”EL REGALO: 44…”

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”EL REGALO: 44…”

SUSANA GUIJARRO RUBIO -Psicóloga. Máster en Psicología Clínica y de la Salud-

Corren tiempos difíciles y yo hace tiempo que no puedo echar carreras, pero para eso están las musas, el cielo y la imaginación: para volar, soñar despierto y lo que a nuestra mente le apetezca. Todos los veranos espero con ansia (lo reconozco) el día de mi cumpleaños. El último estuvo empañado por lo que podía encontrarme en mitad del camino y eso que pedí como deseo antes de soplar las velas no se cumplió. Cosas del pensamiento mágico…

43 castañazos me cayeron, de haber sabido lo movidita que iba a ser mi vida a partir de ahí hubiese acabado con las reservas mundiales del licor que lleva ese número por nombre, pero ni lo sabía ni mi cuerpo hubiese aguantado tremenda melopea.

Mentiría si os dijese que no me importaban los regalos, ¿a quién no siendo niño y en edades como la del pavo? A todooos, y el que diga que no…. iMiente! (Como cuando te confesabas antes de hacer la comunión y le metías al cura la misma trola… ¡Bendita inocencia!). La diferencia al ir cumpliendo es que el tipo de regalos que quieres cambia y mucho. De peques quieres juguetes (vaya paliza le dí a mi madre con el ¿Quién es quién? Pero ha llovido tanto que no sé si se acordará, jajaja). Aún recuerdo que me regalaron el Palabritas y además negro como el tizón por aquello de educar en valores, me molaba mi ricitos más alto casi que yo. Otra vez fue una máscara de la Señorita Pepis para maquillarla… mis dotes como maquilladora en aquel tiempo eran nefastas, ahora hasta he aprendido a sacarme un poco de partido. Si lo pienso he de reconocer que he sido muy afortunada en ese sentido, exceptuando el Quién es quién que al final me compró una versión pirata, pero lo que cuenta es la intención. Lampaba porque llegara el día en que mi casa se llenaba de niños gritones por todas las estancias, nos lo pasábamos pipa, jugando al escondite, al pilla-pilla, yo que sé. Eso sí eran fiestas, donde al final lo que menos importaba era el regalo material, ese era el que quedaba de recuerdo de la fiesta.

No me gustan los festejos que se hacen ahora, y ¡ojo! Los respeto, porque cada uno tiene su forma de pensar y la verdad es que hay veces, y según estén las relaciones familiares, casi que hasta nos conviene más. No es mi forma de hacerlo porque sigo prefiriendo los festejos familiares y en casita. El año pasado fue así y pasé un día bonito, como siempre, y este tenía pensado celebrar un fiestón pero no está el horno para bollos, bueno eso sí, si queda levadura antes de que nos vuelvan a confinar…

Más mayor llegó la etapa de lo que te regalaban las amigas, siempre caía una tarjetilla de felicitación con dedicatorias amorosas y luego cositas que venían en supercajas con mil envoltorios para luego ser un detalle  pequeño pero muy valioso. Ahí empecé a aficionarme a los puzles, que eso es otra… Después llega la etapa en la que ya empiezan los platos fuertes, lencerías, etc. Los regalos que te hace tu pareja, etc. Los de mami también son especiales y los de mis hermanitas del alma.

El año pasado tuve una mezclilla de todo y uno de los más especiales fue una guitarra eléctrica. Regalo de alguien que ocupa un lugar muy importante en mi vida. Siempre he querido aprender a tocarla, eso y el piano. En este tiempo de confinamiento podía haber aprovechado un poco más pero mis manos no están aún católicas…, ni apostólicas ni romanas. Estoy en ello. Para este tenía claro que quería celebrarlo con toda la gente que me ha estado apoyando en este Safari que llevo a mis espaldas (es que estoy ya hartica de la palabra “proceso”, me sale por la tapa de los sesos al igual que la de guerrera: ¡Que no es juego de tronos!).

Cuando acabé la quimio quise celebrarlo tocando “La campana de los sueños”, pero no pudo ser… Y ahora que llega de nuevo ese día en el que mi madre cuenta que nací después de los dolores, como decía mi admirado Chiquito de la Calzada, me quedo sin macrofiesta por culpa del virus tapamorros… Aún así se me ha ocurrido que puedo hacer una fiesta virtual, con videollamadas a cascoporro (por ¡Dios! Que lenguaje utilizo a veces…), y siempre me queda la opción de los regalos a domicilio, jajaja, ¡que no se me han olvidadooo! Paso a enumerar mis deseos: quiero besos, aunque sean enmascarados, abrazos aunque tenga que ponerme un epi hecho con bolsas de basura, muchas risas, un par de copillas de champán, latas de conservas, rollo de cocina, papel higiénico (unos 400 paquetes), 100 litros de alcohol (del de desinfectar, no del de Ramoncín), unos 3.000 folios, 50 lápices y 100 cajas de palillos de dientes. Sí, regalos prácticos para lo que está por venir. Los palillos son para hacerme la tortura china cuando tengamos que ayudar a nuestros hijos con los deberes y comprobar que hay cosas peores…

¡Se me olvidaba! Quiero una tarta gigante y una cesta de frutas, se aceptan cheques regalo y lo que venga con buena intención y cariño. Pero, el regalo que más me importa ya lo tengo y son las 44 velas (había un chiste del humorista Marcos Arizmendi que se llamaba así: ¿Quieres velas? ¡Pos toma 44!) que voy a soplar con mis seres queridos, porque el mejor de todos ya lo tengo y es el poder seguir sumando rodeada como estoy de AMOR.

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