LAS FLORES DE ALMENDRO. POLOPOS

✍Texto y fotos: Valeriano Morales González

14 de febrero: «Día de los enamorados», y de las flores de almendro de Polopos»

Valeriano Morales González.

Seis amigos desde Granada, nos fuimos hasta Polopos, para ver y disfrutar del paisaje tras las lluvias de este invierno, tan lluvioso. Desayunamos en la Mamola en el hotel Onteniente, mirando al mar, que, estaba un poco revuelto y no sabía el porqué, le preguntamos al viento y él sí lo sabía. Subimos los 10 kms que separan la playa de Polopos. A la altura del cortijo «El Cura» nos paramos para disfrutar de las maravillosas vistas: hacia el mar, con todo su azul, recién pintado por la brocha del viento. Las olas daban las tres dimensiones a la lejanía. Hacia el oeste, la Sierra de Lujar, majestuosa, con su cúpula nevada, nieve recién caída, y su altura vigilante…

Hicimos fotos mirando al mar, mirando a la sierra.

En Polopos, dejamos los coches a la entrada, en el Cerrillo y, vamos caminando hasta la plaza. Había hablado con Fede de Casa Mariscal, (antigua casa de P. Romero) -donde yo de niño había vivido tres años- para que nos enseñara la casa, que la están preparando para «bed and breakfast». Me dijo que para Semana Santa la tendrían a punto. No nos la pudo enseñar, pues, es de la Comisión de Fiestas y estaban atareados preparando la comida para el mediodía: «la asadura» de cerdo”…

Pasamos por la Fuente Vieja con su «agua nueva». Tiene tres caños y salía agua por los tres; hace poco solo salía por uno. Las últimas lluvias han hecho el milagro. Pasamos por el Tejarillo, cerca de la alberca donde aprendimos a nadar muchos niños de Polopos. Buscamos hinojos en el entorno del barranco, donde hay un espectacular castaño, -vacío de hojas y esperando la primavera-. Con los hinojos tiernos se hacen unos cocidos y potajes espectaculares: hinojos tiernos, judías, se le añade, desde tocino, oreja, huesos del espinazo… todo de la matanza del cerdo.

Este barranco de Polopos, solo tiene un puente en la cabecera: el «Puente Barranco» los puentes, que no se necesitaban- porque el agua no entorpecía el poderlo cruzar. El agua, iba de paso de alberca en alberca; una parte se iba quedando en los huertos, otra iba a la mar…

Allí, en el entorno del barranco, siguen revoloteando los mirlos entre las zarzas, en los mimbres, los juncos y las altabacas y, yo, no dejo de imaginar: «cruzo, y chapoteo sobre el agua con mis albarcas de goma…» Bajaba un buen chorro de agua. Todo el entorno verde y los olores de las hierbas aromáticas. La humedad nueva y un cielo azul claro. El amarillo de las flores de retama que, veían el agua y daban calma a las almas que pasan por allí.

Vuelvo por esta tierra, -como vuelven las golondrinas a los aleros-. Tierra, -de la que estoy hecho- siguen los pájaros cantando…y me convierto en almendro. Me convierto en agua, en viento, que resuena en la loma…El viento, que me trae los mensajes de antaño.

Este barranco me recuerda y yo le recuerdo, él sueña con la mar y yo con el más allá…

Singular paisaje y singular esta agua que nace en la montaña y le espera la mar.

Siento la calma, la belleza del recuerdo que,

está lleno de flores de almendro…

Encima del castaño y del camino había una alberca de tierra, que también me había bañado alguna vez. Con los calzoncillos blancos, -no teníamos bañado- Aquellos días, que traspasan el olvido que seremos.

Vinimos de Granada, principalmente para ver las flores de los almendros. Se habían retrasado un poco por el temporal de agua, frío y viento. La parte del terreno que está más cerca de la mar, ya quedaban pocas flores, e iban saliendo las hojillas verdes a estos almendros.  Las flores de los almendros predicen y preceden a la primavera. La belleza de lo efímero, que cada año renace vestida de blanco.

«Existe en la mitología griega una hermosa historia de amor que nos habla de la creación del almendro:

Fílide princesa de Tracia se enamoró de un joven guerrero, Acamante, que participó en la guerra de Troya. Cuando la contienda hubo terminado, Fílide acudía todos los días a la costa esperando ver la llegada del barco de su amado. Pero la nao no llegaba y la princesa murió de tristeza. Entonces la diosa Atenea convirtió su cuerpo en un almendro.

Al día siguiente, cuando llegó el joven Acamante solo pudo acariciar la corteza del árbol. El amor de la princesa Fílide era tal que el almendro

en el que se había convertido respondió a las caricias de Acamante floreciendo de repente, sin echar hojas…

Después de disfrutar de la visión de las flores de almendro, del chorro de agua por el barranco, y su tímida cascada. La alegría de los chorros de agua en la Fuente Vieja…

Nos fuimos hacía La Haza del Lino a comer. Pedimos platos alpujarreños: longaniza, morcilla, choto al ajillo, lomo de orza…y ensalada de tomate con aguacate, para disimular; todo regado con vino de la última cosecha, que en La Haza del Lino elaboran ellos y, lo hacen muy bueno. La Haza del Lino es uno de los Paraísos que conservo. De niño íbamos de excursión muchas veces. No había puertas ni vallas y retozábamos jugando, entre  los alcornoques, nos abrazábamos al castaño tricentenario para rodearlo, y el suelo verde de  hierbas frescas.

Para acabar el día nos fuimos a la Bodega Cuatro Vientos a tomar el café y a ver el interesante Museo del Vino.

«Le dije al almendro, háblame de amor y floreció

mi patria es un almendro en flor,

cómplice de sol y pájaros,

de blanco rocío y dulce sombra…»

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor, introduce tu comentario
Por favor, introduce tu nombre aquí