FINIS AFRICAE

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1797

LAS DOS MUERTES DE DON MANUEL VÁZQUEZ ALFALLA

Francisco Guardia -Escritor-

El día 25 del presente mes se cumplen 85 años de la muerte del siervo de Dios Manuel Vázquez Alfalla, el más motrileño de los mártires de Motril en palabras de Vicente Cárcel Ortí, ya que los demás que fueron inmolados aquel aciago 25 de julio de 1936, aunque allí residían y obtuvieron la palma del martirio, habían nacido en otras localidades. Su beatificación estaba prevista para el pasado mayo, pero la pandemia que nos golpea ha obligado a aplazarla.

Don Manuel fue una persona generosa y sencilla, cualidades que han eclipsado otras como su cultura e inteligencia. A pesar de que debido a la modesta situación económica de sus padres se vio obligado a estudiar en el seminario la llamada entonces “carrera breve”, con menos asignaturas -y por tanto más barata para entendernos- acumuló con su aplicación e interés una notable suma de conocimientos. No conocemos escritos suyos que llegaran a la imprenta. Probablemente fuera de sus cartas, algunos sermones y la documentación que genera una parroquia no escribiera otra cosa. Fue su ayuda fundamental, sin embargo, para el trabajo de su buen amigo y antiguo maestro Manuel Rodríguez Martín facilitándole contactos y proporcionándole abundante información y multitud de copias de documentos, haciendo incluso ocasionalmente de mecenas, y recibiendo a cambio el más sincero afecto y gratitud.

Aunque no es precisamente escribir una semblanza biográfica lo que nos proponemos en este momento, no estará demás señalar, por si alguien no lo recuerda, que nace en Motril el 14 de julio de 1863 (no el 15 como en algún sitio figura), hijo de Juan Vázquez Cuenca y de Juana Alfalla Amado, naturales de Motril al igual que los abuelos. Recibió el agua bautismal en la parroquia de la Encarnación el día siguiente, de manos de don Diego Fernández, siendo madrina su abuela materna doña María Amado.

Un vez ordenado sacerdote ejerció su ministerio en Motril, Salobreña y  Lobres hasta 1907, que marchó a la República Argentina donde fue destinado a la parroquia de la Inmaculada en calidad de cura teniente al tiempo que desempeñaba las funciones de administrador, archivero y colector general. Aún desde la distancia continuó echando una mano a su viejo maestro, mediando para que en la prensa porteña apareciese algún artículo suyo, procurándole más información y una fotografía de Antonio Aguayo en la que el que fuera cronista de Motril tenía especial interés y que parece haberse perdido.

Regresó en 1922 a España y recibió el nombramiento de beneficiado en la Encarnación. Desde ese momento transcurre su vida con tranquilidad hasta que con el advenimiento de la República empieza a complicarse la vida de los clérigos y en general de los cristianos que intentaban seguir practicando su religión en libertad. Y aunque en los años que mediaron entre la proclamación de aquel segundo ensayo de República y el comienzo de la guerra civil tuvo Motril la suerte de que no ocurrieran hechos graves como los de Málaga, por ejemplo, donde ya entre el 11 y 12 de mayo de 1931, como reflejo de los sucesos de Madrid, ardieron más de 40 iglesias, según el preciso relato de José Ramón Hernández Figuereido, quedándose la ciudad prácticamente sin archivos eclesiásticos y desapareciendo multitud de obras de arte (quizá el Cristo de Mena sea la más emblemática), sin embargo sí empezaron a sentir un ambiente hostil donde los insultos y chanzas podían brotar el cualquier momento.

La gran tormenta se desató el 25 de julio de 1936. Como es asunto tratado por historiadores de todas las tendencias no nos demoraremos en detalles pues solo nos proponemos recordar a Vázquez Alfalla. Esa mañana con una multitud de frentepopulistas llegados de Málaga y Almería, enseñoreados de las calles de la ciudad, arden iglesias y casas particulares, se perpetran asesinatos  -entre ellos los de los agustinos- y saqueos de comercios y casas particulares. El mismo día, aunque apartado de sus compañeros, encontraría la muerte don Manuel Vázquez Alfalla.

No faltan los testimonios que atribuyen su asesinato a la líder comunista Lina Ódena. Vamos a reproducir dos de procedencia muy distinta. El primero es el del escritor motrileño don Gonzalo Hernández Auger en su libro La Fosa Abierta, que merecería una reedición precedida de un estudio a fondo pues, aunque escrito con el apresuramiento de la inmediatez de los hechos, su valor literario y documental es innegable.

En su capítulo titulado “La trágica jornada del 25 de Julio” (págs. 23- 33) lo cuenta así:

“Sigue la media mañana. Frente a una casa del Camino de las Cañas la bestia chilla. Con la pistola al cinto y una blusa roja Lina Ódena camina triunfal.

“Una figura alta y magra dobla la esquina. El rostro es conocido del vecindario.

“Desde sus portales dirigían voces a la muchacha roja.

“― ¡El cura!

“Lina Ódena enfoca sus ojos pequeños de tigresa hacia la silueta. Muy cerca, a bocajarro, le dispara seis tiros. Don Manuel Vázquez Alfalla ha sucumbido también en la trágica jornada.”

La primera vez que leí este pasaje fue hace un montón de años, cuando era un niño, en casa de nuestros buenos amigos los Rojas Yesares. Aquella casa la frecuentaba mucho y tenía carta blanca de sus dueños para curiosear en los libros (y tebeos que eran abundantes) que me apeteciera. Entre su mediana biblioteca figuraba La fosa abierta, quizá porque en ella se nombraba a Don Paco, el patriarca, que había sido uno de tantos motrileños que sufrieron prisión en la Iglesia Mayor.

Pero fue mucho después, más familiarizado con la Historia y la sicología de las personas cuando empecé a encontrar en la versión algo que no encajaba, porque la estancia de Lina en Motril fue breve y, conociendo al personaje, lo normal es que procurara hacerse ver en los sitios más céntricos y transitados, donde podía ser aclamada y admirada por los de su cuerda, al tiempo que temida por sus adversarios: por ejemplo las carreteras en el punto que al atravesar la ciudad se convierten en avenidas, o la Plaza de España (entonces de la República) ubicación del ayuntamiento. Y aunque el Camino de las Cañas no estuviera demasiado apartado, no me figuraba a la lideresa comunista por allí esperando a que pasara un cura viejo para abatirlo a tiros.

Aunque Lina Ódena fue una asesina despiadada, resulta injusto atribuirle muertes que no ejecutó. Hay que tener en cuenta cómo surgen y circulan los bulos en esas situaciones de desbarajuste. Ante una muerte en que los posibles testigos callaron por miedo o prudencia comenzó a correr el rumor de que Lina lo había asesinado, ¿quién mejor para colgarle la medalla, de honor para los suyos y de ignominia para los contrarios? Don Gonzalo debió oír estos rumores desde su domicilio del que por seguridad casi no salía. Seguiría oyéndolos más tarde cuando las tropas de Franco penetraron en la ciudad y no tenía otra información. Además él no era historiador, sino un elegante escritor y buen periodista. Con aquellos mimbres redactó una serie de artículos que aparecieron en El Faro y más tarde se convirtieron en libro, donde dejó constancia de que la primera versión del artículo donde rememora los sucesos del 25 de julio no le satisfizo, pero no hemos podido leer esa primera versión para comparar.

Así lo dejó escrito un autor de derechas, pero existen testimonios desde otras laderas que inciden en la misma versión. Entre los muchos que hemos podido consultar en libros o artículos nos detendremos en uno tomado desde una perspectiva tan opuesta como una página web que se define republicana y a la que para mayor precisión calificaremos de frentepopulista, concretamente “https://www.fideus.com › biografiesF – odena – lina”, consultada el 15 de julio de 2021. Allí se cuenta de esta manera en una semblanza biográfica de Lina:

“El 15 de agosto, en Motril, concretamente en el Camino de las Cañas, vació el cargador de su pistola sobre la cabeza del cura Manuel Vázquez Alfaya (sic).

“La mala suerte quiso que el 14 de septiembre, junto al Pantano de Cubillas, el chofer que conducía el coche en el que iba Lina se equivocó en un cruce y fue a dar directamente a un control de los falangistas. Viéndose rodeada, y para no caer en manos del enemigo, Lina sin dudarlo dos veces sacó su revólver y se suicidó.


“Lina Odena es un ejemplo de valor y coraje de una joven militante comunista que cumplió con brillantez todas las misiones que le fueron encomendadas. Ella fue un verdadero ejemplo para todos”.

Aparte de la narración de los hechos, lo que en verdad produce repeluzno es que alguien de tal calaña sea propuesto como ejemplo. Pero veamos ahora otra versión, que nos parece más conforme con lo que pudo ocurrir. Es la debida a Santiago Hoces Pérez en su libro Cayetano Giménez Martín y sus compañeros, Mártires Granadinos de 1936. El autor tuvo ocasión de consultar en el archivo de la Curia de Granada los informes redactados en su día por don Salvador Huertas Baena, el que fuera arcipreste y cura propio de Motril, por mandato del arzobispo, y además entrevistarse con algún testigo.

En el capítulo que dedica a Vázquez Alfalla nos cuenta que este se encontraba aquel infausto día oculto en casa del sacristán desde donde fue testigo de los desmanes que se cometían en la iglesia: destrozo de imágenes, retablos, ornamentos y enseres, todo acompañado de blasfemias y voces soeces. Piensa entonces que ha elegido mal refugio y decide irse a su casa. Cedamos al autor la palabra:

“Recorre  varias calles, sin encontrarse a nadie que le detenga. Pero es descubierto en la plaza de los Mártires, él, que muy pronto, también va a serlo. Ya solo le faltaban unos treinta metros para llegar a su hogar. Dos individuos le salen a su encuentro, se sitúan a su derecha y a su izquierda, dejándole a él en el centro; como a Jesús en el Calvario. Aunque allí uno de  los malhechores del relato bíblico, recriminó a su compañero. Pero D. Manuel en ninguno encuentra consuelo, porque uno dispara sobre la cabeza encanecida del sacerdote, y el otro, que no quiere ser menos, repite la macabra acción”.

Sigue narrando que el testigo “Vio a don Manuel, caído en el suelo; rostro y cráneo destrozados, un reguero de sangre regando la tierra. Los asesinos huyeron”. Y finaliza con el detalle de que unos quince minutos después hubo quien intentó saquear el cadáver pero fue disuadido por un compañero que le dijo: “No lo hagas, que el cura habrá sido muy malo, pero los muertos merecen respeto”. Menos escrúpulos debió sentir otro, a quien el testigo califica de “vulgar ladronzuelo” que, sobre las once de la mañana, acercándose al cuerpo sin vida hurgó en sus bolsillos robando el dinero que llevaba.

Llegado el momento de las responsabilidades, la atribución del crimen a Lina era la menos traumática, ya que la supuesta autora había muerto. Quizá el testigo conocido consideró imprudente hablar en ese momento y si hubo otros que pudieran estar oteando en las ventanas a través de los visillos nunca lo sabremos. En 1946 un juez ordenó interrogar, en su calidad de pariente más próxima, a doña Carmen Vázquez Fresneda, sobrina del sacerdote, pero su manifestación nada nos aclara ya que se limitó a decir que el cadáver de su tío había aparecido en la calle de las Cañas y que ignoraba todo sobre los autores.

Confiamos en que una vez desaparecidos los actuales impedimentos por motivos sanitarios, el acto de beatificación se pueda celebrar con la brillantez que nuestro paisano merece y que, llegado el momento, interceda ante el Señor por nosotros para que concediendo una prórroga de nuestro permiso de estancia en este mundo, lleguemos a conocer el esplendor de su canonización que no ha de tardar.

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