70 años de la muerte de Eva Perón o Un verano en Cañar

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70 años de la muerte de Eva Perón o Un verano en Cañar

Julio Rodríguez López.

En el verano de 1952 los medios de comunicación de España destacaron la noticia del fallecimiento de Eva Perón, esposa del entonces presidente argentino. Evita había sido objeto de una clamorosa acogida en 1947, cuando España agradeció los envíos de trigo de Argentina realizados en años precedentes. Tales envíos contribuyeron a paliar las escaseces de aquellos años y a quitar hambres.

En aquel verano de 1952 mi madre había decidido pasar unos días en su pueblo de origen, Cañar, donde una prima de mi abuelo materno, la tía Eusebia, nos había ofrecido alojamiento. La vivienda donde nos alojamos era grande y espaciosa, tenía un huerto en el que se cultivaba maíz. Desde la terraza situada sobre el huerto se podía disfrutar de una espléndida vista de Órgiva y de la cara norte de Sierra Lujar.

Cañar está situado a algo más de mil metros sobre el nivel del mar y no es un lugar de paso. Para llegar allí hay que atravesar una carretera llena de curvas y barrancos en el tramo final, una vez dejada a un lado la carretera que sube desde Órgiva a Capileira.

La casa de la tía Eusebia carecía de agua corriente, como todas las viviendas de Cañar en aquel tiempo. Era necesario ir a la fuente de la plaza a por agua para cubrir las necesidades domésticas. A pesar de los muchos años transcurridos conservo vivos los recuerdos de aquel año, recuerdos relativos a  la vida de aquel pueblo en el verano de 1952.

Así, me llamó la atención que en los domingos y festivos no había ninguna discontinuidad respecto de los días de diario, todos los días eran iguales. Todos los hombres del pueblo usaban pantalones de pana y boina. Era frecuente que usaran camisas que revelaban los largos periodos de servicio militar propios de aquellos tiempos.  

Había en Cañar una panadería en la plaza, con el horno de pan visible a la entrada de la tienda. En ese horno se empleaban como combustible leña y ulagas, y esparcía un olor agradable por toda la plaza del pueblo. Todos los días, en el centro de la plaza, se sentaba un médico jubilado, al que todo el mundo llamaba Don Octavio, que hablaba conmigo y con mi hermano. Leía con frecuencia el diario Ideal y nos recreaba describiendo gráficamente el contenido de la canción de María de la O. Llevaba siempre unos largos pantalones de pijama, que usaba durante todo el día.

En Cañar todos los habitantes tenían apodo. a nadie se le llamaba por su nombre. Había varios rebaños de cabras, que atravesaban las calles con sus sonidos característicos. Era difícil relacionarse con niños de edades similares, desconfiaban de los forasteros. Moscas y avispas abundaban en el pueblo, del que me atraían todas las casas construidas bajo terrados, por los que yo salía recordando el consejo de mi abuelo, de que aunque pareciese que nadie veía mis andanzas por aquellos terrados escalonados, bastante gente me estaba mirando.

El pueblo celebraba con sus mejores galas la fiesta de la patrona, Santa Ana. En los pocos días que duraban los festejos bajaban al pueblo las gentes de los cortijos, que por entonces estaban muy poblados Mi abuelo materno no dejaba de acudir cada año a Santa Ana. En cada uno de esos viajes regresaba a Motril llevando consigo un par de grandes panes adquiridos en la panadería de la plaza, panes que consumía con deleite en los días posteriores a las fiestas de su pueblo de origen.

Aquel año vi en Cañar una hoja de periódico tirada en el suelo donde se informaba del fallecimiento de Eva Perón. La imagen que ilustraba la información resultaba poco atractiva, era una composición nada afortunada. Yo lo ignoraba todo sobre esa señora, aunque me atraía la sonoridad del nombre y el fervor que sentían por ella   los argentinos

A menos de un mes de estancia en Cañar una fuerte amigdalitis provocó una elevada fiebre a mi hermano. No había ningún teléfono en el pueblo, y mi madre bajó andando acompañada de su prima desde Cañar hasta Órgiva. Desde este pueblo llamó por teléfono a mi padre, que apareció en Cañar esa misma tarde. La presencia del coche de mi padre parado en la plaza de Cañar resultaba todo un espectáculo para la gente del pueblo. Era necesario montar guardia para impedir que los niños saltasen sobre el vehículo y lo destrozaran.

Desde Cañar fuimos directos hasta Torrenueva, donde veraneaba el medico que trataba a la familia y que atendió a mi hermano. Eran tiempos en que había que comprar de contrabando la penicilina. Yo era el encargado de hacer tales compras y siempre iba con ese propósito a una casa que había en la vecina placeta de la Cruz Verde de Motril.

Todos los veranos no son iguales. En el de 2022 se han conmemorado los 70 años transcurridos desde la muerte de Eva Perón. En el lejano verano de 1952, además de enterarme de que había fallecido Evita, conocí por dentro el pueblo de Cañar, entonces más lejano que ahora, del que mi madre nos hablaba con frecuencia, con un cierto romanticismo, pues apenas si ella había vivido en el mismo, y que tan diferente encontré respecto del Motril en el que mi vida se desenvolvía por entonces.

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