LOS CUENTOS DE CONCHA

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LA CABINA  (EL PODER DE LAS PALABRAS)

CONCHA CASAS -Escritora-

Seguía allí erguida y arrogante, como testigo mudo de un pasado reciente, quizás incluso demasiado reciente como para referirse a ella en ese tiempo verbal. Ignorando la ignorancia a la que había sido condenada.

La cabina de teléfonos se asomaba desde esa pequeña atalaya al inmenso mar, que junto a ella había sido testigo de tantos y tantos sentimientos que se habían volcado a través de sus hilos de cobre, que sin que nadie lo sospechase, encerraban en su interior los secretos que las palabras esconden.

Sin embargo hacía tiempo que la soledad se había aferrado a ella, el silencio había enmohecido sus circuitos y ya nadie enviaba mensajes llenos de esperanza unas veces, de dolor otras, en ocasiones de amor y en otras simplemente de salutación.

Veía pasar a las gentes que antes esperaban ansiosas el turno de tomar entre sus manos el auricular, para verter en él lo que sus corazones albergaban, pero ya nunca o casi nunca la utilizaban.

A veces, en ocasiones contadas, alguien volvía a usarla y ella notaba como esos hilos antaño empapados de sentimientos, se estremecían con las sonoras vibraciones de la voz humana.

Incluso el mar, su antiguo cómplice de tantos secretos que ambos sabían guardar como nadie, parecía haberse vuelto en su contra, y con esa ligera espuma que los feroces levantes llevaban hasta sus mismos pies, iba corroyendo y oxidando el armazón que cobijó tantas y tantas historias.

Recordaba aquellos felices tiempos en que todos la nombraban, el solo hecho de que pronunciaran su nombre la hacía sentirse importante. Las palabras son muy poderosas, sobre todo las que contienen la esencia de las cosas, es como si con ellas se cobrara vida. Y la cabina era muy nombrada. Todos la solicitaban, y cuando la utilizaban, informaban de donde estaban. Su estructura metálica parecía crecer cada vez que escuchaba su nombre, y el reducido espacio que ocupaba en la acera se agigantaba de pronto. Hasta el mar parecía respetarla, la arrullaba mientras se mecía al compás de las olas que en su eterno eco, a veces, ella creía que la nombraba también.

Por eso cuando el silencio se apoderó de su espacio,  otro proceso paralelo comenzó a minarla, de pronto se volvió invisible. Al nadie articular su nombre, desapareció. Pasaban por su lado sin verla, a veces incluso la golpeaban distraídamente, como quien da una patada al aire.

Languidecía muriendo sin hacerlo del todo, hasta que un día, como un ligero y lejano susurro creyó escuchar el sustantivo que la nombraba. Un escalofrío habría recorrido sus entrañas, de haber albergado en ella la vida que tanto ansiaba, y aunque no fue algo duradero, si despertó circuitos que creyó  dormidos para siempre.

Esa nueva alerta la sacó de su largo letargo y poco a poco en los sucesivos días, comprobó que volvía a existir, la corporeidad iba volviendo a su ser. Ya la veían, al menos ellos dos la veían.

Dos amantes, en el juego amoroso de los primeros encuentros, la habían elegido a ella como su lugar de encuentro y así sin ellos saberlo, con la fuerza más poderosa de la tierra, la que emanaba de su sentir, le habían devuelto la vida a quien ya se creía muerta.

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