LOS CUENTOS DE CONCHA

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ALGO DE MAGIA

Concha Casas -Escritora-

Siempre supo que algo especial sucedería en su vida. Era apenas una mocosa cuando esa certeza la hacía felicitar a sus amigas por haberla conocido “algún día podréis decir que ibais al colegio conmigo”. Las otras se reían,  pero la seguridad con que Helena lo decía era tal, que en lo más hondo de sí lo creían

Su infancia transcurrió rodeada de magia, no en vano su abuela era la mayor poseedora del conocimiento élfico que en el mundo ha sido. Conocía de la existencia de las otras criaturas y vivía casi más relacionada con ellas que con los humanos, de los cuales por cierto no tenía muy buena impresión.

Con Helena en particular mantenía una relación más que estrecha. Para ella había creado un cuento en el que un hada llamada Selene velaría eternamente  por su destino

Los contaba tan bien, que cuando sus nietos iban creciendo y leyendo las historias que ya previamente habían escuchado de sus labios  se quedaban desilusionados, siempre faltaba algún detalle fantástico que en el libro se olvidaban de mencionar.

Luego, mucho tiempo después,  se arrepintieron miles de veces de no haber tomado nota de las deliciosas historias que su abuela inventaba para ellos,  siempre que alguno se lo pedía.

Sin embargo al crecer, Helena fue apartándose de la magia y se arrojó en los brazos terrenales  propios de su edad y tiempo, llegando  a olvidar hasta que algún día sería alguien especial. Todas sus amigas se encargaban de decírselo una y mil veces.

Llegó un momento en que incluso necesitó la ayuda de un psicólogo “¿qué me pasa que todos los que están a mi lado sufren por mi culpa”? Tras un exhaustivo estudio que no le llevó mucho tiempo, ya que la evidencia era aplastante, el profesional dictaminó: “escucha bien, todos los que requieren mis servicios,  lo que anhelan es ser como tu. Creo que lo que les ocurre a tus amigas no es sufrimiento, sino envidia”

Aún así, era tan noble y quería tanto a sus compañeras de vida y correrías que siguió culpabilizándose a sí misma de ser como era, algo que parecía que algunas de ellas no estaban dispuestas a perdonarle nunca.

Su amistad aún así era tan grande,  que se mantenían unidas a pesar de los años y los distintos avatares que iban apareciendo en sus caminos.

Ya se acercaban a la madurez cuando la vida las fue distanciando, los trabajos, las parejas, las llevaron a distintos lugares que las separaron, al menos físicamente,  porque contacto entre ellas siempre hubo.

Y fue entonces, a partir de entonces, cuando la magia de su infancia fue volviendo a Helena. Siempre le gustó cantar y aunque lo hacía bastante bien sus amigas la habían ninguneado tantas veces que había dejado de hacerlo, al menos en público. Pero al verse sola, recuperó aquel don con el que la naturaleza la había dotado y volvió a cantar. Al principio en los pequeños locales de su barrio, donde fue conociendo a gentes a las que sí gustaba su arte y que poco a poco le fueron abriendo otras puertas.

Un día estando descansando en su camerino después de una actuación, una señora madura de exquisitos modales y con la sonrisa más dulce que nunca había contemplado en su vida, se acercó a ella. La miró desde lo más profundo de sus ojos, tanto es así que llegó a sentir hasta vértigo.

“¿No me reconoces?”, preguntó a la sorprendida Helena que no acababa de centrar aquella dulce expresión. “No te preocupes querida, ya lo harás”.

Pasito a paso y poco a poco el éxito fue llamando a su puerta, mientras la amistad con Clara, su recién adquirida amiga, crecía cada día llegando a tomar una dimensión tan grande en su vida que llegó a parecerle mentira haber podido vivir sin ella.

Con ella desanduvo  el camino contrario al que había recorrido con sus anteriores amistades, es decir donde antes solo había críticas y recriminaciones empezaron a florecer elogios y alabanzas a sus virtudes. Lo que antes llamaban orgullo ahora se denominaba talento y lo que catalogaban de soberbia pasó a ser impotencia ante la mediocridad que durante años la envolvió.

Todo empezó a cambiar a su alrededor, incluso sus antiguas amigas alababan su arte y la trataban con un respeto y un cariño tan grandes que llegó a pensar que en su vida se estaba operando un milagro. Se sentía querida y respetada. No era el bicho raro que durante años le habían hecho creer, quizás como decía Clara era solamente diferente y de todos es sabido que lo diferente asusta.

El pasar del tiempo iba corroborando todo lo que Clara le anunciaba, su vida discurría en un fluir tan sencillo que en ocasiones de puro feliz sentía que sus pies no rozaban el suelo. Su amiga permanecía a su lado y en los momentos en los que a veces flaqueaba siempre encontraba las palabras justas para darle la vuelta a la situación y sacar lo positivo de donde en ocasiones,  parecía que era imposible encontrarlo.

La vida siguió llena de plenitud, a veces con sufrimientos  pero muchas más con alegrías. Todo lo que Helena siempre soñó iba materializándose en su vida y lo que es mejor, cada día se sentía más realizada.

Crecía como persona, siempre protegida y amparada por su querida Clara que parecía no desfallecer nunca, más bien al contrario siempre estaba ahí a su lado, protegiéndola, amparándola y sobre todo, queriéndola.

El tiempo pasaba, ambas iban envejeciendo. Llegaron a hacerse tan mayores que ya apenas se distinguía cual de las dos tenía más edad, pero el brillo de ambas crecía a la par que encogían sus cuerpos.

Casi al final de sus días Clara cogió la mano a su amiga. “Querida mía, sabes que nuestro tiempo aquí se acaba”, le dijo “pero antes de irnos  me gustaría saber algo: ¿nunca llegaste a reconocerme?”.

Helena sonrió acariciándole la mejilla: “Claro que si mi adorada Selene, siempre supe que eras tu”.

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