EL VERBO PROSCRITO

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EL TIEMPO DE LAS LUCES

JUAN JOSÉ CUENCA -Escritor-
Pues ya está aquí de nuevo, irremediablemente año tras año, la feliz, ¿blanca? y luminosa Navidad. Y aunque está resultando un tanto atípica en cuanto a climatología se refiere, lo cierto es que ya se respira ese ambiente festivo y entrañable que engrandece y dulcifica los sentimientos a la par que empobrece los bolsillos.

Por que no me negarán (bueno, pueden hacerlo, pero estarían mintiendo como bellacos) que en Navidad florecen como las vinagreras las buenas acciones y los deseos más altruistas que, durante el resto del año, parece ser que se hubieran guardado en el fondo de un cajón entre naftalina para que no se apolillen. Digo esto porque la hipocresía me puede. Y me revienta. Gente con la que te cruzas casi a diario y con la que no te relacionas absolutamente nada más allá de un escueto “hola” o “hasta luego”, se aferra a tus manos como si les fuera la vida en ello deseándote todo tipo de parabienes y te golpea en el hombro con una efusividad tal, que amenaza con romperte la clavícula. Da igual que un par de días antes hayáis casi tropezado en la acera y ni siquiera os dirigierais la palabra.

Luego están aquellos parientes con los que no has hablado durante todo el año a pesar de que viven dos calles más debajo de la tuya y que con la excusa de felicitar las fiestas te endiñan los polvorones y bombones para el viaje de estudios del nene o la nena. Que no sé si se habrán fijado ustedes, pero esto de los mantecados es que tiene guasa: te muestran un repertorio exultante en colores y formas en los envases más inverosímiles y llamativos, para luego darte cuenta de que sí, mucha lata, muy bonita y todo lo que quieras, pero de dulces más bien poquito… Y al final, como colofón y remate, una vez que ya te has decidido y has comprado la dichosa cajita con forma de cofre del tesoro y que te suele salir por medio ojo de la cara (claro, que es por una buena causa, para que se saquen algo los chiquillos para el viaje), te sale el papá o la mamá de la criatura con aquello de “¡Ah!, que también llevo lotería. Décimos completitos, que con las participaciones no le toca a uno casi ni para poner la mesa en Nochebuena”. Y te balancea el dichoso décimo frente a la cara, y tú no quieres mirar el número pero no puedes evitarlo cuando escuchas “No hay compromiso, pero tú verás. Que llevamos toda la familia y mira que si toca…”. ¡Venga ese décimo!. Y vete por donde has venido y no vuelvas hasta la Navidad que viene, como muy pronto. A ser posible sin lotería y sin bomboncitos. A este paso, cuando tu mujer te suelte durante la comida que ha llamado su prima Antonia para avisar de que se pasará por casa para veros y felicitaros las Pascuas, no tendremos más remedio que hacer rápidamente un recuento de los retoños de la prima no sea que alguno esté en edad de viaje de estudios y la visita venga con sorpresa.

En fin, todo sea por la paz, el amor y el ambiente navideño que nos ablanda los corazones hasta el punto de gelatina y nos hace fijarnos en cosas a las que no prestamos atención en cualquier otra época del año. Como cuando nos llegan solapadas en medio de periódicos o revistas (e incluso directamente depositadas con cariño en nuestro buzón ahí, a pelo) las dichosas tarjetitas con anuncios de diferentes oeneges, que no pretenden otra cosa que hacernos llorar a moco tendido con el cuento de las fechas tan especiales en las que nos encontramos. Tú, ingrato, despreocupado y poco sensible, que despilfarras el dinero (lo poco o mucho que tengas, claro) en regalos innecesarios, adornos y comida para un regimiento de artillería después de la batalla, ¿cómo no vas a donar unos pocos y míseros euros para los más desfavorecidos, o apadrinar a un niño que vive en mitad de la selva a miles de kilómetros de distancia y de cuya recepción de nuestra ayuda nunca podremos estar seguros?

Otra vez “en fin”…

Pero bueno, todos estos minúsculos “inconvenientes” pueden pasarse por alto porque estamos en Navidad, por supuesto. Lo mismo que se pasan por alto la crisis y los recortes y en estos días nuestras calles se llenan de hermosas, resplandecientes y coloridas luces navideñas. Escaparates, plazas, balcones y otros lugares visten sus mejores galas pasándose el ahorro energético por el forro. Porque da igual que las dichosas lucecitas sean de bajo consumo, con filigrana o de perilla: cuestan dinero y punto. Y si bien años tras año se escoge iluminación que, sin dejar de ser llamativa y esplendorosa, gaste un poco menos, y que se han reducido los lugares donde son instaladas (claro, ¿para qué vas a poner luces navideñas en una calle que no sea de paso obligado o que esté en el centro y que no puedan ser “lucidas”, valga la redundancia?), lo cierto es que son, en mi modesto parecer, innecesarias. De hecho ya hay pueblos y ciudades en las que, en solidaridad con mucha gente que está pasando verdaderas calamidades sea Navidad o verano, y en concordancia con los tiempos que nos están tocando sufrir, se ha rehusado encender en la vía pública luces de colores. Sí, muy bonito todo de ver mientras se está paseando o para sacarse una foto con el niño, pero parémonos a pensar durante un momento todo lo que se ahorraría el Ayuntamiento y, de paso, nosotros mismos que al fin y al cabo somos los que pagamos. Yo invertiría ese capital en otros menesteres, en mejorar la calidad de vida de muchas personas que, lo mires por donde lo mires, no tienen una feliz navidad.

Utopía, utopía…

A propósito, ¿alguien quiere un décimo de lotería del viaje de estudios de mi hija? Mira que si toca…

Dicho queda.

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