LOS CUENTOS DE CONCHA

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ILUSIONES TARDÍAS

CONCHA CASAS -Escritora-

A veces el tiempo se paraliza y durante meses, años, incluso décadas parece haberse detenido en un letargo asfixiante y perezoso. Y luego un día de repente, cuando ya nadie espera nada, todo cambia y se precipita a velocidad de vértigo como si quisiera recuperar el tiempo perdido. Aunque para algunos ya sea tarde.

Mª Luz nació en los lejanos años 20, en el seno de una familia de militares de los de toda la vida. En Melilla, ciudad convulsa como pocas en aquellos perdidos tiempos. Se crió en una colonia donde todos eran militares, hoy en día se diría que era una especie de gueto, pero entonces esa palabra ni siquiera existía. Al menos no en su mundo, en aquel  mundo lejano y pequeño.

Contra todo lo establecido no se casó con un militar, aunque sí con alguien cercano a ellos, ya que se trataba del comercial que introducía en aquel mundo de su infancia lo que provenía del exterior, que era absolutamente todo. Ella apenas tenía dieciséis años cuando él ya se acercaba a los treinta, pero se sintió impresionada por las historias que siempre traía junto a sus productos. Era curiosa por naturaleza y aquellas conversaciones se le asemejaban a las fantásticas aventuras que a hurtadillas leía en la biblioteca de su padre.

Su familia por otro lado estuvo de acuerdo. Acababa de finalizar la guerra y colocar a la niña sería bueno para todos.

Enseguida fueron llegando los hijos, uno, dos, tres, y así hasta seis. Las ilusiones se le fueron pronto, la misma noche de bodas comprendió su gran error y aunque volcó todo su amor en sus criaturas, su alma inquieta y curiosa se sentía terriblemente insatisfecha.

El mundo en el que se había criado era un mundo sin fisuras, pero su mente inquieta, pronto fue haciéndose preguntas que no encontraban respuestas.

A mediados de los sesenta un pariente muy bien situado en el Ministerio de trabajo, ofreció a su marido un maravilloso puesto que incluía en el  lote una vivienda de las entonces llamadas sindicales.

Así pues cargaron todos sus enseres y se aventuraron a la gran ciudad. Por primera vez en su vida abandonaba la colonia que había sido hasta entonces su único hogar.

Pero la realidad hacia la que se dirigía no era precisamente el mundo idílico con el que había soñado. La prometida vivienda tardó más de dos años en llegar. Tiempo que transcurrió entre sórdidas pensiones y crudezas de las que nunca hubiese creído que existieran. Su corazón se fue recubriendo de una dura coraza a modo de protección invisible, empezó a conocer un mundo que tampoco hubiese sospechado que existía, un mundo de miserias e incultura que se situaba en las antípodas del que ella había conocido y desde el que nunca sospechó la existencia de ese otro que ahora parecía que iba a ser el suyo.

Fue la época de las oleadas masivas del campo a la ciudad, el cambio del arado por las fábricas, del crecimiento sin planificar de ciudades que veían sus extrarradios poblarse de chabolas, de la construcción de inmensas colmenas donde se hacinaban  varias familias en apenas 50 metros cuadrados.

Sin duda su situación comparada con la de aquellos pobres infelices era privilegiada, pero viniendo de donde venía no podía evitar sentirse desgraciada, perdida y sola.

Cuando llegó la ansiada vivienda su desolación se convirtió en horror, cuando su vecino entró a preguntarle para qué servía la cisterna, de la que por supuesto él no conocía ni el nombre. ¿Dónde quedaba su mundo y todo lo que había aprendido en su infancia? Lo sintió tan lejos como aquellas lejanas historias de amor de las que algún día soñó llegar a ser la protagonista. Se sintió engañada, estafada. Buscó respuestas pero era difícil encontrarlas.

A través de sus nuevos vecinos fue conociendo otras realidades, y escuchando nombres que quizás sí le diesen alguna de las razones que sin duda debía haber.

A escondidas de su marido leyó a Marx, forró sus tapas con la vieja Biblia, no quería ni pensar que ocurriría si fuera sorprendida en dichas lecturas.

Luchó consigo misma para adaptarse a ese nuevo mundo… pero le era tan difícil. Se sentía sola, cada vez más sola con ese hombre por el que un día abandonó su mundo, pero que no dejaba de ser un desconocido con el que cada vez la unían menos cosas.

Se hacía vieja, al menos eso sentía cada mañana al mirarse al espejo. El paso, pero sobre todo el peso de tantos años de sufrimiento, dejaban huella.

Al cumplir 55 años enviudó. Lo sintió por supuesto, habían sido muchos años de convivencia, toda su vida prácticamente, lo sintió sobre todo por sus hijos que se quedaban sin padre, pero en lo más hondo de sí misma sintió una liberación que ni siquiera para sí la confesó.

Se volcó de lleno en la parroquia, participaba en todas las actividades que desde allí se creaban. Soplaban nuevos vientos y la Iglesia  no era ajena a ellos. Recuperó sus ilusiones y su capacidad de crear. Su cultura y preparación la convirtieron en un ser de gran valía, organizó diversos talleres y recuperó su antigua vitalidad.

Curiosamente cerca de sus sesenta años comenzó a vivir la mejor etapa de su vida, se sentía radiante y así se la veía.

Y entonces fue cuando lo conoció. En una excursión a Segovia. Él iba con otra parroquia de su misma localidad. Fue un flechazo. Ese mismo día compartieron mesa y desde entonces no volvieron a separarse. Su preciosa sonrisa nunca más desapareció de sus labios. Había conocido el amor a los sesenta años y todavía le quedaban por vivir los mejores y más felices años de su vida.

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