EL GRAN PROBLEMA

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EL GRAN PROBLEMA

MARÍA ROBLES -Psicóloga Clínica, Co-directora de Essentia, Psicología y Bienestar-

Debo de reconocer que de adolescente chupé mucho techo, si, me encerraba en mi habitación y le daba vueltas al coco…así…por vicio. Solía decir de mi misma con tono de sorna: “es que tengo una mente muy inquieta”. No sabía yo en aquel momento que estaba alimentando un hábito muy difícil de abandonar…y bueno…perfeccioné tanto la técnica que, aún hoy, sigo teniendo tendencia a ser un pelín obsesiva 😜.

Que tire la primera piedra el que no haya sido víctima alguna vez de una preocupación…esos pensamientos repetitivos y desagradables que martillean nuestro cerebro…pues imaginaros cuando además tienes un máster en analizarlo todo y comerte mucho la cabeza…en fin…

En general, las personas siempre andamos buscando buenas respuestas…sin embargo deberíamos poner más empeño en buscar buenas preguntas…la clave está siempre en las preguntas, porque cuando la pregunta no es buena, nuestra mente se pierde en elucubraciones que no nos llevan a ningún lado: ¿Qué me habrá querido decir con eso?, ¿Y si no lo supero?, ¿Por qué soy tan poco constante?, ¿a qué huelen las nubes? …🤯

¿De verdad alguien conoce las respuestas a estas preguntas?

Como decía la escritora feminista Úrsula Le Guin, “no hay ni una sola respuesta correcta a una pregunta equivocada”.

Ahora me gustaría que te tomaras un momento para pensar en algo que te preocupa y contestes a estas preguntas:

  1. ¿Cuántas veces han aparecido en tu mente esos mismos pensamientos?
  2. ¿Darles vueltas te aporta alguna información novedosa?
  3. ¿Darles vueltas te lleva a resolver algo o tomar una decisión?
  4. ¿Llega un punto en que cuando has “rumiado” lo suficiente, sientes calma y paz?
  5. ¿Qué pasa cuando un problema por fin se resuelve?, ¿alcanzas por fin la paz eterna, o en seguida aparece otro motivo de preocupación?
  6. Si las respuestas han sido: 1) muchas, 2) no, 3) no, 4) no, 5) no/si…entonces…en serio…déjalo ya…

Los perspicaces lectores habrán llegado a la conclusión, al contestarse a estas preguntas, de que el problema a menudo no es el GRAN PROBLEMA, un problema es una cosa por resolver que genera una cierta y “normal” preocupación, pero el GRAN PROBLEMA es la mente mal educada y coñaza que: ve problemas donde todavía no los hay (y seguramente nunca los llegue a haber), da vueltas a los problemas sin resolverlos nunca jamás y sustituye un motivo de preocupación por otro, constantemente.

Pensamos ingenuamente… “cuando me eche una pareja apañá y consiga un trabajo que me guste, entraré por la puerta grande del reino de las endorfinas a tutiplén” …pero no…porque tu mente ya se encargará rápidamente de buscarte otra cosilla en la que pensar 🤡….

PERO… ¿CÓMO HE LLEGADO A ESTO?

Es cierto que la preocupación aparece como un intento, hasta cierto punto normal, de resolver una situación amenazante. Su función es ayudarnos a encontrar posibles soluciones y hasta ahí todo bien.

El problema surge cuando esa preocupación, en vez de ser parte de la solución, se vuelve parte del propio problema. Veamos algunas explicaciones de cómo se llega a esto:

  • Partamos de la base de que, en nuestra cultura, preocuparse es sinónimo de ser responsable y, si no, fijaros en estas frases: “¿Pero seguro que te lo has pensado bien? …mira que, si no, luego vendrás llorando…” (esto es de primero de madre), “mírala, va por la vida sin preocuparse de nada…así le va”, “tiene la sangre de horchata, parece que le da todo igual”, “no, este de un infarto no se va a morir”, “mejor ponerse en lo peor” …

Muchas personas reconocen preocuparse con bastante intensidad y frecuencia y que, además, eso les hace sentirse aún peor. Aun así, les cuesta dejar de hacerlo, ya que desde muy pequeños aprendieron que, de algún modo, ese mecanismo de preocupación les protege…craso error.

  • Hacernos preguntas que no están bien formuladas de entrada, por ejemplo, dirigiendo nuestras preocupaciones hacia aspectos sobre los que no tenemos control: “¿Y si no le gusto?”, o cuando se centran en buscar los ¿por qué? en vez de los ¿para qué? o los ¿cómo?: “¿Por qué Manolo me rechaza?” frente a… “¿Cómo me gustaría actuar la próxima vez que Manolo me haga un desplante?” o directamente… “¿Para qué necesito al gilipollas de Manolo?” 😎

Como podemos ver, centrarnos en los “por qué” nos coloca en una posición de víctimas y a demás es mucho más fácil que nos quedemos enredados en un mar de pensamientos que nos alejen cada vez más de la solución.

Sin embargo, centrarnos en los “para qué” o los “cómo” nos ayuda a tomar una actitud de mayor responsabilidad y proactividad frente al problema.

  • Utilizar la rumiación (normalmente de una manera inconsciente) como una forma de evitar pasar a la acción por miedo a equivocarnos o al posible sufrimiento que creemos que nos va a generar tener que tomar una decisión o hacer algo para lo que creemos no estar preparados. A veces, incluso, la preocupación excesiva por algo podría ser una manera de desviar nuestra atención de algún otro problema acuciante al que tememos enfrentarnos. Un ejemplo sería preocuparse en exceso por caer enfermo como forma de no tener tiempo para pensar en que estoy dentro de una relación de pareja que no funciona.

GENIAL… ¿Y AHORA CÓMO LO SOLUCIONO?

  • El pensamiento es una herramienta para la vida, no un lugar en el que quedarse a vivir (no diréis que no me ha quedado una frase molona 👏🏻👏🏻👏🏻).

¡Consejo 1!: Una pregunta muy útil que te puedes hacer cuando estés en modo centrifugadora es: “¿Qué cosas valiosas para mí estoy dejando de hacer mientras estoy aquí, pensando?” Desde luego esta no es una solución definitiva a tus preocupaciones, pero si es una manera muy efectiva de darte a ti mism@ una bofetada de realidad, cortar momentáneamente el flujo de pensamientos y “volver a la vida”.

  • Aprende a tomar distancia de tus pensamientos. A mí me gusta pensar que todos nosotros tenemos una especie de magnetofón o cinta grabada que reproduce constantemente los grandes éxitos de nuestros rollos mentales. Es muy importante que entiendas que esos rollos son solo palabras. El hecho de que pienses que eres tont@, no te convierte en tont@. Algo que parece tan obvio, en la práctica no lo tenemos tan claro.

¡Consejo 2!: La escritura es una muy buena manera de distanciarte de los pensamientos y verlos como lo que son…meros pensamientos. Si hay algo que te preocupa, concédete un tiempo cada día (unos 20 minutos puede estar bien) para escribir sobre ello. Eso si…luego no releas o analices lo que has escrito. Haz esto durante una semana o dos, hasta que sientas que estas ideas van perdiendo fuerza y ya no tienes ganas de escribir más.

  • Hablar puntualmente de los problemas puede ayudar, pero hablar constantemente de ellos funciona como un potente fertilizante y solo conseguirás que la preocupación crezca.

¡Consejo 3!: practica la “Conjura del Silencio”. Durante unas semanas evita hablar sobre lo que te preocupa y observa como te sientes.

  • Ir acotando el tiempo de la preocupación nos ayuda a recuperar la sensación de control.

¡Consejo 4!: búscate una “Silla Rumiatoria” en el lugar más chungo que se te ocurra. Se trata de que te vayas ahí todos los días un rato y te des permiso para rumiar…pero solo un rato ¿eh? …que nos conocemos… 😉

Y con esto y un bizcocho…

Espero que os haya gustado el articulillo. Me encantará que me dejéis vuestros comentarios. Muchísimas gracias por leerme y recordad que tengo más en www.lomiotienesolucion.com

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