EL ÚLTIMO VIAJERO ROMÁNTICO

✍Opinión.-

MURIÓ EL SOL

Iñaki Rodríguez Martín – Feriche (Escritor)

Murió el sol y el mundo entró en una oscuridad jamás antes conocida. La vida en la Tierra se hizo impracticable. Los termómetros cayeron drásticamente y el frío reinó. Se congelaron piscinas y estanques, pantanos y lagos, océanos y mares. Las estrellas se apagaron y la luna se difuminó, en la inmensidad de un firmamento interminable. La oscuridad trajo consigo miedo. El miedo generó dudas. Las dudas crearon caos. El caos derivó en violencia. La violencia ocasionó guerras. Las guerras propagaron destrucción y miseria. La paz y la luz solar, se convirtieron en reliquias del pasado y, en tiempo récord, todo cuanto conocíamos cambió. Se constituyeron clanes y nos hicieron esclavos. En una jaula de cristal conocí a Alberta, una experta en el ciclo vital de las estrellas. Ella me contó como el sol, se había convertido en un anillo de gas y polvo. “Los planetas que orbitan a una distancia suficientemente grande del sol podrán seguir existiendo, tras la muerte de la estrella”, afirmó Alberta. “Nuestra única esperanza es Júpiter. Júpiter sobrevivirá”, decía con voz tranquila.

El tiempo se convirtió en un horadado reloj de arena, que se vaciaba inexorablemente y al que le quedaba poquísima grava que preservar. En los laboratorios contiguos, el hacinamiento y el hambre generaron actos de canibalismo. El griterío era tremebundo. Conseguimos forzar la puerta. Teníamos que abandonar el planeta, antes de la desaparición de la atmósfera. Al llegar al hangar, subimos a una nave y ordenamos al piloto cerrar compuertas. La Tierra fue quedando a nuestra izquierda, cada vez más chica y muchos, por no decir todos, comenzamos a llorar como niños desconsolados, contemplándola con nostalgia y ternura. Entonces pusimos rumbo a Júpiter. Cuando divisamos el colosal planeta, supimos de inmediato que sería nuestra nueva casa. Aterrizamos esperanzados, entre grandes tormentas, en una gran llanura y en algún punto cercano a su ecuador.

Al desembarcar, observamos en silencio y asombrados sus ochenta lunas. Marte estaba a tan solo un paso. El planeta era algo inhóspito. Desmontamos todos los asientos, para poder dormir. Un día duraba diez horas y organizamos cuadrantes para hacer rondas y relevos y poder, así, inspeccionar el terreno. Pronto descubrimos que este planeta tenía otro sistema solar y que, a pesar de los fuertes vientos, a veces huracanados, aquí podríamos establecer nuestro nuevo hogar. Aunque la luz natural no duraba mucho, estábamos casi siempre iluminados por auroras boreales, que nos permitieron hacer algunas tareas (como sembrar semillas que había en la nave).

Poco a poco, fuimos dibujando mapas de la zona y no tardamos mucho en establecer nuestro primer asentamiento, sito en una hondonada que nos protegía de los potentes rayos interestelares, producidos por la muerte del sol. Llamamos a este pueblo “Alberta”, pues fue ella, quien, en gran medida, nos abrió la puerta hasta aquí. A la hora de dar gracias nos juntábamos todos, agarrados de la mano y a través de nuestras miradas compartíamos una felicidad infinita, por haber salido de aquel infierno de clanes corruptos y evitar el abrazo mortal que el universo nos tenía planeado.

Alberta y yo nos casamos, frente a la cruz que hicimos juntando unos hierros. Tuvimos cuatro hijas y, cuando se hicieron mayores, les contamos historias maravillosas sobre el hermosísimo planeta donde nacimos y en el cual vivimos muchos años, donde un sol resplandeciente nos calentaba, llenándonos de vida.

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