LOS CUENTOS DE CONCHA

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LOS PÁJAROS

CONCHA CASAS -Escritora-

¿En que piensan los pájaros? Se preguntaba María cada vez que veía alguno en su balcón. Se ponían en el mismo filo de la barandilla y movían su cabecita de un lado a otro como buscando a alguien. A veces incluso se quedaban quietos mirando hacia el infinito, como ella. Entonces pensaba que quizás ellos podrían pensar lo mismo, cuando cada vez que hacían un descanso en su casa, la veían a ella tras los cristales observándolos.

A lo mejor pensaban que era una aburrida porque ¿qué hacía una niña de su edad encerrada en su casa siempre en el mismo sitio y mirando siempre en la misma dirección?

 Claro que  ellos no podían saber que estaba enferma, mucho más enferma de lo que le decían. Aunque ella lo sabía. Sabía incluso que le quedaba poco tiempo. Lo notaba en el tono condescendiente del médico cada vez que acudía a su consulta, en los ojos enrojecidos de su madre, que hacía verdaderos esfuerzos por aparentar una alegría que estaba lejos de sentir, en la expresión de los ojos de su hermana, cuando pensaba que  no la miraba y en la rabia contenida de su padre cuando salía de hablar con el doctor.

Llevaba postrada tanto tiempo que casi no recordaba otra vida más que esa. Apenas pudo ir al colegio, ya que los primeros síntomas empezaron por aquellos lejanos años de su infancia. Siempre fue frágil, parecía como si fuera a romperse. Su papá la llamaba “muñequita de cristal”. Y sin duda alguna no pudo encontrar mejor apelativo para referirse a ella.                                                             

Su tez era de un blanco casi níveo, quizás más marcado por su dolencia crónica y en los últimos tiempos por la poca, o casi nula exposición a la luz solar.                                                              

Su pelo tan fino que parecía fuera a romperse y toda ella tan delgada, que a pesar de ser ya casi una adolescente, no costaba nada llevarla en brazos de un lado para otro.

Por eso estaba siempre sentada en esa butaca frente al balcón. “Así ves la calle” le decía su madre. Pero en realidad lo que a ella le gustaba ver era a los pájaros. Envidiaba su libertad, la facilidad con la que parecían enfrentarse a la vida.

A veces llegaba a sentir hasta vértigo. Era tal el grado en que llegaba a meterse en esas pequeñas criaturas, que cuando se lanzaban al vacío, el corazón le daba un vuelco creyendo que se iba tras ellos.

Vivía rodeada de libros. Venía mucha gente a visitarla y casi siempre le traían un cuento y una caja de caramelos de esos masticables, que por más que lo intentaba siempre acababan pegándosele a las muelas.

Quizás porque les daba lástima,  o porque ya todos sabían el desenlace irremediable, últimamente la agasajaban con unos maravillosos libros que la hacían pasar ratos llenos de magia. El último era uno de esos en tres dimensiones, sobre diferentes especies de aves.                                                                   

En las páginas centrales había un precioso pájaro de unas increíbles tonalidades azules, que desplegaba sus alas al abrirlo. La primera vez que lo hizo sintió el mismo vértigo, que cuando veía a los pequeños gorriones lanzarse al vuelo desde su balcón. Estaba tan logrado, que las alas estaban hechas con plumas auténticas, al menos eso decía en la sinopsis final y a ella le encantaba acariciarlas. Cerraba los ojos y sentía que se adherían a ella y que en con un leve movimiento, le permitirían desplazarse sin tener que usar sus ya casi inútiles piernas. Llegaba incluso a sentir la brisa del aire cuando lo cortaba con su vuelo y se veía a si misma rodeada de los pajarillos que cada día venían a saludarla.

Su madre al ver la obsesión que su hija parecía sentir por las aves, le regaló un precioso canario en su último cumpleaños. Sin embargo la reacción de la niña no fue ni mucho menos la esperada. Se sumió en un obstinado silencio, del que no pudieron sacarla en todo el tiempo que duró la fiesta que le habían organizado. Solo al día siguiente la vieron sonreír de nuevo. Había abierto la jaula y lo había dejado marchar. Ella mejor que nadie sabía lo que era estar presa y por nada del mundo hubiese querido tener a su lado en una jaula, a ninguna de esas criaturas que para ella simbolizaban el paradigma de la libertad.

No le dijo nada a su madre para no disgustarla aún más, pero le parecía de una crueldad rayana en el sadismo, tener entre rejas a una criatura cuya principal característica era la de poder volar.  

Esa noche se sintió muy feliz. Se llevó su libro a la cama y mientras acariciaba esas suaves plumas, la fue invadiendo el sueño. Un sueño dulce y real como ninguno. Miles de pájaros cantaban a su alrededor. Eran  tan reales sus trinos  que creyó estar despierta. Creyó incluso reconocer entre ellos al pequeñín que en los últimos tiempos la visitaba a diario, e increíblemente empezó a entender su canto. Le explicó lo que pensaba cuando miraba desde su barandilla y lo que sentía cuando se lanzaba desde ella.

De repente se elevó de su cama, las alas que tanto había acariciado se pegaron a ella como lo soñó la primera vez que las acarició y feliz como no recordaba haberlo sido nunca, pudo volar. La acompañaban todos los pájaros que surcaban con ella el cielo haciendo mil cabriolas. Llegó un momento en que incluso la acompañaron hasta la barandilla de su propio balcón. ¡Era increíble, estaba viendo lo que ellos contemplaban cada día y que ella tanto había envidiado!. Tras unos interminables minutos de éxtasis, se lanzó desde allí como tantas veces los había visto hacer. La risa se apoderó de ella, era mucho mejor de lo que jamás hubiese llegado a imaginar.,..

A la mañana siguiente, cuando su madre encontró su cuerpo ya frío, todavía conservaban sus labios una sonrisa que ni siquiera perdió cuando la amortajaron.

Dice su hermana, que algunos días cuando se sienta en el viejo sillón, le parece ver entre las nubes una silueta familiar, que desde luego no es un pájaro, aunque tenga alas como ellos…

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