LOS CUENTOS DE CONCHA

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RAÚL Y CARLA

Concha Casas -Escritora-

Después de siete años de silencio, Raúl volvió. Y lo hizo como si la misma tarde antes hubiesen estado tomando cervezas y nada de lo que pasó hubiese pasado.

Lo miró buscándolo, intentando reconocer en él a su hermano, a su amigo. Pero todo le resultó extraño, hasta su voz… quizás sobre todo su voz…

¿Estás constipado?, le preguntó, buscando una explicación a esa extraña tonalidad que en un lejano día le fue tan familiar como la suya propia.

No, contestó con una categórica negación, su salud era perfecta. Aún así no podía evitar mirarlo de soslayo cada vez que hablaba, intentando encontrar en el dueño de esa voz, al que en otro tiempo fue casi una extensión de ella misma y ella misma de él. 

Mantuvo el tipo, intentó creer que nada había ocurrido, que ni tan siquiera el tiempo había transcurrido, jugó a ser la que fue y a creer que él también lo era…. Y de alguna manera esa premisa era cierta, pero lo era solo a medias, él seguía siendo el mismo. El mismo que destruyó su relación y todas las relaciones que tuvo en su vida, el mismo que había hecho de la violencia su lenguaje, del menosprecio hacia los demás su insignia… .Y ella no tenía nada o casi nada que ver con la que había sido, con aquella hermana protectora que siempre, o casi siempre, salía en defensa de su hermano pequeño…. Al menos mientras fue su hermano pequeño.

¿Cuándo dejó de ser quien era?

Siempre fue difícil. En algún sitio había leído que los niños que nacen con un muerto encima, lo son.  Que el peso de esa vida apagada sobre la suya apenas iniciada era tan grande, que el alma de esas criaturas andaba perdida intentando encontrar su sitio, entre el dolor de la pérdida del que se fue, y la alegría amputada por la pena, del que apenas llegaba.

Raúl llegó al mundo un año exacto después de que el otro Raúl, por el que llevaba su nombre, lo abandonase de una manera trágica y prematura.

El primer Raúl era el hijo pequeño de una familia de seis miembros. El dolor por su partida acabó con la vida de sus progenitores, que se fueron tras él en el plazo de tres o cuatro años, uno tras otro.

Entre medias llegó Raúl, su hermano. El primer varón tras tres  niñas y que además lo hacía con el nombre del difunto… una carga quizás demasiado pesada.

Inteligente, hiperactivo, una polvorilla que a pesar de su alegría, no consiguió apagar la pena que se llevó a sus abuelos uno tras otro.

Desde muy pequeño visitó de la mano de su madre, que lo adoraba y pronto lo convirtió en su favorito, a varios psicólogos, en una época en la que estos casi ni existían. Tendrían que pasar muchos años para que dicha profesión alcanzase el estatus normalizado del que disfruta hoy en día.

Aún así, para Alicia su infancia fue la más feliz del mundo gracias entre otras cosas, a la presencia de ese hermano, del que ella se creía una extensión.

La imaginación de ambos se complementaba . Juntos inventaron juegos que solo existieron para ellos, y juntos crearon mundos de fantasía en los que nadie más pudo entrar.

Por todo eso aquella ruptura fue casi una amputación y por eso intentaba descubrir en ese desconocido, a aquel otro con el que compartió juegos, sueños y vida.

Quizás el primer recuerdo que conservaba de él era de ella misma. Recluida en el enorme sillón de orejas de su padre, escondida de las visitas que se admiraban del recién nacido,  ignorándola a ella que de pronto se había vuelto invisible.

También recordaba a su madre, contándole a alguien que Alicia se había vuelto a enganchar al chupete y que incluso le tenía que preparar biberones, debido a los celos  que tenía por el recién llegado.

También veía casi fotográficamente, la escena que se repetía casi cada noche. El cuarto de estar cerrado, a oscuras y dentro de él, la voz quebrada de su padre, cantándole a su  hermano aquella vieja canción, que incluso ahora, a pesar de haber transcurrido cincuenta años desde aquello, podía repetir de principio a fin.

Pero pasó lo que pasa casi siempre, la vida. Y con ella las diferencias, los caminos elegidos, las distancias impuestas o no… y por eso Alicia supo que nunca nada volvería a ser como antes. Que aunque Raúl siempre sería su hermano, nunca más volvería a ser su cómplice, su confidente… y mucho menos su amigo.

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