15M e inconsciencia

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GASPAR ESTEVA RODRÍGUEZ

El título del artículo puede ser engañoso. Puede deducirse que existe una relación directa entre el movimiento del 15 M y la inconsciencia. Pero esa no es la finalidad de las reflexiones que pretendo trasladar a los lectores y a mí mismo.

El cuerpo social tiene comportamientos similares al cuerpo humano o si se quiere, el cuerpo humano -la mente esencialmente- tiene una estructura que responde en cierta medida a los comportamientos del entorno social donde se desenvuelve. Realmente no importa cómo se expresa tal interactividad -para estas reflexiones, claro está-, solo interesa reflejar la existencia de aquellos comportamientos inconscientes que conforman la complejidad y las contradicciones del ser humano y que transmite indefectiblemente al ser social.

Todo el mundo sabe que gran cantidad de pensamientos profundamente expuestos tras largos y concienzudos análisis dan como resultado convicciones que, a pesar de la plenitud de razones utilizadas en su conformación, contradicen o se alejan de los comportamientos espontáneos. Tener claro en tu consciente tu deseo y tu convicción de no ser xenófobo no significa siempre que tu comportamiento en determinadas ocasiones no esté «amenazado» por un inconsciente menos, digamos, lógico. La distancia, a veces, entre el pensamiento racional, sensato y la realidad del inconsciente, es importante.

El ser social, es decir, el formado por el conjunto de personas complejas, tiene en la exteriorización de sus pautas, iguales distancias entre lo lógico y lo inconsciente.

Una primera reflexión, consistiría en plantearse si podría tener consecuencias inmediatas en la sociedad un movimiento o una acción -en este caso no sabría si podría tener cierto interés la simultaneidad en diferentes espacios, más allá del hecho de ser el resultado de la tecnología y las redes sociales, es decir, internet- basada en la indignación que el actual sistema provoca en la mayoría de los ciudadanos. Porque una cuestión es la asunción del problema, las consecuencias que provoca, entre otras la contestación o cuestionamiento de los mecanismos de relación actuales y otra muy distinta es la imposibilidad de modificar los hábitos inconscientes que están gravados a fuego en la mayoría del ser social.

Dicho en otras palabras, el rechazo lógico, fundamentado, de la sociedad de consumo, del desarrollismo sin límites, de la democracia legal pero sin contenidos, etc, ¿se traduce en mecanismos, de una cierta permanencia en el comportamientos, que superen la inconsciencia tradicional que hace que en la práctica sigamos siendo una sociedad de consumo, que cualquier desarrollo es bueno cueste lo que cueste y que la democracia es suficiente constando en los papeles?.

Una segunda reflexión, consiste en preguntarse si la aparente radicalidad de la protesta y su forma podría tener un parangón con el término agudo en sentido médico, es decir, proceso con inicio y final, localizado y de corta duración. Las circunstancias que han provocado el «hervor social» son la crisis sostenible y la coincidencia de las elecciones. El efecto inmediato no ha sido un rechazo de los gobernantes habituales -una parte de los corresponsables del sistema, según los manifestantes- sino la caída -en parte esperada- del actual y el aupamiento del otro. Porque no me cabe la menor duda que el «desorden» que provoca cualquier protesta aguda, por muy justificada que esté, perjudica al que esté gobernando con mayor fuerza coactiva. Al gobierno que controla la seguridad general.

Una tercera reflexión, tendría su base en la mezcla o conjunción de las anteriores, ¿podríamos tener la certeza de estar ante fenómenos basados en planteamientos razonables, racionales, con dosis de espontaneidad organizativa favorecida por las nuevas tecnologías, pero con final inmediato que se alimenta de las confrontaciones electorales o similares?.

El ser social del que veníamos hablando tiene la misma capacidad del «yo» para localizar sus contradicciones, aceptarlas, convivir con ellas y continuar con la solución de sus problemas habituales con las medicinas cotidianas. Podría determinar en un futuro mediato aquellas zonas, como el botellón, la pista deportiva, el parque de juegos infantiles, la pista de petanca para jubilados, etc, que se unirían a la plaza o las pequeñas o medianas ubicaciones donde expresar sus desencuentros, reivindicaciones, quejas, calamidades, miedos, frustraciones y penas.

Un lugar apropiado, como el del chiste, que viene a decir más o menos, que un señor entra en un local comercial y una vez se encuentra al dependiente, se explaya diciendo:

– me llevo mal con mi mujer y con mis hijos, no puedo pagar la hipoteca, mis amigos no me saludan, estoy sin trabajo, etcc..

– ¡oiga que esto es una tienda de fotos¡ -inquiere el dependiente asombrado-,

– y el señor con la mirada fija en su interlocutor indica- pues en la fachada de su tienda dice, «pase y revele su royo»…

Lo que nos llevaría a una última reflexión, por ahora, que derivaría de la anterior. La protesta, el movimiento, ¿podría tener para el cuerpo social el mismo efecto que una pequeña herida en el cuerpo humano?. Ese tipo de herida que en un primer momento hace que el cerebro se preocupe, analice racionalmente el dolor e inmediatamente deje que el resto del cuerpo de forma inconsciente trate de solucionar el problema, desocupándose él y trasladando sus pensamientos hacia otros menesteres. O, podría tener el efecto de una herida grave, que mantendría al cerebro ocupado con más intensidad, abriendo paso a la consciencia y decidiendo visitar al médico, tomar medicinas, cambiar hábitos, etc.

Desafortunada o afortunadamente, sea cual fuera el calado y la fuerza del movimiento y teniendo en cuenta, además, que cualquier cosa que se mueva, que se agite, empuja el aire que lo hace más ligero y levanta el polvo aunque sea sobre hormigón, la base que lo sustenta, el quejío que lo estructura, es real y tarde o temprano la inconsciencia colectiva coincide, se alinea, con la lógica y ambas, sin necesidad de salir a la calle, pacientemente pero con esmero, se preparan para golpear y transformar los cimientos de barro sobre los que, también inconscientemente, hemos levantado nuestra sociedad.

Parafraseando a Jose Luis Sanpedro, «otra sociedad no es posible…es segura».

 

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