LOS CUENTOS DE CONCHA

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ERRORES

Concha Casas -Escritora-

El día antes de morir, Laura le preguntó a su anciana abuela dos cosas. La primera que si quería morirse. Y  sin fuerzas para poder hablar, movió la cabeza negando con rotundidad.

La segunda que si volviera a nacer qué no haría. Y en la que sería la última palabra que pronunciase en su vida, contestó: casarme.

Teniendo en cuenta que llevaba cincuenta años viuda, el peso de esa afirmación cobraba una dimensión inmensa.

Habían pasado treinta años desde entonces y Laura se sorprendió a si misma diciendo en voz alta el pensamiento que hacía mucho tiempo le rondaba por la cabeza. ¡Nunca debí casarme! Se sorprendió más aún porque llevaba casi diez años divorciada y que  esa frase tomase forma en su interior la trasladó a aquella lejana ocasión en que su abuela, en su momento final, dijo lo mismo.

¿Sería esa una lacra de las mujeres de su familia?, se preguntó. ¿O será una lacra común al común de las mujeres?  Echó un vistazo a su alrededor. Recordó la última conversación con Belen, me equivoqué al elegir marido, le confesó. Rosa le había asegurado hacía muy poco que el mayor error de su vida fue casarse con Enrique. Y Elena, la única de las antiguas amigas que permanecía casada,  trataba con tal desprecio a Julián, que todas se preguntaban porqué no era capaz de alejarse definitivamente de él.

A las mujeres casadas se les borra el destino, había leído en algún viejo libro. Y echando la vista atrás se dio cuenta de que tal afirmación no iba muy desencaminada.

No hacía mucho había vuelto al pueblo, a la boda una sobrina. El cura que ofició el acto, Don Vicente, era el mismo que la casó a ella y a casi todas las mujeres de su familia. Ese día lo vio mirando a la novia con una especie de pena en la mirada. 

¿Que ocurre Vicente? – le preguntó – ¿alguna preocupación?

No hija, le contestó solícito… es que llevo aquí tantos años… he visto tantas cosas…¿Y sabes qué? Las bodas, que al principio de mi sacerdocio, eran siempre motivo de festejo y alegría, se han convertido para mi en algo así como un vértigo angustioso. La cara de felicidad que traen siempre las novias, desaparece de ellas, de todas ellas. A la vuelta de unos años, no queda ni rastro de esa alegría que hoy ves. Y por eso, cada vez que oficio una boda, no puedo evitar pensar en ello. Por eso me entristece, porque siento que esta sociedad nuestra no está haciendo las cosas bien.

Laura suspiró sumida en sus pensamientos e intentó buscar la réplica. Buscó en su memoria, haciendo un repaso a todos sus conocidos. Pensó en Mamen y Raúl y en los dardos envenenados que con cualquier escusa se lanzaban mutuamente. Ella conocía bien la historia, que como la de tantas otras, como la de ella misma, no era más que la historia de un abandono. Apenas se formaliza la relación, el marido sigue actuando, viviendo y relacionándose con la misma alegría y la misma libertad que antes de haber adquirido ese estado social. Ella sin embargo,  casi siempre enseguida convertida en madre, ve como su vida se transforma en  eso, en la entrega que la maternidad conlleva.

Pensó en Rafa y Gloria, en Juana y Miguel, en Rosario y Esteban… con diferentes variantes pero la misma esencia.

Siguió buscando y buscando y no encontró ni una sola pareja en la que los mismos roles no se hubiesen repetido hasta la saciedad.

Se acordó de Sandra y Antonio. Aparentemente la pareja perfecta. Ella siempre sonriente, siempre entregada… y en realidad siempre mintiendo. Durante el tiempo en que fue su confidente, le confesó los secretos que hacían posible esa en apariencia perfecta relación. Ella llevaba una doble vida. Sabía todo lo que a él le disgustaba y lo ocultaba a sus ojos. Leía libros que él despreciaba, a escondidas suyo, y luego se los regalaba a cualquiera para que él no pudiese encontrarlos. Cuando le soltaba alguno de los muchos exabruptos con los que solía regalarla, ella se reía quitándole, o queriéndole quitar, la carga peyorativa que contenía… y así con todo, viviendo en una mentira llegó a creerse que era feliz. 

Errores que se comenten en la vida que la marcan y definen. Sueños que se convierten en pesadillas antes apenas de poderlos saborear. Cosas de la edad, pensó. Y moviendo la cabeza para apartar tales pensamientos, continuó arreglando el cajón de los papeles, que la habían llegado hasta allí.

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