RELATOS DE LA HISTORIA DE MOTRIL

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EL RESURGIR DE LA CAÑA Y LA INDUSTRIA AZUCARERA EN EL MOTRIL DEL SIGLO XIX

MANOLO DOMÍNGUEZ -Historiador y Cronista Oficial de la Ciudad de Motril-

El sistema cañero-azucarero creado en Motril entre los siglo XVI y XVIII, se había revelado con el paso del tiempo como un modelo económico considerablemente débil, estrechamente sometido a toda una serie de condicionamientos internos y externos que a la larga hicieron inviable este frágil sistema económico, difícilmente sostenido por los intereses económicos de una oligarquía que no dudó abandonarlo cuando los beneficios no fueron los esperados. Se liquidaba así, en los primeros años del siglo XIX, un sector estancado y que había venido sufriendo diversos altibajos desde el siglo XVI pero sin perder su condición de característico y preponderante en Motril hasta su sustitución definitiva por el algodón a partir de 1804.

Efectivamente, a finales del siglo XVIII y primeros del XIX, la caña y el azúcar aparecían nítidamente en Motril como una especulación demasiado poco productiva y que ya no podía sostener una verdadera economía agrícola e industrial. Era un sistema evidentemente arcaico, económicamente retrasado, anclado en los modelos del Antiguo Régimen y cuyos beneficios no se plantearon en términos de mejorar la productividad a niveles importantes y por lo tanto, a lo largo de estos años, la innovación de las estructuras productivas no constituyó un objetivo prioritario; revelándose, sin lugar a dudas, que a pequeña escala el cultivo de la caña y la producción azucarera eran a la postre antieconómicas y cuyo drama, en Motril, fue que la agricultura de la caña y la manufactura del azúcar se situaron a mitad de camino entre una rica jardinería familiar y el gran cultivo y producción capitalistas suficientemente dotados de espacio geográfico y recursos económicos.

Así, al iniciarse este siglo XIX el panorama del campo motrileño era muy poco halagüeño. La caña había sido sustituida en gran parte por otros cultivos más rentables, entre los que destacaba el algodón. En 1801 un informe del gobernador político y militar, Jaime Moreno, describía a la ciudad en total ruina, extinguida su agricultura tradicional por la imposibilidad de competir en precios con el azúcar que llegaba de América y abogaba por el abandono del cultivo cañero y sustituirlo por el algodón mucho más beneficioso y que podría dar trabajo a mucha más gente. Para 1808 sólo quedaba de los ingenios sus edificios en ruinas, habiéndose efectuado la última zafra en 1804.

Finalizada la primera mitad del siglo es cuando Ramón de la Sagra, antiguo director del Jardín Botánico de la Habana, recorre la costa de Granada para estudiar sobre el terreno las posibilidades de revitalizar el cultivo cañero y la producción de azúcar, en Motril sólo se hallaba en actividad un ingenio moderno perfectamente construido de nuevo por Francisco Javier de Burgos en el cerro de la Glorieta frente al Cerro de la Virgen de la Cabeza, existiendo restos de demolición de varios y memoria de muchos más.

Prácticamente en el primer tercio del siglo XIX se había extinguido cultivo cañero y producción de azúcar en la costa de Granada. Cuando la caña vuelva a renacer vigorosa en el último periodo de esta centuria y cubrirse de nuevo los campos de las vegas del Guadalfeo no quedaría nada, pronto ni siquiera el recuerdo de aquellos ingenios de técnicas antiguas que, durante cientos de años molturaron ingentes cantidades de cañas y produjeron millones de arrobas de azúcar. Ahora la manufactura del azúcar dejaría paso a la industria moderna con una problemática bien distinta de aquel mundo de cañeros y aviadores propio de la Edad Moderna.

Según Pascual Madoz en su “Diccionario Geográfico” publicado en 1845, también el cultivo del algodón entró en crisis, lo que se quiso remediar con la restauración de la vieja industria de la seda. Esto también fracasó y para 1855, los campos motrileños estaban cubiertos de maíz.

Fábrica Nuestra Señora de la Cabeza (La Alcoholera). Principios del siglo XX…

Mientras tanto, gracias a los esfuerzos de Ramón de la Sagra, ahora socio disidente de la Sociedad Azucarera Peninsular, se instaló la primera fábrica moderna en Torre del Mar y seguidamente la Peninsular abriría otra en Almuñécar y compraba la de Burgos en Motril.

Pronto, de nuevo la caña, ahora en una variedad nueva llamada “Americana” que sustituyó a la antigua y degenerada “Doradilla”, llenaba toda nuestra vega y su cultivo ha perdurado hasta finales del siglo XX.

Este fue el inicio de un importante ciclo de expansión que no se cerraría hasta 1885, cuando se autorizó la introducción de azúcar cubano y se produjo un gran aumento en la producción del azúcar de remolacha.

En 1862, la sociedad “Martin Larios e Hijos” construye una nueva fábrica en Motril en el sitio de la antigua fábrica de Javier de Burgos a la que se le llama “Nuestra Señora de la Cabeza”, laactual “Alcoholera”; que pronto sería la primera en producción de azúcar en toda la comarca. Para 1875 la superficie cultivada de caña se había duplicado y en 1880 no quedaba un sólo marjal donde plantar otra cosa que no fuesen cañas. En este último año la compañía integrada por González Aurioles, Emilio Moré y Gerardo Ravassa abre una factoría en el Varadero denominada “Ingenio San José”. Al año siguiente, José Bermúdez de Castro construye otra pequeña azucarera llamada “Santa Margarita” en las proximidades del Cerrillo Jaime. En 1883 la sociedad “Burgos, Domínguez y García”, construyen la fábrica “Nuestra Señora del Pilar”.

Pero no duraría mucho este progreso, produciéndose en los últimos años del siglo un ciclo de crisis por la competencia del azúcar de remolacha y porque que la variedad en cultivo era muy sensible a la heladas y a las infecciones parasitarias, con lo que los rendimientos empezaron a decaer de forma alarmante.

De todas maneras se siguen levantado fábricas como es el caso de “Nuestra Señora de las Angustias”, llamada la “Fabriquilla”, construida por el granadino Juan Ramón de la Chica, la fábrica “Nuestra Señora de Lourdes” de “López, Jiménez y Herranz” y la remodelación de “Santa Margarita”, que fue adquirida en 1890 por la duquesa de Santoña rebautizándola con el nombre de “Las Tres Hermanas”. En estos últimos años del siglo, debido a las grandes producciones de azúcar cañero y remolachero, empieza a darse el fenómeno de la superproducción y los especuladores hacen su aparición.

Esta nueva situación provocó, junto al elevado número de azucareras y la competencia brutal entre ellas, la concentración de la propiedad de la vega, motivada por la política adquisitiva de tierras por las fábricas con el exclusivo fin de asegurarse la materia prima. Estas tierras adquiridas masivamente por las empresas fabricantes se entregaba en arriendo a los labradores con la obligación de cultivar cañas en un 75% de la extensión y llevarlas a moler exclusivamente a la fábrica propietaria de la tierra. Además, para promover el cultivo, los fabricantes comenzaron a anticipar fondos a los labradores para que atendiesen a los gastos del cultivo y plantación, anticipos que posteriormente eran descontados de los benéficos obtenidos tras la molienda. El labrador quedó así obligado por partida doble a los fabricantes.

Estas circunstancias acentuaron a fines del siglo XIX la especulación y la guerra de precios entre las azucareras, con lo que en el momento en que se produce la superproducción todo el sector entró de nuevo en crisis; inestabilidad que se agrava por el inicio de los enfrentamientos entre  labradores cañeros y fabricantes, motivados por los desacuerdos en materia de precios y así, bajo un desequilibrio cada día más difícil de superar y con altercados casi todos los inicios de la zafra, comenzaría el siglo XX.

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