✍Manuel Domínguez García
Cronista Oficial de la ciudad de Motril
Motril en armas: la jornada revolucionaria de 1849

La insurrección republicana que tuvo lugar en Motril en marzo de 1849 no fue un episodio aislado, sino parte de un ciclo más amplio de agitaciones políticas y sociales que sacudió Europa en el centro del siglo XIX. En 1848, una oleada revolucionaria, la llamada Primavera de los Pueblos, recorrió el continente, provocando levantamientos en Francia, los Estados italianos, el Imperio austríaco y numerosos territorios alemanes. Aunque la mayoría de estos movimientos fueron finalmente sofocados, contribuyeron decisivamente a difundir ideas como la libertad política, la soberanía nacional, la democracia y la reforma social.
España, aunque formalmente al margen de las grandes revoluciones europeas de 1848, no permaneció inmune a su influencia. Durante la llamada Década Moderada (1844-1854), el régimen político del reinado de Isabel II se caracterizó por la concentración del poder en manos del Partido Moderado, la restricción de las libertades políticas y una profunda centralización administrativa. La exclusión de progresistas y demócratas de la vida pública favoreció la proliferación de conspiraciones, pronunciamientos e intentos insurreccionales en distintos puntos del país.
En Andalucía, donde las tensiones políticas se combinaban con graves dificultades económicas, el descontento social alcanzó una especial intensidad. Las crisis agrícolas, el aumento de los impuestos, el desempleo y el encarecimiento de los productos básicos alimentaron un clima de malestar que se expresó en diversos movimientos de protesta. En este contexto se produjo la insurrección de Motril de marzo de 1849, un levantamiento de inspiración progresista y republicana que, aunque breve y de limitado alcance militar, constituye uno de los episodios más singulares de la historia contemporánea de la ciudad.
En 1849 Motril, que tenía 11.000 habitantes, atravesaba una profunda crisis económica. El cultivo del algodón, uno de los pilares de la economía local desde comienzos del siglo XIX, se encontraba en franca decadencia debido a la creciente importación de algodón norteamericano por parte de las fábricas catalanas, de calidad superior al producido en la costa granadina. La producción local descendió hasta niveles mínimos, pese a las restricciones impuestas a las importaciones procedentes de Egipto.
La ciudad vivía una etapa de incertidumbre en la que incluso se llegó a plantear la recuperación de la antigua industria sedera mediante la plantación de nuevas moreras, signo inequívoco de la búsqueda desesperada de alternativas productivas. Por su parte, el cultivo de la caña de azúcar prácticamente había desaparecido: solo permanecía en funcionamiento un ingenio propiedad de Francisco Javier de Burgos, mientras que otro, perteneciente al conde de Bornos, seguía cerrado tras la quiebra de su dueño.
A esta situación se sumaban la escasez de alimentos, la carestía del pan y el desempleo obrero, problemas que desde comienzos de año afectaban especialmente a las familias más humildes que vivían en una espantosa miseria. Muchas personas habían abandonado la ciudad en busca de mejores oportunidades. La emigración hacia otras zonas en busca de trabajo, constituye un indicador adicional de la profundidad de la crisis.

La inestabilidad política tampoco contribuía a mejorar el panorama. Desde la década de 1830, moderados y progresistas mantenían en Motril una intensa rivalidad que trascendía la confrontación ideológica, convirtiendo la política local en un auténtico campo de batalla. Los enfrentamientos entre ambos bandos habían dado lugar a una situación conflictiva de sociabilidad política, redes clientelares y control institucional, la alternancia en el poder municipal se vivía como una disputa por la hegemonía local y en numerosas ocasiones provocaba episodios de violencia. Algunos periódicos escribían que Motril era la ciudad políticamente más dividida de España.
En este contexto no resultaba extraño que pudiera producirse una insurrección progresista o republicana contra el Ayuntamiento moderado, que gobernaba la ciudad desde 1843. La implantación del nuevo sistema de contribuciones sobre bienes inmuebles y del impuesto de consumos —que gravaba productos de primera necesidad y había sido aprobado por el gobierno de Ramón María Narváez— provocó un profundo malestar entre las clases trabajadoras y los sectores más modestos.
A las seis de la mañana del 22 de marzo de 1849, los vecinos más madrugadores descubrieron que la plaza Mayor —actual plaza de España— y las calles adyacentes estaban ocupadas por numerosos hombres armados. Las salidas de la ciudad habían sido cerradas y nadie podía entrar ni salir. Algunos decían que eran entre 100 o 150 hombres uniformados y armados que habían desembarcado en el Varadero procedentes de Oran, a los que se les habían unido motrileños y gentes de los pueblo cercanos.
Poco después se difundió la noticia de que esta partida revolucionaria de entre 150 y 300 hombres había tomado por completo la ciudad al grito de « ¡República y Libertad!». Atacaron el cuartel de Carabineros y el de la Guardia Civil que se vio obligada a rendirse antes el gran número de insurgentes que pegaron fuego a la puerta. Fueron detenidos los comandantes de ambas fuerzas de orden público. El corregidor, Antonio Mantilla de los Ríos, se negó a abrir a puerta de su casa de la plaza Castil de Ferro, hoy Jardinillos, y salió al balcón amenazando a los insurgentes con sus pistolas. Los insurrectos dispararon pero no le dieron. Mandaron traer leña para quemar la casa, pero al final un cerrajero consiguió abrir la puerta, penetrando en ella los amotinados que quemaron todos los papeles del gobierno civil. Mantilla consiguió huir por los tejados y refugiarse en una casa vecina.
Tras el intenso enfrentamiento con la Guardia Civil y los Carabineros, los sublevados lograron imponerse. En la refriega murió un guardia civil y resultaron heridos cinco carabineros.
Una vez desarmadas las fuerzas gubernamentales, los insurgentes detuvieron al resto de las autoridades locales y a los responsables de la recaudación de contribuciones, liberaron a los presos de la cárcel y se hicieron con el control de la ciudad. Entraron en el Ayuntamiento, arrojaron a la plaza documentos administrativos, expedientes de contribuciones y procesos judiciales, y les prendieron fuego, en un gesto simbólico de ruptura con el orden moderado.
La revuelta estaba dirigida por José Baltasar, Celedonio Valderrábanos que había sido recaudador de contribuciones del partido de Motril, Antonio Díaz Martos, alcalde de Motril entre 1841-1482, José Rodríguez Ranera y el cabo Lino. Durante la mañana ocuparon la imprenta y difundieron un bando firmado supuestamente por el coronel cesante el motrileño Santiago Pérez, antiguo oficial de Carabineros muy respetado en la comarca. En realidad el coronel, que sí había colaborado en otras reuniones conspiratorias con el cura Gonzalez para organizar un levantamiento en la costa de Granada, no participó en este levantamiento; pero su nombre fue utilizado para conferir prestigio y credibilidad al movimiento.
«Como comandante general de la Costa«
Hago saber: Que para llevar debidamente la misión que me está encomendada cuyo buen éxito reclamo a la Nación entera, confío en la sensatez de vosotros habitantes de Motril, y a no dudarlo espero el más exacto cumplimiento de lo que está mandado y cuanto se ordene en los artículos siguientes, con lo cual me evitareis el disgusto de llevar a cabo las penas impuestas.
1º. El Cabildo Eclesiástico se reunirá por sí y ante sí sin anuncio de campanas y comenzará en la Iglesia Colegiata un tedéum al glorioso alzamiento nacional.
2º. Atendida la miseria de esta población y con el fin de evitar los males que pudiera ocasionar, se servirán poner inmediatamente los mayores hacendados en poder del encargado al efecto D. Cecilio Galindo el número de fanegas de maíz que se les designe por papeletas expresas para que las reciban los más necesitados labradores a razón de media fanega por marjal que labren cuyo número de labor acreditarán estos por certificación de los dueños o administradores de las fincas arrendadas, haciendo obligaciones los partícipes a favor de D. Cecilio al precio corriente, para satisfacerlo en 19 de diciembre próximo y dicho señor Galindo endosará estos valores a favor de los respectivos dueños, siendo de cuenta de los percibidores el pago de medio real de vellón por fanega en el acto para los gastos de esta operación.
3º. Todos los jóvenes disponibles se presentarán en el momento de publicado este bando al jefe del retén de Capuchinos para tomar las armas en defensa de la bandera proclamada, percibiendo cinco reales diarios.
4º. Todo individuo de esta ciudad que tenga caballo, monturas o escopetas, retacos o fusiles, carabinas, sables, pistolas, bayonetas, cananas, cartuchos, pólvora en grano y balas sueltas de cualquier clase y condición que sean, las presentaran en el improrrogable término de dos horas ante el jefe del retén del Postiguillo y el que así no lo verifique pasado dicho plazo será castigado severamente.
5º. Toda persona de cualquier clase y categoría que fuere que altere la tranquilidad pública o infiera perjuicio el más mínimo al vecino pacifico, sufrirá la más severa pena, cuya medida sin excepción alguna se hará extensiva a los individuos de mi mando.
Y finalmente se declara protección decidida a los pueblos y guerra a los tiranos”.
A medida que avanzaba la mañana, la ciudad fue ocupada al completo por varios centenares de hombres procedentes tanto de Motril como de localidades vecinas. Llegaron a ser unos 500 hombres y 30 caballos. Los revolucionarios constituyeron una junta local presidida por Díaz Martos, Baltasar, Valderrábanos y el cabo Lino. Como símbolo del nuevo régimen, colocaron un emblema republicano en el balcón principal del Ayuntamiento. Desde allí, Díaz Martos proclamó la República española entre vivas y aclamaciones.
Algunos exaltados arrancaron el retrato de Isabel II del salón de plenos del Ayuntamiento y lo arrojaron a la plaza, donde fue destruido. Otros grupos se dirigieron a las escribanías para quemar expedientes judiciales relacionados con varios de los presos liberados.

El levantamiento, sin embargo, no logró extenderse. Al mediodía liberaron a las autoridades detenidas y al anochecer, ante la falta de refuerzos y las noticias de que tropas procedentes de Granada y Almería marchaban hacia Motril, los revolucionarios abandonaron la ciudad. Se concentraron inicialmente en el Cortijo del Conde, donde esperaron en vano la llegada de apoyos. Finalmente, durante la noche se dispersaron en varias columnas, dirigiéndose hacia las sierras de Lújar, Gádor y Almijara, así como hacia la zona de Gualchos.
El 23 de marzo las tropas gubernamentales entraron en Motril. Desde Granada llegó el Regimiento Numancia con 238 soldados de infantería y 235 de caballería. A las dos de la tarde hizo su entrada el Capitán General con cuatro compañías de infantería y dos piezas de artillería, imponiendo la ley marcial.
Simultáneamente, el mariscal de campo Rafael Mayalde llegó a Torvizcón con 200 infantes y 80 jinetes. Al día siguiente avanzó hacia Órgiva, donde dejó destacada una compañía de granaderos del Tercer Batallón de Navarra. Por su parte, el Capitán General estableció sus fuerzas en Vélez de Benaudalla para controlar la sierra de Lújar e impedir la reorganización de los republicanos.
Restablecido el orden, las tropas comenzaron a retirarse de Motril el 27 de marzo, dando oficialmente por sofocada la insurrección.
Pese a ello, la actividad revolucionaria no desapareció por completo. A comienzos de mayo las autoridades recibieron noticias sobre la posible llegada a la costa de una expedición compuesta por unos doscientos cincuenta hombres negros uniformados y tocados con gorros catalanes, que habrían sido vistos navegando en una corbeta armada con tres cañones.
El 20 de mayo, Celedonio Valderrábanos, que se hacía llamar coronel jefe del Estado Mayor de las fuerzas liberales de Andalucía, intentó reorganizar el movimiento. Desde la zona de Calahonda pretendía extender la rebelión hasta La Rábita con un grupo de unos cuarenta hombres. Llegó incluso a exigir al capitán de Carabineros de La Rábita que se pusiera bajo sus órdenes. Ante la negativa del capitán Romero, Valderrábanos se dirigió hacia Polopos, Jolúcar y Gualchos, perseguido por fuerzas de Carabineros y por una columna del Ejército enviada desde Motril.

Parte de la prensa nacional fiel al gobierno moderado de Madrid, afirmaba que en realidad la sublevación de Motril no había tenido carácter político, sino que había en Motril más de 7.000 individuos que no habían pagado sus impuestos de contribuciones en varios años y que el Intendente de Granada había intentado poner remedio a esa situación, descubriendo que las cantidades que se debían a Hacienda estaban “en los bolsillos de algunos concejales que en los años del descubierto tuvieron a su cargo la recaudación de impuestos”. A la vista del “asombroso descubrimiento” el intendente había iniciado acciones penales contra los que parecían implicados en el negocio y en ese contexto es cuando estalla este pronunciamiento o motín, siendo el primer acto de los jefes revolucionarios el quemar los libros de contribuciones y destruir los documentos de las causas contra los defraudadores de la Hacienda Pública
Para junio de 1849 la tranquilidad había regresado definitivamente a Motril y a toda la costa granadina. Terminaba así uno de los numerosos intentos revolucionarios progresistas y republicanos que se produjeron en la España del siglo XIX contra el régimen moderado. Aunque de corta duración y escaso éxito militar, la insurrección motrileña constituye un episodio significativo de las tensiones políticas, sociales y económicas que marcaron la historia de la ciudad y del país durante el reinado de Isabel II.





