LOS CUENTOS DE CONCHA

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EL PASEO DE LA ESTACIÓN

Concha Casas -escritora-

Quizás sea el olor, o el sonido del tren en esas pequeñas estaciones perdidas, tan lejos de las ruidosas multitudes de las horas punta, lo que me hace trasladarme a mi infancia.

Cogida de la mano de mi padre, íbamos cada tarde al paseo de la estación, paseábamos por las eras siempre doradas, el cielo siempre azul, y esa mano siempre cálida y fuerte con la mía dentro de su bolsillo para que yo no sintiera frío

-“No quiero crecer nunca papá”.

-“¡Ojala hija, no crezcas  y quédate siempre conmigo”¡

A lo lejos se oía el tren, “¡corre, corre, que ya llega!”. Que emoción tan intensa ver la llegada del tren. De repente la estación cambiaba, ruido, gente, prisas… apenas duraba unos minutos, luego otra vez la paz… y su mano.

En verano era cuando pasábamos de espectadores a protagonistas, íbamos a descansar al pueblo y cogíamos el tren, éramos todo bolsas, paquetes, niños… y su mano.

A mitad del camino, no recuerdo en qué estación, papá bajaba siempre a comprar cerveza y gaseosa, yo pegaba angustiada mi cara a la ventanilla buscándolo con la mirada ¡corre papá, corre!, Siempre el miedo a que partiera el tren sin él. ¡Píííí!, primer aviso y papá no llega  …

Pero sí, siempre llegaba, y con él  volvía la paz con sabor a cerveza con gaseosa, y a la madera del asiento, y al tren .

Paisajes amarillos, calor, supongo que también ruido, pero en mi recuerdo solo aparecen la quietud y la calma.

La excursión al cerrillo partiendo siempre desde la estación, otra vez el trigo, el cielo azul, el calor… y con el calor la inevitable siesta.

¡Que tormento era para nosotros! Teníamos tanto que hacer, tanto que descubrir, que dormir era perder el tiempo.

El silencio era tan aplastante que se oía, se palpaba incluso.

La siesta era siempre en la planta de abajo, frente al sol abrasador de afuera la  fresca penumbra del interior

Papá nos hacía  acostarnos en la misma habitación en la que él dormía, para así obligarnos a hacer lo propio, vano intento el suyo, apenas se empezaba a escuchar su acompasada respiración, señal inequívoca de que el sueño lo había vencido, empezaba nuestra huida.

El primer obstáculo a salvar era bajarse de la cama, a cada ligero movimiento nuestro, el rechinar de mil muelles rompía  la quietud sestera. Conteníamos entonces la respiración, para ver si papá se había despertado con el ruido. Tras comprobar que no, seguíamos en nuestro empeño. Una vez en el suelo gateábamos hasta la puerta, eso era lo más difícil, abrirla sin despertarlo … el crujir del somier era un ligero susurro comparado con el escándalo al que nos enfrentábamos ahora. Ahí fuimos sorprendidos varias veces y devueltos a la cama, y la historia comenzaba otra vez.

Todas las tardes de todos los veranos se repetía ese mismo ritual, pero papá nunca cejaba en su empeño de hacernos dormir la siesta …

Cuando bajaba el sol también repetíamos ritual, pero este lo esperábamos con verdadero deleite. Mamá nos preparaba la merienda y siempre cogidos de la mano de mi padre, íbamos mi hermano y yo a la estación. Al llegar allí nos dirigíamos al lugar donde a veces los trenes paraban a desenganchar algún vagón, por suerte para nosotros casi siempre estaba vacío, ya que era nuestro lugar de juego favorito. Cada uno nos montábamos en uno de los pesados brazos de hierro y comenzábamos a galopar. Entre los agujeros de la viga que unía ambos salientes siempre había piedras, eran nuestras armas, que arrojábamos a un enemigo imaginario que nos perseguía cada tarde.

Y allí siempre papá, nunca decía nada, solo de vez en cuando anunciaba la llegada de algún tren. ¿Qué pensaría en esas largas horas que pasábamos día tras día en la estación?

Nunca supe porqué le fascinaban tanto los trenes y las estaciones, ni qué extraño placer podía encontrar en acercarse cada tarde a la estación para verlos  llegar … en realidad me quedé sin saber muchas cosas de él, me faltó tiempo.

Había días en que incluso el paseo a la estación se repetía algo más tarde, ya casi de noche. En esta ocasión acompañados por mi madre y mi hermana mayor, ya todos arreglados y bien peinados, (antes siempre se iba muy bien peinado) íbamos allí a tomar el fresco.

Al volver ya estaban mis abuelos esperándonos con las sillas en la puerta de la calle.

En esa quietud silenciosa de mis recuerdos siempre hay un grillo, es lo único que se oye, la música de fondo perfecta para esas imágenes. Y sigo viendo a mis abuelos, a mis padres, veo sus risas, pero no las oigo, y nos veo a nosotros corriendo alrededor del jardín que ya no existe, como casi todo.

Llegando a la puerta falsa que nos servía de altillo para salvar la vez cuando jugábamos al “¡dao en alto el último la liga!”

A veces incluso hacíamos incursiones nocturnas acercándonos al paseo, pero la tenue luz de las escasas farolas y la soledad, nos hacían volver corriendo al lado de nuestros padres.

¡Que lejos queda todo! Me pregunto como será en realidad esa estación, quizás vuelva algún día, o quizás no, para no romper la magia del recuerdo. Ya no habrá trenes de madera, quizás hasta pase el AVE, posiblemente tampoco haya trigo, ni eras, y lo que es seguro que ya no estará, es su mano …

¡Hace tanto, tanto tiempo de todo eso!

Después hubo otros veranos, pero sin tren. El coche había aparecido en nuestras vidas y con él otras estaciones, diferentes pero algunas también mágicas…. el escenario cambió también, ya no era el pueblo sino el mar.

Sin embargo muchas escenas se seguían repitiendo, las siestas con sus continuos intentos de fuga, los paseos ahora por la orilla del mar, su mano… siempre su mano.

Hasta no hace mucho tiempo en alguna que otra ocasión, cada vez más distanciadas entre sí, hacíamos una pequeña excursión en tren a algún pequeño pueblo perdido. En esas ocasiones creí recuperar aquellos trenes y aquella estación incluso aquellas gentes, pero ya definitivamente forman parte exclusiva de mis recuerdos. La mayoría de estos trayectos fueron cerrados por poco rentables y los que lo son, poco tienen que ver con esta historia.

Además al desaparecer él, desapareció también lo que de mágico tenían para mí los trenes y las estaciones.

Recuerdo nuestro último viaje, ya no vivía en casa, tenía mi propia vida, pero siempre siguió siendo placentero sentir su calor.

Íbamos en coche, siempre por carreteras secundarias, nunca le gustaron las autopistas, autovías y demás artífices de la velocidad. De vez en cuando, paralela a nosotros discurría la vía del tren. En un par de ocasiones nos cruzamos con él y como en otros tiempos él nos lo anunció…. esa fue la última vez que papá hizo de intermediario entre nosotros y él

Posiblemente haya visto más trenes después, seguro. Pero ya no han vuelto a tener nunca magia. Solo ahora al escribir estas líneas, he vuelto a recuperar la paz, el calor, el sabor a cerveza con gaseosa y el tacto, suave y fuerte de su mano.

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