue muy doloroso y muy costoso, porque más que un periodo más o menos intenso, supuso una forma de vida en sí mismo.

Tenía que aprender a encontrar su hueco en otro sitio. Debía inventarse una nueva vida, crearla desde ese vacío en el que la pérdida de su empleo la había sumido.

Sabía que tenía dos opciones ante sí, compadecerse eternamente por lo que había ocurrido, dejarse llevar por esa angustia vital que parecía devorarla,  o superar sus propios miedos y reincorporarse a la vida.

Optó por la segunda. No era fácil y lo sabía, pero tenía toda la vida por delante. Era fuerte, había salido de cosas peores y saldría igualmente de esa. Le costaría tiempo y esfuerzo, pero lo conseguiría, estaba segura.

Y con ese nuevo espíritu, amaneció por fin una mañana en la que decidió que su duelo había terminado. El sol volvía a brillar y le sonreía. Empezaba de nuevo.

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