LOS CUENTOS DE CONCHA

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EL PRIMER DÍA

Concha Casas -Escritora-

Le pareció inmenso el patio. Lleno del polvo de los juegos de los niños y de los padres que en ese primer día los acompañaban. Él estaba solo, su hermana pequeña había amanecido con fiebre y su madre  había ido al médico con ella. “Ya eres grande”, le dijo,”puedes ir solo”. Le dio su bocadillo envuelto deprisa, y un beso también rápido y apresurado, su hermanita no dejaba de llorar.

A pesar de ser ya un “hombrecito”, como le decían todos, se sintió muy solo aquel primer día. Tanto que las lágrimas, a pesar de su intento por reprimirlas, se empeñaban en asomar a sus ojos.

Los demás niños a su alrededor no paraban de jugar y charlar, todos se conocían de otros cursos.

Por fin sonó el silbato y un profesor fue dando la relación de cursos y alumnos. La algarabía cesó por un momento, pero  fue tan solo un espejismo. La voz del profesor apenas se escuchaba a través de la potente megafonía.

La angustia se apoderó de él. ¿Y si no oía su nombre? ¿y si se quedaba solo y perdido en ese inmenso patio?

-“¿A qué curso vas?”.

Giró la cabeza hacia la voz que provenía de un niño de su misma edad, sonriente y afectuoso

-“A quinto”, respondió tímidamente

-“Yo también” contestó. Parecía encantado. “Nos toca con Mª Ángeles, es un poco malilla pero es buena. Lo que pasa es que se enfada y nos chilla porque dice que no la escuchamos… ¡Jaime espérame!

Su ángel protector –así lo sintió él-, desapareció tan de improviso como había aparecido, pero el solo hecho de haber cruzado unas palabras con él, le ayudó a alejar los fantasmas de la soledad.

Entró en la que sería su clase durante todo el curso siguiente. Le gustó, enormes ventanales se asomaban al patio que acababa de abandonar y un sol magnífico se adentraba casi hasta su pupitre.

Echó un vistazo a su alrededor, su amigo estaba muy cerca de él, apenas dos pupitres hacia la izquierda. Al cruzarse sus miradas le sonrió.

Mª Ángeles le gustó, le pareció cercana. Sintió que iba a ser un buen curso. Cada año, según la impresión del primer día valoraba el posible resultado final. No solía equivocarse, y su intuición le decía que iba a ser un buen año.

Abrieron los cuadernos, le encantaba la sensación de los libros y libretas nuevas, su tacto, su olor. Cada año se prometía a sí mismo que llegarían igual a final de curso, pero inevitablemente olvidaba sus buenos propósitos en el segundo tema.

Buscó a su alrededor observando a sus compañeros, intentando descubrir cual sería su grupo este año. No lo dudó, sin duda el niño que se había acercado a él. Se llamaba Luis, averiguó enseguida. Y como si sus pensamientos hubiesen servido de conjuro, éste se volvió hacia él, “en el recreo tenemos partido, vas con nosotros”

Se sintió feliz y preocupado a la vez. Tenía que demostrar que era bueno, que sus pases eran fundamentales para encajar el balón en la portería. Se jugaba mucho en ese partido.

Sonó la sirena, el momento crucial llegaba. Todos sus compañeros se precipitaron hacia las escaleras con sus bocadillos en la mano. Increíblemente al llegar a la puerta, la mayoría de ellos ya los habían devorado. Pero el suyo, debido a lo rápidamente que lo envolvió su madre, a lo nervioso que estaba, o a los empujones que unos a otros se iban dando, acabó estampándose sobre el tercer escalón y pisoteado en repetidas ocasiones.

Bueno, era de mortadela y no le gustaba especialmente, además así no perdería el tiempo, tenía que concentrarse en ese partido. Era fundamental para él

– ¿Cómo te llamas? – le preguntó Luis

– José,-  contestó él.

– Vas de delantero, cuidado con el “pintor”,- dijo señalando a un fornido niño que le sacaba dos cabezas,- hace unas entradas de lo más guarras, ten cuidado que no te pille

“Bien”, pensó. Llevaba toda su vida jugando de delantero. Su antiguo profesor de gimnasia le decía que tenía pies voladores. Solo tenía que demostrar lo que tan bien sabía hacer.

En medio de una inmensa algarabía se inició el partido. En apenas unos segundos era uno más de su equipo, Sus compañeros le pasaban y le hablaban como si lo conocieran desde siempre: “¡Jose, a mi!¡Jose te va, píllala!

Le pasaron el balón en el momento exacto. Estaba situado hacia la mitad del campo contrario. Concentró todas sus energías en la portería. Tenía que llegar hasta ella y marcar el gol que sin duda lo convertiría en uno más por derecho propio y para siempre.

Regateó a todos los que intentaron arrebatarle la bola, y de repente lo vio venir. El pintor con toda su artillería pesada desplegada, avanzaba hacia él como una apisonadora. Esperó a tenerlo enfrente y cuando le iba  entrar, saltó con el balón entre los pies, haciendo la famosa tijereta que tan bien se le daba y por la que tantas felicitaciones había recibido siempre.

Aprovechando la sorpresa que ésta causó en su contrincante y en todos sus compañeros en general,  hizo una rápida y ágil escapada en solitario, y con un certero trallazo de su izquierda encajó el balón en lo más profundo de la red.

¡¡¡GOOOOOOLLLLLL!!!!!, resonó en todos los rincones del patio. Sus compañeros se abalanzaron sobre él aplastándolo con su alegría.

Cuando de nuevo volvieron a clase, ya era uno más de ellos. Subía pleno y satisfecho. Ningún bocadillo en el mundo lo hubiese llenado tanto como la felicidad que sentía en ese momento. Luis, su amigo, lo rodeó por los hombros. Ya no era el nuevo. Había marcado sin duda uno de los goles más importantes de su vida.

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