LOS CUENTOS DE CONCHA

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EN EL PARQUE

CONCHA CASAS -Escritora-

Nunca había visto el parque desde ese ángulo y comprobó asombrada que en realidad sin ese ángulo el parque no era tal. La barandilla sobre el río, la hilera de árboles guardando una distancia perfecta entre sí… había visto esa imagen cientos de veces, en cualquier cuadro de cualquier museo, en alguna ilustración de algún libro de texto y sin embargo era la primera vez que la contemplaba en un modelo original, al menos en ese modelo, quizás la había visto antes, en otra ciudad, incluso en otro país.   .

Como casi siempre sintió que cientos de ojos antes que los suyos la habrían contemplado y posiblemente hubiesen pensado lo mismo que ella. O quizás no, quizás cada mirada hubiese llevado tras de sí pensamientos diferentes, tantos como personas hubiesen dirigido hacia allí sus pupilas. ¡Que curioso! – pensó – hasta  algo tan evidente y concreto como este paseo de álamos puede prestarse a cientos, miles, millones de interpretaciones, quizás tantas como seres humanos lo hayan contemplado a lo largo de su existencia.  

Por ejemplo esa viejecita de enfrente, la que han traído empujada en su silla de ruedas y han sentado al sol dejándola sola ¿Qué pensará al verlo? Puede que ni lo vea. Está en la misma dirección que ella, si fija la vista se encontraría con los árboles y el paseo sin remedio, pero le da la sensación de que su vista está perdida, tan perdida como su juventud o su salud. ¿En que pensarán los viejos? ¿En sus recuerdos o en su presente? ¿Será feliz?

Inmediatamente recordó a su abuela y sonrió. Siempre la conoció mayor, muy mayor. Pero pensó que siempre fue feliz, o al menos no era infeliz. Disfrutaba leyendo, jugando con ella a peinar a sus muñecas, contándoles cuentos o historias de su vida que muchas veces eran mejores que los cuentos. Recordó que le gustaba coger su mano y estirar la piel hasta dejarla lisa, como debió ser en su juventud. También le gustaba pasar las yemas de sus dedos por sus uñas que eran rugosas, canales por los que su infancia navegaba mientras su abuela reía.

Quizás esa anciana de la silla de ruedas tuviese también una nieta a quien contarle cuentos y con quien cantar viejas canciones y quizás estuviese pensando en ella mientras contemplaba la arboleda.

– ¿Qué va a tomar?- La camarera la sacó de su ensimismamiento y sus pensamientos tomaron un nuevo derrotero. Mientras esperaba la cerveza observó a quien con tanta amabilidad se la traía. Era una mujer madura. Le sorprendió ese hecho en sí mismo, normalmente  los camareros solían  ser jóvenes. Estudiantes algunos y otros simplemente empezando a abrirse paso en el mundo laboral. Pero esa mujer debía tener al menos cincuenta años. ¿Cuánto tiempo llevaría sirviendo a los demás? Quizás empezó allí por probar hasta encontrar algo mejor… y se le había pasado la juventud y la vida esperándolo. Sin embargo era agradable, no tenía el rictus de amargura que suele acompañar a quienes han fracasado. Al contrario se la veía satisfecha y feliz con lo que hacía… o al menos lo parecía. Puede que viniese de una larga temporada en las listas del paro y ese trabajo hubiese llegado a su vida de una forma providencial… puede.

Al acercarse el vaso a los labios para dar el primer trago a la cerveza, su vista tropezó con una pareja de  adolescentes que se abrazaban y reían retozando sobre la hierba. Eran muy jóvenes, plenos de felicidad y con todo por hacer. Todavía pensarían que ellos eran diferentes, todavía no sabían que la vida suele devorar los sueños en su diaria  cotidianeidad, aún creían que su amor sería eterno. Y seguramente creerían que los álamos se balanceaban para ellos, que el viento mecía sus hojas para crear un ambiente más acorde con lo que sentían… o quizás ni siquiera vieran los álamos. Posiblemente no los vieran, solo se verían el uno al otro.

Un poco más allá una joven madre paseaba a su hijito que dormía plácidamente en el cochecito que ella balanceaba, mientras contemplaba a su criatura como la más maravillosa obra de la creación. Y lo era, no hay nada más perfecto que un bebé visto por su madre. No hay mayor plenitud que la de abrazarlo y alimentarlo y besarlo y beberse cada minuto de su aprendizaje. Paseaba aprovechando la sombra, iba por la orilla izquierda y la vista desde el otro lado, desde donde ella la contemplaba, era digna de cualquier artista impresionista. Incluso guiñando un poco los ojos podía ver las formas difuminadas de las ramas y  los rayos los sol penetrando a través de las copas de los árboles más altos a modo de manto luminoso.

Suspiró dejando el vaso sobre la mesa. Pidió la cuenta y mientras se la traían vio como el mismo hombre que trajo a la anciana venía a recogerla, posiblemente en un ritual que se  repetía cada día, ajena a ella y a sus pensamientos.

La joven pareja había desaparecido y la mamá doblaba la esquina con su bebé en el momento en que la buscó con la mirada.

La sonrisa de la camarera la devolvió a la realidad, recogió su chaqueta y miró hacia el parque, a ese parque que cada día era testigo mudo de mil historias diferentes, historias como la de ella, que por unos minutos había desaparecido envuelta en la esencia de todas las demás.

Suspiró y antes de marcharse miró hacia atrás, quizás fue solo una percepción, pero sintió que el parque cobraba vida y que de alguna manera le sonreía al marcharse.

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