RELATOS DE LA HISTORIA DE MOTRIL

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EL MILAGRO DE LA NIÑA RESUCITADA EN EL MOTRIL DE 1616

MANOLO DOMÍNGUEZ -Historiador y Cronista Oficial de la Ciudad de Motril-

Una ciudad y una vega sedientas, en una zona como la que ocupa geográficamente Motril, el agua constituyó históricamente una pieza crucial de supervivencia y desarrollo. El permanente esfuerzo por el control y acceso al agua dio lugar a elaboradas formas de extracción, transporte almacenaje, distribución y usos.

Los cultivos tradicionales de la vega motrileña, especialmente la caña de azúcar, han sido muy exigentes en agua, requerimiento que debido a las condiciones climáticas no se puede cubrir con el sólo aporte de las lluvias. Por lo tanto, la existencia de esta agricultura local es únicamente posible si la contemplamos desde el punto de vista de establecimiento de un sistema de regadío artificial.

La única red hidrográfica de importancia que pasa los límites del término municipal y surte a la población y a la vega con sus aguas es el río Guadalfeo y los motrileños, desde hace siglos, han intentado y logrado, no sin dificultades; el aprovechamiento adecuado de las aguas de este río, construyendo un método de regadío artificial que cubriese la carencia en precipitaciones y que permitió mantener el desarrollo agrícola motrileño.

El agua del Guadalfeo se lleva desde tiempo inmemorial a la vega agrícola por medio de acequias y se distribuye por toda ella mediante una red muy irregular de pequeños canales y balates, fertilizando una tierra que de otra manera hubiese sido de una bastante más baja productividad agrícola y, seguramente antes de la construcción  de este sistema de regadío, sólo serían regables zonas de las orillas de río con lo que el poblamiento debió ser muy escaso, pudiéndose afirmar que el desarrollo poblacional y económico de Motril estuvo muy ligado a la creación de las acequias para conducir el agua a toda la planicie litoral, hasta entonces escasamente productiva desde el punto de vista agrícola, por lo que el agua y las obras hidráulicas se convirtieron en una de las grandes preocupaciones de generaciones de motrileños, que realizaron un enorme esfuerzo por aprovecharla convenientemente y por mantener las acequias y balates y así asegurar su persistencia en el tiempo.

La más importante por su extensión y volumen de caudal es la llamada Acequia Principal, que iniciaba, ya en el siglo XV, su trayecto en una presa de derivación o azud en el río Guadalfeo con unos débiles caballos edificados con trocos y sogas de esparto y una compuerta de ladrillo y mampostería para el desvío del agua, situada en las cercanías del desagüe de la rambla de Escalate en el Tajo de los Vados. Esta acequia tenía una longitud aproximada de unas tres leguas y desde su toma de aguas proseguía su curso faldeando los montes del Magdalite en dirección S-SE, regando las vegas de Panata y Pataura y continuaba atravesando la llanura aluvial por su borde norte junto al núcleo urbano, irrigando la Vega Vieja o de Motril, para seguir hacia la vega de Paterna hasta desembocar el rambla de Villanueva en Torrenueva.

Su construcción inicial parece muy antigua, remontándose con seguridad a época musulmana, siendo en esta época su longitud más corta, puesto que desembocaría hasta el último tercio del siglo XVI por la pucha de Monfoto en la rambla de los Álamos. Posteriormente, sobre finales de los años 80 de este siglo XVI, siendo alcalde mayor de la villa el licenciado Salguero Manosalbas, se alargó hasta Torrenueva.

Hay, pues en Motril, una dilatada historia en relación con la acequia, incluso temas trágicos de accidentes y ahogamientos, ya que recorría, como decíamos el sur de la ciudad sin ningún tipo de protección y con un caudal bastante importante.

La Acequia Principal de Motril a su paso por la Plaza de la Tenería (El Faro)

Precisamente la historia que a continuación relatamos está relacionada con la acequia y una muerte por ahogamiento.

En 1616 vivían en la entonces aún villa de Motril Francisco Ruiz y su mujer Catalina de Torres y como fruto del matrimonio tenían una hija pequeña de dos años.

A las 8 de la mañana del día 1 de mayo de ese año el matrimonio paseaba con la niña cerca del puente del hospital de Santa Ana en la actual plaza de la Tenería, por un descuido del padre la niña se soltó de su mano y cayó desde el puente a la acequia que, por ser época de regadíos, llevaba mucha agua. Cuando sus padres se dieron cuenta, la niña había sido arrebatada por la corriente y el agua se la llevaba con gran ímpetu.

El padre desesperado se arrojó al agua rápidamente, pero a pesar de su empeño la gran fuerza de la corriente de la acequia le impidió alcanzar a su hija con prontitud y cuando consiguió llegar hasta ella la niña estaba sumergida bajo el agua y había muerto ahogada.

El padre la sacó en sus brazos, toda la gente que se acercó la pudo contemplarla ya difunta. El dolor de la familia fue inmenso y los gritos y llantos de la madre conmovían a toda la multitud que se había concentrado en el borde de la acequia.

En un profundo silencio, sólo roto por los lamentos de la madre, llevaron el cadáver de la niña hasta su casa donde el médico que habían avisado no pudo más que confirmar que la niña estaba muerta y por desgracia no se podía hacer nada. Se avisó al cura para que le diese el último sacramento.

La madre fiel devota de la Virgen de Gracia, junto con algunas de las vecinas, le pidió que volviese a la vida a su hija; pero perdidas todas las esperanzas el padre trató de disponer el entierro y se dirigió a la Iglesia Mayor para que el párroco organizara todo el sepelio; mientras la madre sentada junto al cadáver, que habían amortajado y expuesto en el dormitorio, no cesaba de clamar y rogar la Virgen con la esperanza firme de que resucitaría a su hija,

Dieron las cinco de la tarde, hora fijada para el entierro de la pequeña. Ya el cura y los acólitos estaban en la puerta de la casa para conducir el cuerpo hasta la iglesia donde recibiría las honras fúnebres, los vecinos esperaban silenciosos y, también, habían llegado los hermanos de la cofradía de Nuestra Señora del Rosario para acompañar el entierro como era la costumbre.

Iban ya a sacar el cadáver colocado sobre una parihuela pero la madre se puso ante la puerta para impedir que se la llevaran y seguía dando grandes voces diciendo “Virgen Santísima de Gracia, dad vida a mi hija, que yo os prometo de haceros una fiesta todos los años”.

Apenas dicho esto y siendo testigos el cura, la familia y la multitud de vecinos que se agolpaban dentro y fuera de la casa, la niña abrió los ojos y volvió a la vida ante el pasmo, asombro y admiración de todos los presentes. La niña que llevaba nueve horas muerta en pocos minutos estaba alegre, risueña y con buena salud como si no hubiese pasado absolutamente nada.

Los padres y todos los presentes ante el extraordinario prodigio se pusieron de rodillas y emocionados dieron gracias a la Virgen por el gran y maravilloso portento que habían contemplado. Juraron públicamente contar a todos el milagro de la Virgen de Gracia y por los padres, en agradecimiento se encargó que se hiciese una pintura conmemorativa y se colocase en el altar de la Iglesia Mayor.

El cuadro, si se llegó a hacer, hace mucho tiempo que despareció, pero la curiosa historia del milagro de la niña resucitada por la Virgen en el Motril del siglo XVII, la hemos podido rescatar del olvido del tiempo.

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