LA CASA VACÍA

✍Juan Fernando Martínez Atienza

«Queremos que nada cambie, que todo siga siempre igual. Tenemos miedo a los cambios, tenemos miedo a desaparecer, miedo a que desaparezcan nuestras cosas…»

Juan Fernando Martínez Atienza.

Estaba la casa vacía, había oscuridad, polvo en suspensión que brillaba al pasar por los escasos rayos de luz que penetraban desde el exterior. Pequeñas estrellas brillantes, de movimientos sumamente lentos, parsimoniosos, danzando un baile clásico al ritmo del silencio que las rodea.

Los muebles pareciera que estaban esperándome, quietos, impasibles, mirándome de reojo, atentos a mis intenciones, temerosos.

Recorrí las estancias despacio, tanteando el suelo para evitar tropezar y tirar algo. En el comedor, la mesa estaba con su mantel puesto, los cubiertos, los platos y hasta las copas. Todo cubierto de una espesa capa de polvo, uniforme como si la hubieran echado a propósito con un pulverizador, perfecta, ni siquiera se observaba el rastro de algún insecto que hubiera caminado por las superficies dejando sus pasos simétricos, perfectamente medidos. Nada que hubiera tenido vida debió pasar por allí en muchísimos años.

Vida… la vida se había detenido permanentemente en aquel lugar, era evidente, pero el paso del tiempo se hacía notar y sus huellas quedaban visibles por todas partes y no era solamente el polvo, era la sensación de abandono, las maderas podridas por olvidadas, las telas de las tapicerías y las cortinas, raídas cayendo a girones entre telarañas olvidadas por sus creadoras, fosilizadas en el aire.

Mis pasos iban quedando marcados sobre las baldosas de cemento hidráulico de dibujos anticuados, olvidadas por quienes las colocaron cuidadosamente, bien niveladas, pero hoy levantadas dejando pequeños escalones entre ellas.

Si un reloj de cuerda lo guardáramos en una caja herméticamente cerrada, sin humedad, sin polvo, sin que nadie la traqueteara… y la abriéramos mil años después, podríamos darle cuerda de nuevo y funcionaría armoniosamente. La máquina estaría en perfectas condiciones. No es el tiempo el que destruye las cosas, son los agentes externos (e internos) los que lo deterioran todo. Poco a poco, micra a micra, inexorablemente, deteriorando los mecanismos de las máquinas y los tejidos de los cuerpos. Hasta el paisaje.

Desde luego —y así lo percibía— no era este al caso, se notaba perfectamente el desgaste de todo lo que contenía la casa, las paredes, los techos, las puertas, las ventanas, todo en su interior denotaba años de abandono, olvido, desprecio incluso diría yo.

En la cocina, los mosaicos estaban agrietados, estallados en sus bordes, oscurecidos por a saber qué elemento extraño. Y unas cacerolas renegridas en la base por lustros de uso descansan aún sobre la hornilla apagada, completamente inútil, sin función aparente. ¿Quién sería la persona que encendió por última vez aquellos fuegos? Cuándo giró el mando para cerrarlo ¿sabía que esa sería la última vez que había cocinado una comida? ¿Sabría que nadie más aprovecharía para poder hacerse de comer?

Me asomé curioso a la alacena que destacaba su puerta al fondo de la habitación. Varios pequeños sacos en el suelo, con legumbres; alguna lata de etiqueta perdida, oxidada; incluso un hueso de jamón colgando de un gancho en el techo. Me pregunté si cuando lo dejaron ahí tendría carne y pudiera ser que algún animal lo hubiera roído hasta dejar mondado el hueso. A lo mejor quedó ahí esperando que alguien lo cortara para echarlo en las sopas, o acaso lo terminaron y quedó colgado a la espera de que alguien decidiera sacarlo a la basura. El caso es que inspiraba tristeza, una infinita y desesperada tristeza, como un cadáver abandonado en un cruce de caminos, deshecho por la gusanera, hediondo, sin nadie que lo reclame ni le dé un último adiós con cariño.

Queremos que nada cambie, que todo siga siempre igual. Tenemos miedo a los cambios, tenemos miedo a desaparecer, miedo a que desaparezcan nuestras cosas. Tenemos tantos miedos, que nos abrazan, nos estrechan hasta estrangularnos la vida como se estrangula la respiración apretando el cuello hasta perder la conciencia y perder a continuación la vida. ¿Qué te queda? ¡La vida ya no! la esperanza tampoco, ni siquiera el dolor, esas son cosas de los vivos, no de los muertos.

¿Por qué me acuerdo de los muertos en este preciso instante? Claro, es cierto, la casa está muerta, olvidada hasta la desesperación, en proceso de putrefacción silenciosa. Los cuadros desnivelados, las lámparas apagadas, los ruidos sin significado aparente, el crujir de las paredes, de los techos, de las maderas… Al menos había algo que podría semejar un pequeño atisbo de vida: los ruidos sin procedencia, anónimos y viejos como la misma casa.

No recuerdo haberla conocido con vida, llena de gente que la cuidara, que limpiara con esmero, que vivieran dentro de ella, amando, odiando. ¿Se sentirían felices o desgraciados? Seguramente habría momentos para todo dentro de esos muros perdidos, que terminamos por olvidar.

Apenas se oyen ruidos procedentes del exterior ¿acaso la casa está aislada de cualquier otro lugar habitado? ¿Nadie pasa cerca de ella? ¿Ni siquiera los chiquillos del barrio, siempre traviesos habían intentado entrar a jugar por sus habitaciones? Era extraño, cuando una vivienda es abandonada por mucho tiempo, siempre hay quienes entran, a curiosear primero, a destrozar después. Siempre hay quien aprovecha para robar algo de su interior. Sin embargo aquí no parecía que nadie hubiera ni entrado, ni destrozado y ni siquiera robado nada, la casa se veía completamente intacta, con los muebles en su sitio, las paredes vestidas por completo, las ropas de las camas perfectamente hechas. Completamente detenida en el tiempo, paralizada permanentemente, excluida de la vista de cualquiera.

Porque ¿cuándo nadie ve las cosas, dejan de existir, dejan de tener conciencia las personas de ellas? Posiblemente en un multiverso se podrían suceder miles de millones de posibilidades de ese mismo espacio y en este preciso momento solamente pueda ver uno de esos millones de universos paralelos, del que me ha tocado ser consciente. Claro que en cada uno de ellos seré consciente de él y no de los demás. En fin, para qué calentarme la cabeza con algo de lo que soy incapaz de ser consciente.

Llaman la atención los dormitorios, cubiertos como todo por esa suave capa de polvo uniforme, pero perfectamente ordenados. ¿Es que cuando sus habitantes se fueron no se llevaron nada? ¿Nada les interesaba? ¿O es que sus habitantes se fueron sin saber que no volverían, creyendo que era temporal su salida? Podrían haber muerto en un accidente fortuito o haber sido asesinados. En todo caso, estaba claro que cuando salieron, pensaban volver por eso la casa estaba completamente ordenada.

Los armarios llenos de ropas de hombre, de mujer, de niños. Los cajones con las camisas y la ropa interior perfectamente colocada esperando a sus dueños para que las tomaran y se las pusieran ese mismo día. Aunque posiblemente las polillas habrían dado buena cuenta de ellas y hoy estarán inservibles además de llenas de polvo, amarillentas y con olor a moho.

Lo extraño es que el tejado haya aguantado. Sabemos que la muerte de cualquier edificio se produce por la rotura de las cubiertas. En el momento en que se produce una pequeña gotera, se firma la sentencia de muerte de la casa. Penetra la humedad, se va ampliando progresivamente la rotura y cuanta más agua entra, más deterioro se va produciendo, hasta que comienzan las paredes a perder su fuerza, y un día, en mitad de una tormenta, una falla, arrastra al suelo parte del techo que sujetaba y ya es rápida la ruina, irremediable, completa.

A pesar de todo, siento este espacio de mi propiedad. Es mucho el tiempo. ¡Siempre hablando del tiempo! Como si el tiempo tuviera alguna importancia.

De pronto siento frío. Mucho frío.

Los enseres de la casa están revueltos, las sillas tiradas y los cuadros torcidos. Todo está torcido como tras un terremoto, nada ha quedado en su lugar.

Hay muchas pisadas marcadas en el polvo del suelo, signos de haber arrastrado muebles, grandes desconchones en las paredes y enormes círculos de humedades en los techos.

En el centro de la mesa veo un frutero, con las frutas secas, petrificadas desde hace mucho tiempo. Ahí quedó y no lo había visto hasta ahora

¿Cómo es posible que la casa se haya deteriorado de pronto, sin enterarme? ¿Quiénes lo habrán hecho, por qué?

He comenzado a percibir ruidos procedentes del exterior, oigo voces que no comprendo, motores. Noto cómo aumenta la entrada de polvo desde fuera. Esas líneas que forman los rayos de luz, se están  llenando de muchas más partículas brillantes que ahora revolotean girando desesperadas por las estancias, a un ritmo enloquecido.

El ruido es cada vez más intenso, ya ni siquiera oigo las voces tapadas por otros ruidos mucho más fuertes.

¡ZAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAS!

Un crujido enorme cruza la casa de parte a parte, rompiendo las paredes, destrozando los muebles, descalabrándolo todo. Alterando el silencio y la quietud que durante tanto tiempo nos había acompañado.

Me asusto, siento miedo, un miedo terrible. Se ha perdido la paz. ¿Quién ha podido hacerlo?

Es de locos.

Comienza a entrar luz por todas partes, desde todas las esquinas, el polvo es ya asfixiante, concentrado, áspero. Imposible respirar.

No entiendo nada. ¿Cómo es posible que en un instante pueda cambiar lo que durante décadas ha estado inmóvil? Pero… ¿realmente lo ha estado? ¡No comprendo absolutamente nada!

Comprendo que están derribando la casa, sin siquiera preocuparse de qué hay dentro. ¡Miserables!

Corro gritando, intento decirles que estoy dentro, que paren, que no pueden derribar la casa, que es mía, que me pertenece, que no les he dado permiso para derruirla.

Veo entrar a un operario, con su chaleco amarillo reflectante y el casco puesto, me ignora, trato de que me escuche, lo agarro, pero mis manos no consiguen apretar su cuerpo.

Luego comprendo, porque lo sé perfectamente, que nadie podrá escucharme, nadie sabrá que estoy dentro, sin posibilidad de ir a ninguna parte. Desapareceré con la casa, en silencio.

¡No existo!

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