✉Cartas al director.-
Colegios con paraguas: Motril no puede educar a cubetazos

En los colegios de Motril, la lluvia no debería ser noticia. Debería ser agua. Caer, mojar, pasar… y punto. Pero aquí la lluvia se convierte en examen sorpresa: no de Matemáticas, sino de vergüenza para el Gobierno Municipal del Partido Popular. Porque cuando llueve, no se inundan solo las calles; se nos inunda el relato. El relato que estamos contando —otra vez— es el de unos colegios públicos que aguantan con cubos, mopas y paciencia infinita. La escena es tan repetida que ya parece parte del mobiliario escolar.
El caso del CEIP Príncipe Felipe ha sido la gota que colma… el cubo. El 28 de enero de 2026, el centro suspendió las clases por filtraciones; y no hablamos de “dos goteritas simpáticas”, sino de agua entrando en pasillos y clases, con filtraciones cerca de enchufes y escaleras, hasta el punto de que padres y madres tuvieron que personarse para secar, colocar cubos y vigilar puntos peligrosos.
¿Normalizamos esto? ¿La seguridad del alumnado depende de que una madre o un padre tenga la mañana libre para ir a achicar agua? ¿Esto es una gestión seria, Señora Alcaldesa?
No es un episodio: es un patrón
Intentar vender esto como un “incidente puntual por lluvias excepcionales” es pedir que miremos a otro lado con los ojos bien abiertos. Las lluvias y temporales de finales de enero —con avisos meteorológicos y episodios de viento y precipitaciones en la Costa— no fueron un secreto ni un meteorito: fueron previsibles, anunciados y gestionables por el Ayuntamiento.
La parte verdaderamente incómoda es la que nadie quiere decir en voz alta: el agua no es la causa, es el detector. El agua revela lo que ya estaba roto: cubiertas que no se mantienen, canalizaciones que no se revisan, humedades que se dejan criar como si fueran un proyecto educativo.
De hecho, el propio Ayuntamiento de Motril reconoce que no se trata de un solo centro. En su comunicado del 28 de enero de 2026, el Gobierno municipal del PP anuncia que actuará en la impermeabilización de la cubierta del CEIP Príncipe Felipe y que está solicitando presupuestos para intervenir en otros colegios con problemas similares: CEIP Garvayo Dinelli, CEIP Cardenal Belluga, CEIP Francisco Megías y humedades en el CEI Río Ebro.
Si existen “problemas similares” en varios centros, entonces no hablamos de mala suerte: hablamos de abandono acumulado por parte de un Equipo de Gobierno Municipal que “presume” de gestión, de presupuestos y de millones de euros en remanentes.
El deporte local: pasar del mantenimiento.
La administración tiene una habilidad maravillosa para fabricar frases que no arreglan nada. Una de mis favoritas es esa de la “resolución de competencias”. El Ayuntamiento explica que actúa tras una resolución emitida el 26 de enero por la delegación educativa, y que a partir de ahí se pone “manos a la obra” con recursos municipales.
Bien. Pero aquí va la pregunta incómoda: ¿Es necesario una “resolución” para evitar que un colegio acabara cancelando clases por goteras? ¿El mantenimiento se realiza únicamente cuando la foto circula por las redes sociales?
Y ojo: no pido un milagro. Pido algo más escandaloso todavía: planificación.
Si un Ayuntamiento solo reacciona cuando se publica en redes, el mensaje es demoledor: significa que la educación pública vive a golpe de emergencia, parche y comunicado. Significa que niños y niñas merecen un edificio “digno” solo después de que la indignidad sea evidente.
Lo que se rompe no es el techo: es la igualdad
Hay quien cree que hablar de goteras es hablar de obras menores. “Exageraciones”, dirán. “Son cosas que pasan”. Pues no.
Cuando esto ocurre en un colegio, lo primero que se rompe no es el yeso del techo: es la tranquilidad. Se rompe la confianza de las familias. Se rompe la continuidad educativa (clases suspendidas, enseñanza telemática improvisada). Se rompe la idea de que lo público es lo que nos cuida a todos y todas por igual.
Además se instala un aprendizaje perverso: que lo normal es aguantar, es adaptarse. Pues tampoco, lo normal es un centro escolar que no necesite cubos para funcionar.
“Estamos actuando estupendo. Ahora, ¿Cómo y cuándo?”
El comunicado del Gobierno municipal del PP habla de cuadrilla de operarios municipales “dedicada exclusivamente” al mantenimiento de los centros escolares. Al parecer esto no existía después de siete presupuestos seguidos.
Aun así, falta lo que siempre falta cuando el agua aprieta: concreción, gestión, empatía. Porque cuando se trata de colegios, el margen para la vaguedad debería ser cero. No basta con “se va a”. No basta con “se está”. No basta con “priorizaremos”. No cuando la lluvia, según previsiones, seguirá apareciendo con la misma costumbre con la que aparecen los exámenes de fin de trimestre.
Lo mínimo exigible —y lo digo con toda la serenidad que me permite imaginar un enchufe junto a una gotera— es: un diagnóstico de todos los centros educativos: qué problemas hay, desde cuándo y qué riesgo implican; un calendario con fechas de inicio y fin de cada intervención; y diligencia y objetividad por parte de los dirigentes políticos municipales en las actuaciones que son competencia también de la Junta de Andalucía.
¿Es mucho pedir? Solo si aceptamos que lo normal es que la educación pública funcione en modo supervivencia.
La lluvia ha hecho visible en Motril colegios sin mantenimiento por parte del Ayuntamiento, obras que se posponen, avisos que se archivan, y familias que acaban haciendo de personal de mantenimiento por puro instinto de protección.
Motril no necesita más frases bonitas sobre “presupuestos y remanentes”. Necesita techos que no lloren sobre los pupitres.
*Elmira Sáez Maldonado, vicesecretaria de Política Municipal y Comunicación de la Ejecutiva Local del PSOE de Motril
Motril, a 26 de febrero de 2026





