UNA VIDA APASIONADA, Y UN AMOR SIN MEDIDA

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UNA VIDA APASIONADA, Y UN AMOR SIN MEDIDA

Manolo Velázquez Martín -Párroco-

No podemos pensar que la Pasión y la Muerte de Jesús no tiene nada que ver con su vida.

Su pasión fue consecuencia de toda una vida apasionada y su muerte fue el culmen de toda una vida entregada.

Jesús no se mantuvo nunca «impasible», sino que vivió siempre apasionadamente… en su forma:

– de mirar,

– de acoger,

– de defender… la dignidad y los derechos de

– los pobres,

– los enfermos,

– los pecadores,

– los marginados

– los proscritos,

– los rechazados…

Su mirada fue siempre apasionada y también sus decisiones y sus compromisos fueron tremendamente arriesgados.

Amó con pasión.

Vivió con pasión.

Murió con pasión… y se entregó hasta la muerte, con un amor apasionado y sin medida.

Este Domingo de Ramos llega, por fin, al final de su viaje, desde la Galilea rebelde, hasta Jerusalén, la ciudad ciega y cruel, a la que llaman «Santa» porque mata a los profetas.

Allí están los Centros del Poder político, económico y religioso y Jesús picapedrero entra en claro conflicto con ellos… al ser reconocido y aclamado como Rey y Mesías de Dios por una gran patulea de niños y de gente sencilla y humilde…

Y ante la protesta de algunos dirigentes afirma que si ellos se callaran, sin duda, que «gritarían» las piedras»… porque gracias a su oficio, sobre el tema de piedras, Jesús sabe más que nadie.

Este gesto de su entrada en Jerusalén, aclamado por el pobreterío de la calle, no tiene nada que ver con la parafernalia del poder y de la realeza humana…

Todo lo contrario.

Lo que Jesús realiza es una clara acción subversiva que ridiculiza y cuestiona los fundamentos de todo poder… de cualquier poder…

Hay un claro e intencionado contraste entre:

– La humildad de sus seguidores, frente al boato que rodea a los poderosos.

– La pobreza de medios que él utiliza, frente a la ostentación de la que ellos hacen gala.

– La sorprendente debilidad de su grupo, frente a la manifestacion de fuerza y poderío de los que se tienen por grandes.

– La mansedumbre y la compasión de quien avanza sobre un borrico prestado, frente al orgullo y la prepotencia de los que entran en las ciudades y someten a los pueblos sobre briosos caballos.

– La paz ofrecida desde unas manos abiertas y llenas de brotes tiernos de olivo frente al recelo de una ciudad amurallada, esquiva y segura de sí misma.

– El perdón de quién lo ofrece, sin medida, con el corazón roto y los ojos llenos de lagrimas, frente a un mundo enredado en la espiral de violencia y lleno de arsenales ocultos repletos de armas.

Con lo cual está claro, que el triunfo del Mesías de Dios solo está visibilizado en estos sorprendentes signos de humildad, debilidad, compasión y mansedumbre…

Y que este, y no otro, es el camino para quien quiera seguirle… el camino de una vida apasionada y arriesgada como la suya.

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