FINIS AFRICAE

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LEER FUE DIVERTIDO: CHICAGO-MARTE POR 15 CENTAVOS

FRANCISCO GUARDIA -Escritor-

Siempre ha existido una literatura destinada a un público gustador de las historias adobadas de fantasía: grandes amores, arriesgadas aventuras, intriga, viajes accidentados, contacto con seres fabulosos o de mundos lejanos… y su público ha sido mucho más amplio que el de aquella otra más selecta que se estudia en los manuales. Esa distinción entre literatura “seria” y “popular” ha dado lugar a que sobre la segunda caiga una sombra de desprecio por parte de los pedantes.

Literatura popular fue el Cantar de Mío Cid, como todos los cantares de gesta y su secuela el romancero. Y literatura popular es buena parte -y no se me enfurruñe algún tiquismiquis- de la poesía del mester de clerecía pues, aunque esté escrita por clérigos -o sea gente culta que despreciaba el de juglaría porque el suyo era más fermoso e sin pecado– en realidad sus autores la concebían para el pueblo. Cuando Berceo escribe los Milagros de Nuestra Señora no lo hace pensando en que se lean en una corte por la crema de la intelectualidad de su tiempo, sino en lecturas ante grupos de peregrinos que darán sus limosnas o de los labriegos que, con su fe reforzada por esas narraciones, contribuyen con sus tributos y prestaciones a llenar la despensa del monasterio. La lista sería larga.

Y así hasta hora.  La literatura popular ha cohabitado con su hermana mayor que la ha considerado un subproducto, mientras sus cultivadores miran a los escritores populares con cierto desdén, no exento en alguna ocasión de envidia por las tiradas que unos pocos consiguen de sus obras. Es entonces cuando paga el pato el vulgo necio: quien no se conforma es que no quiere.

Poniendo fin a este preámbulo ligeramente caricaturesco, paso a comentar para los raros especímenes que, como quien esto escribe, todavía se refocilan con la lectura de disparatadas historias que nos hacen olvidar por un rato la desagradable actualidad de pandemias, crisis económicas y otras calamidades que para no hacer peligrar la viabilidad de esta reseña prefiero eludir, que recientemente ha salido de las prensas un libro que ofrece al interesado una panorámica de uno de los episodios más interesantes de la literatura popular: el de las revistas pulp en Estados Unidos.

Se trata de Chicago-Marte por 15 centavos, de Javier Jiménez Barco, del catálogo de Diábolo Ediciones, un tomo de 320 páginas, encuadernado en tapa dura, buen papel, abundantemente ilustrado a base de portadas y algún dibujo interior de las publicaciones que allí se describen, con una tipografía de tamaño adecuado y agradable a la vista. Su precio de 25,95 euros puede disuadir, pero ¿quién no se permite un capricho de vez en cuando?

Aunque en su momento estas revistas no se publicaron en España, su influjo en nuestra novela popular de la época fue decisivo pues muchos de sus personajes y sus aventuras sí que salieron aquí. No seriados y alternando en sus páginas con otros como en USA, sino en volúmenes unitarios de distinta extensión. Recuérdese, por ejemplo, que Tarzán, Fu Manchú, El Zorro, Doc Savage, La Sombra, Bill Barnes y una lista que resultaría cansina, nacidos en las revistas pulp americanas, se vendían en nuestras librerías y kioscos desde, al menos, principios de los años treinta. El lector español de novela popular, que venía de los folletines de la prensa y las novelas por entregas de Manuel Fernández y González y sus colegas, se acostumbró así a esta joven narrativa más dinámica, menos farragosa y abierta a nuevos horizontes.

Chicago-Marte…

Por otra parte la editorial Molino, aunque no la primera pero sí máxima difusora en nuestro país de los nuevos autores y personajes venidos del otro lado del océano, con su plantilla de traductores contribuyó, sin proponérselo, a formar una promoción de escritores que, imbuidos del espíritu de aquellas trepidantes historias y habituados a su lenguaje y triquiñuelas, se convirtieron en aventajados novelistas populares al “estilo americano”. Quizá los más destacados fueron Gerardo López Hipkiss, Manuel Valvé y, sobre todo, José Mallorquí que pronto adquiriría un estilo muy personal. Pero aparte de los empleados de Molino, otros muchos autores inundaron los kioscos españoles con novelitas de todo género después de digerir las lecturas pulp. La mayor parte son prescindibles, pero quedan algunos dignos de recuerdo.

Como nos vamos desviando del libro que quería comentar, digamos que el título hace alusión a las novelas de space opera, uno de los subgéneros de la ciencia ficción, en las que los protagonistas viajan a los distintos planetas del sistema solar y más allá, poblados de fieros guerreros, con reyes malvados y bellas reinas que se enamoran del terrícola de turno, con sus luchas en las que se mezclan en estrambótico maridaje las armas medievales con las futuristas y una fauna extraída de un revoltijo de pasadas eras geológicas o la más delirante imaginación. Por 15 centavos el lector podía sumergirse en estas alucinantes lecturas olvidándose de la realidad cotidiana. Aunque el 15 es un número simbólico, pues el precio de estas revistas variaba ligeramente en cada época dependiendo de un sinfín de factores: número de páginas, ilustraciones, honorarios de los colaboradores según su caché, etc. Aparte es natural que un fenómeno que se dilató en el tiempo más o menos entre fines del siglo XIX y los años 50 (aunque su época dorada son las décadas de los 20 y 30 y en algún caso alcanzó el cambio de milenio) fuera sensible al alza general de precios.

Chicago- Marte… se estructura en diez capítulos: el primero que sirve de introducción exponiendo cómo estas revistas de pésimo papel para facilitar su baratura son directas descendientes de las dime novels (novelas de a diez centavos) y los story papers (“periódicos de ficción”), aunque tampoco en este caso lo de “diez centavos” hay que tomarlo al pie de la letra.

Los restantes capítulos se detienen en analizar los distintos géneros, principales cabeceras y autores más destacados. Son: aventuras exóticas, el lejano Oeste, la narrativa criminal, los vengadores, la guerra, la ciencia ficción, el suspense y el terror, “de lo romántico a lo picante” y “deportes y otras excentricidades”. Termina con unas conclusiones que no es cuestión de desmenuzar. Aunque estudiar en 320 páginas la enorme cantidad de relatos, escritores y personajes que en las revistas pulp tuvieron cabida es misión imposible, quien lea este libro obtendrá una visión general bastante completa del fenómeno.

Aquellas revistas de llamativas portadas empezaron a languidecer a partir de la Segunda Guerra Mundial por los recortes en el papel. Las nuevas formas de entretenimiento le dieron la puntilla: el bolsilibro tan cómodo para llevar en el bolsillo de la chaqueta, los seriales de televisión… queda sin embargo su espíritu pues seguimos leyendo los mismos géneros que introdujeron, aunque con otra presentación. Ahora se trata de libros bien encuadernados, escritos sin el apresuramiento de los cortos plazos. El lector se ha vuelto más exigente. Al perder en cantidad se ha ganado en calidad.

En España quedan para los nostálgicos las recientes ediciones de una parte de las historias más sobresalientes, aunque no solo de nostalgia vive el editor pues, por lo que me cuentan, entre los compradores de estas reediciones predomina el elemento joven. En librerías especializadas encontramos en formato libro antologías de relatos cortos aparecidos en Amazing Stories, Weird Tales y otras similares. Se publica incluso alguna revista que en cierta forma recuerda por su estética aquellas de 15 centavos. De ellas, como no son de fácil acceso a los que vivimos en pueblos lejos del mundanal ruido, la única que conozco “en persona” es Barsoom, que luce portadas vistosas y papel blanco blanquísimo, aunque la impresión interior recuerda más un fanzine por sus imágenes de nitidez mejorable y un tamaño de letra no apto para miopes. Se nutre su contenido de narraciones extraídas de las viejas cabeceras, alguna moderna en la misma onda, pastiches y breves estudios sobre autores o publicaciones de la época dorada. De vez en cuando deja un pequeño hueco para el cómic.

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