IN MEMORIAN JAVIER CASTRO MARTIN (13/5/1924 – 11/4/2013)

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Domingo López Fernández

-Cronista Oficial de la ciudad de Motril-

A PROPÓSITO DEL CENTENARIO DE SU NACIMIENTO

Javier Castro Martín.

En el día de ayer, EL FARO publicaba una carta al director redactada por Jesús Luis Castro Martín en recuerdo de su padre, Javier Castro Martín, conocido “motrileño de pro” que el día 13 de mayo de 2024 habría cumplido cien años. Los que le conocimos y mantuvimos con él una gran amistad le recordamos por su trayectoria empresarial en Motril con aquel céntrico establecimiento abierto en la calle Nueva de venta de jamones y, también, por su afabilidad y simpatía. Era un hombre de sonrisa abierta y, como bien le define su hijo, “un hombre bueno, de naturaleza alegre y, por supuesto, interminablemente enamorado de la vida”.

La redacción de EL FARO, siempre alerta a estas conmemoraciones agradece a su hijo este recordatorio, pues aunque ha pasado ya mucho tiempo de su muerte, concretamente el 11 de abril de 2013, EL FARO le tiene presente por haber colaborado ocasionalmente con algunos artículos de gran interés que traían hasta nuestra mente las vivencias de matiz histórico que desde niño le hicieron protagonista en nuestra ciudad. El desaparecido Cronista Oficial de Motril, José López Lengo, amigo personal de la infancia, le dedicaba un sentido recuerdo dos días después de su fallecimiento, para aludir conscientemente al día de su nacimiento y dejar constancia de su apego a ese número, pues “procreó en su matrimonio 13 hijos, todos varones;  alguno de sus domicilios estaba numerado con el número 13 de la calle; y montó el 13 de octubre del 2006 la tertulia radiofónica en que participo; y algún 13 más dató otros acontecimientos venturosos de su vida que no recuerdo ahora.  Era su número de la buena suerte,  contra la superchería popular de mal fario”.

En la trayectoria “cultural” de Javier Castro para con la ciudad hay que recordar que en el año 2006 publicaba su libro “Viva Motril que es mi tierra. Anécdotas del viejo Motril y otras”, que era presentado el día 30 de septiembre en el salón de actos del Centro Cultural de la extinguida Caja Granada y que fue prologado por el cronista José López Lengo. En calidad de testigo presencial de la explosión del polvorín ubicado en la capilla de la Virgen de los Dolores en el año de 1938, ofrecía en la “Sección del Motril que fue” un artículo que tituló “Notas sobre el Cardenal Belluga y la Capilla de la Virgen de los Dolores”, trabajo que vio la luz en EL FARO  en el año 2007. Con posterioridad publicaba en la misma sección “La ermita de San Sebastián. Recuerdos y tradiciones del Motril de antaño”, donde se adentra en la historia de este desaparecido templo y la fiesta dedicada a su titular. Hubo algunas otras contribuciones en EL FARO, senda cultural que concluía en el año 2011 con una nueva aventura editorial, concretamente su libro “Motril Gran ciudad”, un canto a la tierra que le vio nacer y que fue presentado con gran éxito en el salón de actos de la antigua Escuela de Formación Profesional de los PP. Agustinos Recoletos. Al margen de ello, Javier Castro era igualmente contertulio en un programa semanal de Onda Sur Motril donde en unión de José López Lengo y Antonio Esteban Lirola debatían temas del viejo Motril. Como ha quedado dicho, Javier Castro Martín fallecía en Motril el día 11 de abril de 2013 cuando contaba 89 años de edad y EL FARO ha querido rendirle homenaje en el centenario de su nacimiento reeditando el artículo que en su día publicó para dar a conocer la historia de la ermita de San Sebastián. He aquí su merecido homenaje.

Ermita de San Sebastián.

LA ERMITA DE SAN SEBASTIAN

Recuerdos y tradiciones del Motril de antaño

Por Javier Castro Martín

Durante los siglos XVII y XVIII, Motril, al igual que muchas ciudades españolas, padeció varias epidemias, peste, cólera y otras, casi siempre derivadas de la hambruna y falta de escasez de alimentos. Era costumbre de la gentes de aquella época que en aquellas calamidades, se invocaran a santos que les protegieran y de entre ellos, era San Sebastián uno a los que siempre se le ha supuesto un especial valer en esas circunstancias. Supongo que sería por un motivo así, por el que el pueblo le construyó y dedicó una ermita al Santo Mártir.

El pequeño edificio, estaba a la entrada por Málaga, colocando una imagen suya como es habitual verlo representado, un joven semidesnudo, atado por las manos, y su cuerpo atravesado por varias saetas. Es así como lo recuerdo y me parece estar viéndolo antes de la guerra civil y ya estando la imagen en la Iglesia Mayor, en la capilla de San Juan Nepomuceno, donde había sido trasladado a principios del siglo XX, por encontrarse ya en aquellas fechas su ermita en ruinas.

San Sebastián nació en Narbona (Francia) en el año 256, hijo de una noble familia militar, y se educó en Milán. Llegó a ser jefe de la primera guardia pretoriana imperial de Roma, era querido por sus compañeros y respetado por el emperador Maximino, quien no sabía que era cristiano. Como buen cristiano ejecutaba el apostolado entre sus compañeros y visitaba a los cristianos encarcelados por este motivo. En esa situación, no duró mucho tiempo, ya que fue denunciado al Emperador, quien al tener conocimiento de la fe profesada por el militar, lo obligó a elegir entre ser soldado o seguir a Jesucristo.

El Santo escogió a Cristo, y el emperador, desairado, lo amenazó de muerte, pero San Sebastián se mantuvo firme en su fe. Maximino se enfureció y ordenó que le mataran asaeteado. Los soldados del Emperador, lo desnudaron, lo ataron a un árbol (la leyenda cuenta que era un naranjo) y lanzaron sobre él una lluvia de flechas, dándolo por muerto.

Sus amigos que estaban presentes, vieron que aún estaba con vida, lo llevaron a casa de una noble cristiana llamada Irene, donde le curó las heridas y lo mantuvo oculto hasta que quedó restablecido.

Le aconsejaron que se fuera de Roma, pero el Santo rotundamente dijo que no, que él debía seguir predicando el evangelio de Cristo. Con gran valentía se presentó  ante el Emperador, desconcertado porque le creía muerto, y al que enérgicamente le reprochó su conducta por perseguir a los cristianos. Maximino decretó que lo azotaran hasta morir, en el año 288, tenía 32 años cuando murió.

Los soldados cumplieron en esta ocasión la misión encomendada y una vez muerto arrojaron su cuerpo a un lodazal. Los cristianos que lo vieron morir tomaron su cuerpo y lo enterraron en la Vía Apia, en una catacumba que lleva su nombre.

El culto a San Sebastián es muy antiguo y como he dicho antes, invocado contra las epidemias y contra los enemigos de la religión, reconociéndole muchos milagros.

La ermita de San Sebastián en Motril, estaba situada donde hoy existen unos jardines, entre los Multicines y la Casa de la Palma, tendría poco más de unos cuarenta metros cuadrados y el techo estaba cubierto de tejas de barro, destacaba un altar central con una gran piedra frontal, y la puerta de entrada estaba frente al comienzo de la calle las Cañas.

Mi madre que nació en el año 1.892, me contaba muchas historias de Motril; unas que ella vivió y otras que le habían contado sus padres.

Sobre San Sebastián, me refería que en Motril existía mucha devoción  a este Santo. En su fiesta que se celebra el 20 de Enero, le sacaban en procesión, junto a una gran rama de naranjo con sus frutos sin arrancar y traída del Cortijo del Conde. Era paseado por el centro de la ciudad.

La chiquillería le lanzaba piedras para darle a las naranjas y conseguir que estas cayeran al suelo, y por este motivo, por el poco respeto para con la imagen que representaba y por el peligro que suponía dicha práctica, el párroco decidió suspender dicha procesión. Por supuesto, yo no llegué a verlas, pero si conocí la ermita, que tenía un agujero en un lateral por donde los niños nos introducíamos para verla por dentro, pero ya estaba prácticamente en ruinas.

Pasado un tiempo, se comenzó la reconstrucción de la Iglesia Mayor en el año 1.942, donde era yo el listero y preparaba las certificaciones para que la entonces “Regiones Devastadas” entregaran los dineros para las obras, y siendo maestro de las  mismas D. José Huertas Baena, hermano del párroco D. Salvador. Y llegado el momento de restaurar el Altar Mayor, les faltaba la piedra frontal para el mismo. Fue entonces cuando recordé la piedra que cuando niño había visto en la ermita de San Sebastián y que aún existía. Acompañé al maestro Huertas, para que la viera, y cuando reparó en ella, le pareció y me comento que era de gran valor. Se lo explicamos a D. Salvador, y nos dio permiso para trasladarla, puesto que el Ayuntamiento ya había acordado la demolición de la ermita por su total ruina. Así lo hicimos y se colocó en el Altar Mayor de la Encarnación, donde hoy aún se conserva expuesta.

Si no se han fijado en ella, les recomiendo que lo hagan detenidamente y observaran los detalles tan interesantes que tiene.

Javier Castro Martín

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