LAS ALBERQUILLAS, VILCHES, HAZA DEL LINO… POLOPOS

✍Valeriano Morales González

LAS ALBERQUILLAS, VILCHES, HAZA DEL LINO…POLOPOS

Valeriano Morales González.

La última excursión que hice, en las dos semanas que pasé en Polopos en el mes de agosto.

Mi cuerpo, generosamente me acompaña en estas caminadas por todos los caminos que el tiempo y el abandono han borrado. Caminos difíciles, pero, con la alegría a flor de piel de recuperar emociones antiguas.

Salgo del pueblo dirección Norte, a poco de andar se bifurca para muchos lugares… Cojo el de la izquierda, paso por Las Alberquillas, Vílchez y La Haza. Al pasar por Las Alberquillas, tengo una emoción de «piel de gallina»: un recuerdo me invade: oigo a mi padre cantar entre las matas altas y verdes del maíz. Su canto se mezcla con el sonido del agua al correr por la acequia.

La voz barítono, el sonido del agua…Está regando, el maíz está alto, no lo veo pero, su voz envuelve todo el espacio de magia, de un más allá sobrecogedor y maravilloso. Salen mariposas de su voz y revolotean por el espacio azul.

Esta tierra de Las Alberquillas fue nuestro sustento durante tres años. Una tierra muy generosa, que quise y la recuerdo con mucho cariño. El agua para los huertos la suministraban dos albercas siamesas que había en el barranquillo, con su nacimiento de agua generosa. En estas fincas había almendros, higueras, viñas, olivos, un huerto grande…Tierra mítica para mí, con especies que solo habían estado en el Paraíso como: cipreses, álamos, níspolas de invierno, lirios de varios colores, uvas rojas (que decían que eran las que comía Cleopatra en sus banquetes). En la ribera del barranquillo, unos álamos plateados, hacían las delicias de quien los miraba o pasaba a su lado; de hojas caducas, son redondeadas o acorazonadas que tiemblan con la brisa, produciendo un característico susurro, cubiertas en el envés de una capa densa de pelos afieltrados de color blanquecino. Álamo símbolo de espiritualidad y de meditación…Antonio Machado les cantó:

«No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores».

El cuadro de La Gioconda de Leonardo Da Vinci está pintado sobre tabla de álamo. Han hecho una pista por donde antes había un buen camino, los recuerdos lo envuelven todo: paisaje, camino, campo cultivado y los surcos del arado sobre la tierra están visibles todavía…

Durante estos tres años que cultivamos estas tierras. Fue nuestra compañía, nuestra amiga…la que nos liberaba de llevar las cargas con los productos del campo. La que nos dejaba sus excrementos para abonar la tierra,. Fue nuestra borriquilla «Platera» -durante un tiempo fue la novia de Platero-. Era traviesa, muy trabajadora, responsable, peluda, de orejas grandes. Alegraba el paisaje por donde iba… Guardo un cariño especial a su recuerdo. Era una más de la familia. Mi padre la trataba como a una reina y le hacía el aparejo especial a su medida: albardas, cerones, capachos pequeños para la vendimia… Cuando pasaban los gitanos esquiladores, la esquilaba con un corte moderno y, alguna figura sobre los pelos del cuello. Cuando había poco trabajo para ella, la dejaba libre en los mejores pastos, no te acercaras que no te hacía caso, solo a mi padre.

Tenía un trotecillo alegre, no le gustaba subir cuestas; tenías que tener cuidado cuando encontraba otro camino más llano, salía descontrolada y al trote por el que era más liviano.

Seguí caminando, dejando atrás Las Alberquillas y mis recuerdos.

Cerca teníamos un trozo de tierra: Vílchez, que mi padre había heredado. Una «obrá» (lo que un par de mulos araba en un día), en la parte alta del terreno había una mina con una bóveda hecha con piedras, por donde salía un chorrillo de agua hacía una pequeña alberca de tierra, que se llenaba en varios días. Y regaba un bonito huerto de tres bancales. Mi padre lo cuidaba con esmero, como si fuera una efímera obra de arte. El bancal último, cerca del barranquillo tenía tres olivos «el huerto de los tres olivos». Esta tierra era casi llana y había almendros, higueras, manzanos enanos y, una fructífera viña. Sólo se conservan los almendros y los tres olivos.

Dejo Vilches a mis espaldas y empiezo a subir sin parar hasta Los Alcornoques; no hay camino «hago camino al andar» y al volver la vista atrás veo el impresionante Barranco Grande o de Las Casillas. Nace en las laderas de Los Chaparrones y Portuguillos, un maravilloso paisaje descendiendo hasta el mar Mediterráneo.

Por este barranco bajaba mucha agua y en su curso hubo cuatro molinos harineros.

Voy subiendo y paso por una viña bien cuidada y cercada con una valla de alambre. Por este territorio se ven varios alcornoques diseminados, que se les ve saludándose unos a otros. Antes, estos alcornoques eran del dueño de La haza del Lino, aunque el terreno y la viña fueran tuyos. Todo este terreno eran buenas viñas, se ha dejado de cultivar y abundan las bolinas, los cantuesos, aulagas, laston…En este paisaje quedan muy pocos árboles. Un paisaje pobre pero, con orgullo viejo. Por aquí nevaba buena parte del invierno, está a más de 1000 metros de altitud.

A partir de aquí es otra cosa: el bosque de alcornoques a más altura de Europa. Una belleza paisajística única.

Un poco antes de llegar a La Haza del Lino, al borde izquierdo de la carretera hay un árbol único: un «acerolo», el fruto se parece a la cereza, de hoja perenne. Se desarrolla en zonas secas y montañosas…

Había agua en los barranquillos, en los nacimientos de agua, en los barranquillos, veneros, humedales, charcas…

Agua portadora de alegría y vida. De mensajes del interior de la tierra. Esa agua nació bendecida por los dioses de la Tormenta, por Júpiter… Crecí entre estos barrancos y arroyos, las flores me trajeron olores salvajes, los caminos me llevaron lejos… En aquellos tiempos pasaban cosas que hoy no pasan, las emociones se cantaban a los cuatro vientos.

Los caminos se cerraron y el mundo sigue andando.
Es cruel este silencio que me hace tanto mal.
Hoy mi corazón vaga triste, pero no hundido…
Un instante la luz
en el agua y los días
que se van como el agua.
Vamos sin prisa,
la fuente mana y corre
por ti, esperándote. (Justo Navarro)

Por aquí, amanecía sobre el chorro del agua de la acequia.
Una madrugada
un agricultor
vio la figura del maestro de escuela
haciendo yoga,
estaba con los brazos en cruz sobre el cercano monte y,
pensó que estaba loco.
…otoño en un claro del bosque
en donde la luz canta en un árbol
y son pájaros todas las hojas» (Octavio Paz)

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