PÁGINAS SUELTAS

✍Opinión.-

LOS PRIMEROS PASOS

Los recuerdos terminan archivados en la memoria y en ocasiones el tiempo los altera y hasta los «decora» a conveniencia de nuestra propia psique. Permitidme que hoy os cuente una de las vivencias más íntimas de mi infancia y la primera que tengo, o que al menos creo tener.

Los expertos nos dicen que no podemos recordar nada anterior a los tres años de edad, que se produce una amnesia infantil porque nuestro hipocampo, área del cerebro fundamental para almacenar los recuerdos, aún no está madura. Aunque recuerdos bien consolidados se producen a partir de los siete años en que somos plenamente conscientes de nuestro propio ser y de los acontecimientos que nos rodean.

Por otro lado, también nos dicen que los primeros pasos los da el niño hacia los 10-12 meses de edad aunque antes ya gatea y hasta puede soportarse de pie agarrado a algún soporte sólido, como la madre y es que las madres siempre son nuestro más sólido soporte a lo largo de la vida.

Claro, entonces se supone que no puedo recordar, por más que lo intentara, cuándo di mis primeros pasos allá por el año 1957 —osú, a mediados del siglo pasado—. ¡Virgen santa!

Pero vayamos por partes: en nuestra casa de la calle Marqués de Mondéjar, la cocina era escenario de gran parte de la vida familiar, además de cocinar, allí comíamos y allí se desarrollaban tertulias entre mi madre, la abuela —la de Graná, que no la de Madriz—, mi tía que parecía que la hubiéramos adoptado, porque aunque tenía su casa en San Pedro Mártir, era frecuente que pasara muchas tardes en la nuestra. Allí se tomaban un café y nunca jamás se les agotaban los temas de conversación.

En esa cocina que cuando la construyeron tenía los elementos para cocinar con carbón que luego se adaptó a la hornilla económica de petróleo y posteriormente se colocó una hornilla de butano encima del poyo. Ninguna de las dos primeras las recuerdo en funcionamiento, pero sus restos ahí quedaron, nadie se molestó en eliminarlas, quedaron como recuerdo de tiempos pasados y tecnologías obsoletas. Yo, que ya soy de la generación del gas butano, aún recuerdo el día que se incendió la bombona, otro día os lo contaré.

Era una habitación amplia, como toda la casa, por eso se podían hacer tantas cosas en ella. Y eso de comer, era común. La mesa, de madera, pegada a la pared que a veces se trasladaba al centro de la habitación, pero cuando comía nuestro padre, que era lo más raro ya que solía comer en el trabajo, salvo los domingos, entonces solíamos comer en la habitación llamada comedor.

En un rincón había una antigua alacena, de esas de puertas de celosía, pintada de verde, que posteriormente se derribó y amplió ocupando todo el fondo de la cocina.

El poyo sobre el que descansaba la cocina, estaba alicatado con baldosas blancas, algunas ya estropeaíllas y esportillaíllas por el paso del tiempo.

Se entraba desde el recibidor, el más grande que he visto nunca en una casa normalita como era aquella. Había una despensa que se merece una página para ella sola y de cómo salimos en los periódicos por primera vez —la segunda fue por culpa del gato—.

Yo era el rejú de la casa, el cuarto, al que nadie esperaba, el que llegó a destiempo y por el que los sistemas de “prevención” fallaron, pero al final, el más mimado, pero el que menos quebraderos de cabeza provocó a la familia.  

Pues bien en mi cerebro ha quedado la imagen indeleble de la primera vez que eché unos pasos. Sobre esa mesa de madera de la cocina. En un extremo alguien me sostenía —no recuerdo quién— y en el otro extremo, mi madre me esperaba con los brazos abiertos. Eché a correr como buscando mi centro de gravedad que se me escapaba por delante hasta terminar aterrizando en tan tierno regazo.

De aquel momento, se conserva una fotografía de la llegada a la «estación de destino», pero no del «trayecto», que casi seguro que realizó mi padre que era el «técnico» fotógrafo de la familia.

¿Puede ser que el recuerdo se haya ido reforzando a lo largo de los años por la propia fotografía y las historias que me contaba mi madre? No podría asegurarlo, pero lo cierto es que en la mente me veo corriendo como alma que lleva el diablo, desesperadamente hacia mi madre, temblando de miedo a caerme y riendo nervioso al ver que finalmente el experimento había salido satisfactoriamente y mi integridad física se había conservado completamente.

Muchos recuerdan cuándo aprendieron a montar en bicicleta y cuándo les regalaron la primera, seguramente para Reyes, yo no puedo tener ese recuerdo, porque nunca jamás he tenido una bicicleta ni se me ocurrió pedirla como regalo en todos los años de mi vida. En vez de eso, recuerdo —o creo recordar, repito— mis primeros pasos tambaleantes e inseguros. Recuerdo también el cálido abrazo y la sensación de seguridad que esos brazos siempre me inspiraron.

Son los recuerdos de la infancia, cuando ésta ha sido feliz, los que más nos alegran el alma al volver a traerlos a la mente. Seguro que hasta nos limpian de otros dolores de la vida.

Hasta la próxima.

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