FINIS AFRICAE

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UN CORREGIDOR CONTRA LA EPIDEMIA

Francisco Guardia -Escritor-

No hay más eficaz correctivo contra nuestra soberbia cuando caemos en la tentación de endiosarnos ante los logros de la ciencia y la técnica que parecen traernos el Paraíso a la Tierra, que la aparición de un nuevo virus o bacteria amenazando nuestra salud, ante los que nos sentimos inermes. Comienzan entonces los gobernantes y científicos a dar palos de ciego con medidas contradictorias con las que solo consiguen sembrar la desconfianza en la ciudadanía como hemos comprobado en la actual pandemia.

Siempre han sido los grandes puertos coladero para las epidemias y de ahí las visitas de sanidad a los buques que llegaban con pasajeros o mercancías y, en su caso, el establecimiento de lazaretos y cuarentenas. En Málaga, donde se producían cíclicamente en el pasado, tuvieron sus gobernadores que adoptar providencias, que no siempre resultaron populares ni acertadas.

Entre estos gobernadores que con la mejor intención pero escaso sentido común recurrieron a extravagantes medidas, rayanas en el ridículo, se encuentra don Pedro Trujillo Tacón, un personaje que siempre se había comportado con sensatez, pero al que desbordaron los acontecimientos. Para conocerlo mejor veamos un breve esbozo de su vida.

Había nacido en Cartagena el 10 de julio de 1757, hijo de don Pedro Alejandro Trockmorton y Paniagua, natural de Málaga y de doña Petronila Tacón y Gamir, de Cartagena. Bautizado al día siguiente recibió los nombres de Pedro, Antonio, Rufino, Benito, Juan, Isidoro, María del Carmen (este último por particular devoción de la familia muy vinculada a la Armada y por su amistad con la comunidad de carmelitas descalzos pues el hermano lego Fray Juan de San Miguel fue padrino del cristianado, mientras el prior fray Juan de Santa Ana firmó como testigo).

Muy joven se alistó en la Armada como guardia marina el 19 de noviembre de 1772. Tuvo diferentes ascensos hasta alcanzar el empleo de capitán de navío en febrero de 1796. Durante ese tiempo intervino prácticamente en todas las coyunturas bélicas en que se vio implicada la marina. Para mejor situar al personaje recordaremos las más destacadas:  

Su primera actuación de que tenemos noticia fue en 1775. Primero durante el sitio de Melilla en el navío San Genaro socorrió la plaza con pertrechos y ese mismo año en la defensa del bloqueo de Ceuta con el empleo de teniente de fragata. Integrado en la escuadra de Antonio Barceló mandó una lancha cañonera y después la división 12 de igual fuerza y sostuvo el bombeo de Tánger. Después estuvo en la expedición de Argel donde solo la actuación de las cañoneras impidió que el desastre fuera mayor.

El 13 de noviembre de 1776 salió del puerto de Cádiz integrado en la expedición a Buenos Aires para detener los excesos de los portugueses en el Río Grande de San Pedro, frontera con Brasil. En el curso de estas operaciones se atacó la isla de Santa Catalina. El enemigo pidió condiciones inadmisibles para capitular pero solo se concedió dejar las espadas a los oficiales y el 4 de junio de 1777 se tomaba la isla. Trujillo asistió como Ayudante al desembarco de las tropas españolas. El resultado de la expedición se recibió con entusiasmo en la Metrópoli por una opinión pública cansada de la pasividad de sus gobernantes ante las provocaciones foráneas, y se escribieron relaciones y poemas sin cuento. De un romance anónimo conservado en la Biblioteca Nacional son estos versos: “Avista nuestra escuadra la enemiga, / huye ésta temerosa del estrago / y en la playa de Santa Catalina / saltan leones con la piel de humanos […] Les intima se rindan, si no quieren / ser despojo sangriento de su brazo, / y al oír la amenaza en vuestro nombre / obedecen prudentes y asombrados. / Prisioneros de guerra quedan todos…”

En 1781 formó parte de una expedición a las Islas de Barlovento con tropas de desembarco con motivo de la rebelión comunera a causa del aumento de las alcabalas del tabaco y otros productos.

Durante uno de sus viajes recaló en 1790 en el puerto de Algeciras y allí conoció a la joven María Micaela Tudó y Catalá, hija del teniente coronel del Real Cuerpo de Artillería don Antonio Tudó Alemany. Entonces solicitó licencia para contraer matrimonio con ella que acababa de cumplir dieciséis años. María Micaela era hermana de Pepita Tudó la amante o esposa secreta de Godoy, con lo que se convirtió Pedro en concuñado del Príncipe de la Paz (y a la vez de José Joaquín de Virués y Spínola casado con otra Tudó, y el gobernador más culto que ha tenido Motril). Con motivo de este enlace surgió un pequeño embrollo burocrático, pues mientras don Pedro figuraba en la documentación de Marina con el apellido Trujillo, su padre aparecía como Trockmorton en las partidas presentadas. Hubo que aclararlo con el testamento del abuelo en que declara cómo siendo de edad de unos diez años entró a servir como paje con el gobernador de Milán y a poco entre el gobernador y su tío don Pedro Meléndez de Montalvo lo impulsaron a sentar plaza como soldado en el Tercio de la Mar de Nápoles y, estando usando el apellido Trockmorton de su padre, fue capricho del tío que adoptara el Trujillo de la madre, de forma que era el utilizado en la Armada aunque en trámites de otro tipo (como bodas o bautizos) seguía usando Trockmorton. Aclarado el galimatías documental, se celebró la boda y don Pedro siguió llamándose Trujillo.

En 1795 fue encargado de llevar a Lisboa con 3 buques de guerra y 30 trasportes las tropas portuguesas que auxiliaron a nuestro ejército durante la guerra contra la Convención.

A estas alturas su salud se sentía resentida por las estancias en la mar según certificaron los facultativos. El 13 de abril de 1798 se le nombraba gobernador político y militar de la plaza de Málaga y en calidad de tal se convirtió en su sexagésimo corregidor, según el cómputo de Juan Moreno de Guerra quien nos aporta el dato de que fue el primer marino que gobernó la ciudad. No resultó ajena a este destino la circunstancia de su parentesco con Godoy, entonces en la cumbre de su poder.

El nombramiento fue recibido en Málaga con simpatía pues, aunque nacido en Cartagena, era oriundo de la ciudad y su abuelo el coronel don Juan Antonio Trockmorton Trujillo había desempeñado sucesivamente los cargos de teniente de Rey de la plaza y gobernador, dejando un grato recuerdo en los malagueños, hasta el punto de que Moreno de Guerra considera su gobierno “como uno de los mejores que hubo en su siglo”.

Recibido en cabildo de 26 de mayo de 1798, ascendió a brigadier de Infantería al año siguiente y pronto se vio en la obligación de adoptar medidas sanitarias. Ya en 1800 padeció Andalucía una epidemia de fiebre amarilla y a pesar de tratarse de un puerto con  abundante tráfico, a 7 de diciembre presumía Málaga de estar libre de contagios por lo que se celebró en San Felipe una función religiosa de acción de gracias alabándose al capitán general y al gobernador de la plaza señor Trujillo por sus acertadas medidas. Sin embargo entre enero y marzo de 1801 aparecieron casos que las autoridades intentaron minimizar aunque un informe del médico don José de Salamanca nos habla de abundantes defunciones.

Volvió en 1803 la fiebre amarilla. Fueron al principio unos casos dudosos en cuanto a su naturaleza, provocados por una cuerda de presos llegada de Madrid. Todo comenzó en enero en el barrio del Perchel, donde habían sido asistidos algunos presos enfermos que contagiaron a sus cuidadores. Los médicos diagnosticaron la enfermedad como “fiebres pútridas”.

En mayo y junio unos bergantines franceses con tropas para Santo Domingo fondearon en Málaga con enfermos sin que se les permitiera desembarcar hasta julio que fueron autorizados a albergarse en Gibralfaro para sufrir cuarentena. Unos calafates y golfillos del Perchel robaron ropas y enseres de los enfermos propagando el contagio por el barrio. Por otra parte el trabajador del puerto Miguel Verdura  accedió a acoger a un capitán francés en su casa de la plazuela de San Pedro con lo que se infectó toda la familia y de ahí pasó rápidamente a los Callejones y varias calles colindantes. El capitán murió y se dijo que Verdura había sobornado al sacristán de San Pedro para que lo enterrara en la bóveda de la iglesia (este templo era filial de la parroquia de San Juan y no vivía en él ningún cura, por lo que resultó fácil el amaño). El 7 de septiembre fallecía Verdura siguiéndole el resto de sus familiares. A continuación la Parca se cebó en muchos vecinos: el cura Parra que había confesado a uno de los Verdura, el médico Buzón que los asistió, Andrés Flor –el sacristán- y su esposa. Cada día crecía la plaga.

Aunque los infectados superaban ya el número de cuatrocientos y los más acreditados médicos aseguraban que se trataba de fiebre amarilla, el gobernador se negaba a reconocerlo, consiguiendo que dos médicos dóciles certificaran que la salud de la ciudad era buena. 

Cuando la situación parecía insostenible comenzó una frenética carrera por recuperar el tiempo perdido. A todo esto el obispado intentó organizar una procesión rogativa con las imágenes del Cristo de la Salud y Virgen de la Victoria. El gobernador la prohibió y además ordenó el cierre de los templos para evitar que con la asistencia a misas y demás cultos creciera el contagio, lo que no evitó que se dieran intentos de sacar procesiones por las bravas siendo preciso mandar tropas de caballería para impedirlo y aun así los montaraces percheleros se dieron maña para sacar una con la Virgen del Carmen.

Hasta ahí la actuación del gobernador fue correcta excepto su tardanza en reconocer la realidad, aunque su buena intención no fue entendida por el clero que comenzó a mirarlo como persona non grata. Se conserva una relación manuscrita de un clérigo que comenta: “Queda claro que el gobernador quisiera que todas las iglesias se devastaran y se echaran abajo y así las convertiría en casas de alquiler para su utilidad”.

A partir de ahí Trujillo comenzó a desbarrar pues dispuso que en las zonas más afectadas se esparciera estiércol mezclado con pólvora y azufre que se quemó “para eliminar los miasmas”, volviendo el aire irrespirable. Y como guinda mandó bajar del castillo de Gibralfaro cuatro cañones que se dispararon en las estrechas calles con la intención de “purificar la atmósfera”. El experimento se extendió a lo largo de varios días y se dice que hubo enfermos que se agravaron o fallecieron de la impresión. Como todo tiene su fin, en diciembre cesó el contagio que se había llevado la vida de cerca de siete mil personas.

El prestigio del brigadier había sufrido una quiebra y quizá ese fuera el motivo de su salida de Málaga que no resultó, ni mucho menos, afrentosa pues el 24 de abril de 1804 ascendió a mariscal de campo y en febrero del siguiente recibió el nombramiento de comandante general de la costa de Asturias y Santander. Su último destino fue el de fiscal militar en  el Consejo Supremo de Guerra en 1806.

Recordemos finalmente que en mayo de 1808 se encontraba con su familia en Granada donde el 30, ante la pasividad de unas autoridades pusilánimes e inoperantes –en todo tiempo se han cocido habas- las turbas, exaltadas por las noticias que llegaban del levantamiento contra los franceses, asesinaron  a don Pedro y se ensañaron con su cadáver por el único delito de ser pariente de Godoy.

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