LOS ENFERMEROS DELHAMBRE: (I) Jesús Abandonado

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OLGA Y MACU, COCINERA Y DIRECTORA DEL CENTRO RESPECTIVAMENTE

EN CINCO AÑOS, LOS USUARIOS DEL COMEDOR DE JESÚS ABANDONADO SE HAN MULTIPLICADO POR NUEVE. AHORA SIRVEN CASI 300 COMIDAS AL DÍA. PARA OLGA Y MACU, COCINERA Y DIRECTORA DEL CENTRO RESPECTIVAMENTE, ES EL COMIENZO DE UNA INTENSA JORNADA.

REPORTAJE. Javier Pérez

Entro a Jesús Abandonado como a un santuario. Casi sobrecogido ante lo que encuentro tras pasar el quicio de la casa: el comedor silencioso, en penumbra, vacío e imponente. Los comensales no están, pero algo de ellos parece haberse quedado allí. Inmaculada Cabello, Macu, la directora del centro, me saca del trance y me lleva a la cocina. Olga, la cocinera, está sola, preparando las bases del día. En una sala anexa, una voluntaria se afana en trocear los frescos pepinos, presagio del revitalizador gazpacho. Es María Luisa, una burgalesa recia que lleva catorce años colaborando. Con ella está Rosa López, la presidenta, fundadora y alma máter de la Asociación Virgen de la Cabeza que gestiona el comedor social y el albergue . Me mira con timidez pero se nota que tiene carácter.  No quiere fotos. Mi empecinamiento no la hará cambiar.
Es una casa grande, de patio luminoso, extensa terraza y frescos interiores. El establecimiento dispone de comedor social, albergue, duchas, ropero y un servicio de intermediación laboral, esencialmente para  trabajo doméstico. «Años atras había más oferta que demanda», dice Macu, «la gente se ha quedado parada y ellos mismos cuidan de sus mayores y se hacen cargo de la limpieza. Antes nos llegaba un montón de ropa y ahora todo se aprovecha. Las cosas han cambiado mucho». Hablamos en un pequeño despacho de la primera planta. Rosa escucha. De vez en cuando, corrige o asiente. Queda rato hasta las diez, la hora de atención al público, el inicio bullicioso de unas tareas que acabarán cerca de la media tarde.
Familias en crisis
La crisis ha desmadejado sus estadísticas. En cinco años, los usuarios del comedor se han multiplicado por nueve. Ahora sirven casi 300 comidas diarias. Antes, la mayoría de las mesas eran ocupadas por traseúntes sin hogar, ahora son familias. Familias de la ciudad, cada una con su historia, con su peripecia personal: «Algunas vienen  a las doce y se lo llevan a casa», nos dicen. Son  hogares hundidos en el desempleo que recogen su ración diaria mientras los niños están en el colegio. Es la forma de protegerlos, de que vivan en una cierta normalidad. La paradoja: como no hay personal suficiente para hacer más turnos en el comedor, pueden prestar más ayudas externas. Son casos excepcionales, pero no son pocos. «O  hacemos frente a la hipoteca o comemos», es una de las muchas letanías que escuchan, cuenta la joven directora. Y remata, casi advierte:  «Algunos vienen de trabajos muy rentables».
La crisis también la nota la institución: las ayudas de las administraciones se recortan o se retrasan y hay que priorizar. El albergue solo abre  los meses más fríos. El mantenimiento del comedor es lo esencial. La Presidenta quiere ser discreta y evita hurgar demasiado en la herida, pero hay ayudas que no llegan que les están ahogando. Es posible que además de dinero, a las administracions les falte algo de imaginación.
Sin embargo, en estos últimos meses  se abrió parte del melón. Convergencia Andaluza denunció que el Ayuntamiento de Motril adeuda a la entidad benéfica cerca de 50 000 euros y que cerrar el único albergue social de la Costa era una de  las consecuencias.  El equipo municipal  los puso a caldo y aseguró que después del verano se abonarán las deudas acumuladas hasta 2012,  unos 32 000 del ala, gracias al nuevo plan de ayuda a proveedores del Gobierno.
Un pueblo y 2000 pesetas
A pesar de las dificultades, no faltan las buenas noticias. «En estos años de crisis el pueblo de Motril se ha volcado totalmente con esta casa», dice Rosa.  Y va desgranando un directorio de agradecimientos a los ciudadanos, dentro y fuera de las campañas de cuestación de alimentos, y a las empresas e instituciones como Mercomotril, Supersol, El Laguero, Alcampo o Banco de Alimentos… No quiere dejarse a nadie y pide disculpas. Mencionan, con particular interés, a las cofradías que también les sustentan. Como El Gran Poder, El Cristo del Silencio o La Divina Pastora, que compran las patatas  o abren cuenta en establecimientos para adquirir carne y leche. Un gran esfuerzo de muchos para que otros sobrevivan. «Dar de comer a la gente todos los días es la recompensa, intentamos no ver lo negativo para no salir corriendo», dice Macu. No debe ser fácil aparcar los sentimientos, pero parece clave.
Al final de la charla, hacemos memoria. El comedor se abre, con dos mil pesetas, el 13 de enero 1985, en la primera planta del Teatro Calderón. Una ruina sobre la que prestan sus servicios durante dos años y medio. Fue la respuesta urgente tras conocer la existencia de casos de raquitismo infantil en la ciudad. Eran otras crisis, las mismas hambres. Rosa  recuerda  a Nicolás Barranco, Pepita Arenas y Ana Justicia, los primeros colaboradores. Pedían en las parroquias,en las casetas de la Feria de Motril o en el Corpus granadino, «que ahí me iba yo». Un día, el concejal Ángel Pacheco le  advierte del peligro. Ella responde aquello de «esto se caerá cuando nosotros nos vayamos», que, como poco, te deja de piedra. Dos semanas después de trasladarse a su actual sede, la planta del Calderón se desploma, me dice sin titubeos.  Y sigue: «Lo aguantó Dios que fue el primer puntal de esta casa. Él y su madre son los que han ayudado a llegar donde hemos llegado. Y el pueblo de Motril, que siempre nos ha tratado con mucho cariño».  Me quedo sin palabras y algo desconcertado. Anoto un par de frases, alguna dirección, y bajamos a la planta baja para hacer fotos. Rosa desaparece.
Antes de terminar, Macu se ofrece a enseñarme el albergue. Atravesamos el patio mientras algunos voluntarios están discretamente ensimismados en sus rutinas. Accedemos a él desde la roja terraza. Se me grapan a la memoria las habitaciones de camas casi adolescentes; la sala de esparcimiento, con su gran tragaluz; el cuarto del vigilante, que no esperaba. Y un vacío pétreo. Me cuenta entonces que no es fácil lidiar con algunas personas. Que hay alcohol, machismo, desconfianza, toneladas de soledad y desarraigo.  Pero como dichosamente escribe Luis Rosales: la casa está encedida. Como un faro.

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