LOS CUENTOS DE CONCHA

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EL VERANO DEL FRÍO

COCHA CASAS -Escritora-

Aquel verano hizo frío, de hecho todas las crónicas que sobre él se escribieron entonces y durante  muchos años después,  se referían a él como al verano del frío, pero en la historia que nos ocupa, casi me atrevería a decir sin temor a equivocarme, que los protagonistas de la misma ni siquiera lo notaron. Tendrían entonces quince años, puede que dieciséis. Esa edad fantástica en que el cuerpo ha dejado de pelear para escapar de la niñez y ya ha conseguido alcanzar las formas que definen a los futuros hombres o mujeres que serán. 

El de Laura había adquirido tal redondez en sus curvadas formas, que parecía tallado por el más caprichoso de los escultores. Era suave, sinuoso y armónico. Ella misma se sorprendía a sí misma explorándolo y recorriendo aquellas ondulaciones, que la hacían sonreír imaginando placeres todavía desconocidos.

Pedro sin embargo era rotundo. Bien podría haber pasado por un joven de 20 años,  más que por un adolescente recién escapado de la pubertad. Su afición al deporte y su vida al aire libre en aquel pequeño pueblo de pescadores, habían dado forma a unos músculos tan torneados como férreos.  

El contraste entre ambos actuaba como un imán, o quizás sería más exacto decir que lo hacía como un puzzle de dos piezas, que buscaban ansiosamente la manera de encajar.

Hacía cuatro  años que no se veían y  entonces jugaban juntos al fútbol y echaban carreras nadando en el mar, pero eso era cuando sus cuerpos apenas se diferenciaban entre sí. Por eso ese año, el verano del frío, cuando se encontraron uno frente al otro, el calor se coló entre ellos y por eso nunca entendieron porqué aquel verano fue llamado así.

A los dieciséis años, los amores del día antes son ya historia, pero algo en aquella relación hacía presagiar que la pasión que desprendían esos jóvenes cuerpos sería inmortal.

Ellos achacaban el fuego que los devoraba, a la fuerza del viento de poniente, vana excusa, porque contraviniendo todas las estadísticas meteorológicas, ese año sus ráfagas lejos de abrasar como ocurría cada estío, hacían que los pocos osados que se atrevían a permanecer en las playas, utilizasen sus toallas a modo de mantas.

Lejos del pudor que la primera vez suele estropear las caricias, las manos de ambos eran tan diestras en los menesteres amatorios, que se podría creer, si alguien hubiese presenciado sus arrebatados encuentros, que la experiencia guiaba cada uno de sus movimientos. Se entregaban al otro con la alegría del encuentro esperado durante toda la eternidad.

Quizás incluso el frío tuvo ese año su razón de ser, se alió con los jóvenes amantes para que la intimidad de sus encuentros no fuese sorprendida,  ya que al carecer de un lugar propio en el que dar rienda suelta a su amor, los cañaverales de la playa se convirtieron cada tarde en su improvisado tálamo, incluso las calas de la Rinconada sirvieron en las frías madrugadas, de cálido lecho. No hubo un discreto rincón en todo el municipio, que no fuese utilizado como marco de ese amor que escapó del frío.      

Solo los dos amantes se atrevían a retar las cuchilladas de  ese aire  famoso por los lingotazos de fuego con los  que en otros veranos abrasaba a los veraneantes; solo ellos parecían inmunes a su gélido aliento y solo a ellos les sonaban  a música celestial los rugidos que emitía al colarse entre las cañas y los latigazos con los que rompía en el mar.

Por eso cuando muchos años después de aquello, cuando ya de aquel verano no quedaba ni el recuerdo del frío, y la memoria de aquella pasión se había perdido incluso de la de quienes la protagonizaron, cada vez que un ráfaga de viento silbaba queriendo colarse por las rendijas, la piel de ambos se erizaba y un escalofrío los recorría de arriba abajo, despertando un deseo que se había escapado de sus cuerpos hacía años, muchos años, tantos que ya ninguno de los dos  recordaba que en un lejano tiempo se fundieron con los elementos.

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