✍Antonio Gómez Romera
Domingo, 2 de agosto de 2026
EN EL CV ANIVERSARIIO DEL FALLECIMIENTO DE ENRICO CARUSO, UNO DE LOS TENORES MÁS ACLAMADOS DE LA HISTORIA

Tal día como hoy, domingo, 2 de agosto, festividad de Ntra. Sra. de los Ángeles, uno de los títulos con los que los católicos veneramos a María, madre de Jesús, en la que ya es la trigésimo primera semana de 2026, se cumplen 105 años (martes, 1921) del fallecimiento, a las 9 horas y 7 minutos, en su habitación de la segunda planta del “Grand Hotel Vesuvio” (Nápoles, Italia), a los 48 años de edad, de ENRICO CARUSO, uno de los tenores más grandes de la historia y de los primeros en conservar su voz para la posteridad a través de registros fonográficos.
Fue el primer cantante que se convirtió en ídolo de masas. Su carácter alegre y extrovertido, su talento dramático en el escenario y una voz de tenor casi perfecta, con una potencia soberbia, hicieron de él uno de los tenores más aclamados de la historia y el mejor pagado de su tiempo. En Nueva York, en su Memoria, las banderas ondearon a media asta y la fachada de la Ópera Metropolitana estuvo cubierta por un paño negro durante un mes.

Fue un fumador empedernido, de 2 paquetes de cigarrillos egipcios diarios. No está clara la causa de su prematura muerte. Tuvo dolor en el costado y episodios de sangrado por la boca en el escenario. Su salud se había deteriorado tras sufrir una grave pleuresía y complicaciones derivadas de un severo cuadro respiratorio y problemas renales. Su funeral, multitudinario y majestuoso, se celebra el jueves, 4 de agosto, en la napolitana Basílica de San Francesco di Paola, situada en la “Piazza del Plebiscito”. El servicio fúnebre incluye una solemne misa de réquiem, un coro de 400 voces y la Orquesta del Teatro San Carlo.
Su cuerpo embalsamado, yace bajo un templete de mármol blanco, en un féretro de vidrio, en el cementerio napolitano de Santa María del Pianto.

NOTAS BIOGRÁFICAS
Enrico Roberto Giovanni Caruso, nace el martes, 25 de febrero de 1873, en Nápoles (Italia), en una pequeña casa de la “Vía Santi Giovanni e Paolo”, entonces conocida como “Strada di San Giovanniello”, en el primer piso del número 7. Es hijo de Marcellino Caruso (1840 – 1908), de oficio mecánico y tenor aficionado, y de Anna Baldini (1838 – 1888). De los 21 hijos que tiene el matrimonio, Enrico es el mayor de los 7 que sobreviven.
Ya adolescente, trabaja como mecánico y cantante callejero que deleita con su voz a los transeúntes y comensales por unas monedas. Tras la muerte de su madre (1888), cuando Enrico tiene 15 años, su vida cambia profundamente: sigue los deseos de su madre y desarrolla sus condiciones para el canto.

A los 18 años (1891) comienza estudios formales de canto con el maestro Guglielmo Vergine, quien perfeccionó su técnica vocal. Refiere Dorothy Park Benjamin, esposa de Enrico en “Enrico Caruso: His Life and Death”, (1945) que “Como mi único trajecillo negro se había puesto verde, compré una botella de tinte y lo teñí yo mismo para poder seguir asistiendo a las clases con decoro. Mis dos camisas estaban muy poco presentables, pero yo les hacía pecheras de papel para que siempre parecieran flamantes. Necesitaba caminar mucho para ir a la escuela, y pronto rompí los zapatos. No tenía dinero para reemplazarlos, pero, por fin, cantando en bodas y funerales, logré reunir lo necesario para comprarme un par. El día que los estrené, empezó a llover a mitad de camino a la casa del profesor. No sabía que las suelas eran de cartón, así que al llegar a la clase los puse a secar junto a la estufa. El calor los retorció de tal modo que tuve que volver descalzo a mi casa”.

Debuta a los 22 años (1895) en el Teatro Nuovo de Nápoles con la comedia lírica “L’Amico Francesco” de Mario Morelli. En Livorno (1897) actúa junto a una bella soprano, Ada Botti Giachetti (1874 – 1946), que fascinada por la voz y el temperamento de Enrico se convierte en su protectora, maestra y amante. Ada estaba casada, aunque separada de su marido ya que el divorcio era ilegal en Italia en ese momento. Tuvieron 4 hijos, pero sólo 2 sobrevivieron a la infancia: Rodolfo “Fofo” (1898 – 1951) y Enrico “Mimmi” (1904 – 1987).
El gran reconocimiento llega en 1898 en Milán cuando interpreta el papel de Loris en “Fedora”. Este éxito lo lleva a presentarse en importantes ciudades europeas como San Petersburgo, Roma, Lisboa y Montecarlo. Enrico explicó en cierta ocasión los requisitos para ser un gran cantante: “Pecho amplio, boca grande, noventa por ciento de memoria, diez por ciento de inteligencia, mucho trabajo y algo en el corazón”. Él reunía todas esas cualidades. En lo relativo a las características físicas, podía dilatar el pecho hasta 23 centímetros.

En 1901 sube al escenario de la “Scala de Milán” para intervenir en un homenaje al recientemente fallecido Giuseppe Verdi (1813 – 1901). A principios del siglo XX, apenas comenzaba a popularizarse la radio. Para oír cantar a Enrico Caruso había que ir al teatro y comprar una entrada. El 11 de marzo de 1902 es una fecha crucial en la carrera de Enrico y en la historia de la música grabada. Ese día, en una sala del Grand Hotel de Milán, la “Gramophone and Typewriter Company” de Nueva York, graba su voz en un disco. A partir de ese momento su fama crece exponencialmente. Dos años después, en 1904, la RCA Victor, nueva gran casa discográfica, le propone firmar un contrato en exclusiva y graba más de 260 discos, de los que se venden millones de copias en América y Europa. Al poco tiempo de instalarse en Estados Unidos, Enrico se da cuenta de lo importante que es la prensa para hacerse querer por el público, así que contrata a Edward Bernays (1891 – 1995), un pionero de las relaciones públicas, que trabaja como su agente.
Gran parte de su enorme popularidad la obtiene por la grandeza de su corazón. Su sencillez lo impulsa a actos de generosidad que Bernays se ocupa de difundir, y que terminan granjeándole la adoración de la gente.

Enrico fue también protagonista involuntario de otro escándalo causado por la famosa cantante, actriz y monologuista Lina Cavalieri (1874 – 1944), considerada la mujer más bella del mundo. La cantante, en 1906, actuó con Enrico en el Metropolitan de Nueva York en la ópera “La Fedora” y ella misma contó este curioso episodio: “Cuando al final de la obra, Caruso gritó «Fedora, te quiero», caí entre sus brazos y me dio en los labios un beso apasionado y sensual…”.
Un día en Central Park, el cantante, atraído por las curvas de una joven, le pellizcó el trasero. Este gesto, tan común en Nápoles del siglo XIX y XX, no fue muy apreciado por la joven americana, que lanzó un grito. Enrico fue arrestado de inmediato y tuvo que someterse a un proceso en el que el juez, divertido por el incidente, condenó al cantante a una indemnización de 10 dólares.

Cuando estaba en el cenit de su carrera, era un hombre corpulento, de mediana estatura, cuyo cabello empezaba a clarear. A Enrico le gustaba ayudar a trasladarse a Nueva York a los más talentosos pizzeros y chefs napolitanos, echándoles una mano para abrir un negocio en la “Pequeña Italia”, con la esperanza de recrear un rincón de su querida Parténope. De esta forma se hicieron famosos los macarrones de la Costa Amalfitana, la pasta de Gragnano, Torre Annunziata y Torre del Greco, así como el aceite de oliva extra virgen procedente de las colinas de Sorrento y los tomates de San Marzano.
La pasión por la cocina estaba acompañada por su habilidad para cocinar. Solía invitar a amigos a su gran mansión para demostrar sus habilidades culinarias. Con un poco de falsa modestia, afirmaba: “Podéis decir que soy un modesto tenor, pero no me digáis que soy un mal cocinero”. El plato que conseguía entusiasmar a sus amigos italianos-americanos eran los «Bucatini alla Caruso». Los “bucatini” son fideos largos y gruesos con un agujero central. Su receta, dice: “A fuego lento, saltee dos dientes de ajo, a continuación, retire la sartén del fuego y quite los trozos de ajo dorados. Trocee algunos tomates San Marzano maduros y corte uno o dos pimientos rojos o amarillos: póngalos a un fuego intenso y condiméntelos con sal, una pizca de orégano y abundante albahaca. Añada una guindilla roja. Mientras tanto, corte unas rodajas de calabacín, enharínelas y fríalas. Los bucatini, cocidos al dente y escurridos, se condimentan con el jugo preparado, se rocían con las rodajas de calabacín y, por último, se esparce todo el perejil finamente triturado”.

También le encantaba la limpieza. Su esposa contaba que se bañaba dos veces al día, mientras estudiaba su papel con la ayuda de un atril construido especialmente para fijarlo en los bordes de la bañera. Dejaba la puerta abierta para oír el acompañamiento del piano que sonaba desde la habitación de al lado. Todas las mañanas, mientras el barbero, el masajista, el pedicurista y la manicurista se encargaban de él, Enrico ensayaba el papel que habría de interpretar esa noche, siempre acompañado por el piano. “Caruso tenía tal fuerza expresiva y transmitía tan eficazmente las emociones que conmovía al público hasta arrancarle las lágrimas. Él mismo se emocionaba de tal manera con lo que interpreta que muchas veces se encerraba en su camerino al terminar la función y sollozaba hasta calmarse (…) Sabía expresar como ninguno el sufrimiento sensual y pasional de los papeles amorosos. A donde quiera que iba, las multitudes se aglomeraban a su alrededor. Cuando entraba en los restaurantes, el público se ponía de pie para aclamarlo” (George Kent, Saturday Review).George Kent afirma que, antes de presentarse a escena, Enrico se sometía a una especie de ritual de su propia invención. Primero hacía gárgaras con agua salada caliente y luego sorbía rapé sueco para descongestionar la nariz. Después se tomaba una copa de whisky y un vaso de agua con gas, y se comía un cuarto de manzana. Deslizaba en los bolsillos de su traje escénico dos frascos de agua salada tibia para aclarar la garganta, si le era necesario hacerlo durante la representación. Cuando tal cosa ocurría, daba la espalda al público, tragaba rápidamente sin que se notara el contenido de un frasco, y continuaba cantando.
En el libro de anécdotas curiosas de David Ewen (1907 – 1985), titulado “Listen to the Mocking Words” (1945), se cuenta una de Enrico y la soprano y actriz Geraldine Farrar (1882 – 1967) cuando estaban grabando un dúo de la ópera de Giacomo Puccini (1858 – 1924), “Madame Butterfly” (1904). Como el ensayo ante la máquina grabadora había sido largo y tedioso, Enrico, en un momento de descanso, salió a la calle y se metió en un bar cercano en busca de algo que le hiciera recuperar las fuerzas. Cuando regresó y se puso a cantar de nuevo con Farrar, la “prima donna”, en plan de broma, intercaló estas palabras en el aria: “¡Oh, te has tomado un whisky con soda!”. Enrico repuso, imperturbable, también acomodando las palabras a la música: “¡Te equivocas, me he tomado dos!”.
Durante los años de la Primera Guerra Mundial lleva adelante una vasta tarea caritativa recolectando dinero para las víctimas y dando conciertos a fin de recaudar fondos para la emisión de los “Liberty bonds” que sostenían el esfuerzo bélico de los Estados Unidos.
Martes, 20 de agosto de 1918. Enrico, con 45 años de edad, contrae matrimonio con la joven estadounidense Dorothy Park Benjamin (1893 – 1955): “Mi corazón salta de un modo que parece querer volar a donde estás. Nunca más volveré a separarme de ti, nunca más. Querría que estuvieses dentro de mí ser para que vieras cuánto te amo. ¿Qué puedo hacer para que estés bien segura de ello? Creo haber hecho cuanto he podido para demostrarte mi amor, y todavía intento hacer nuevas cosas para convencerte. Ten la certeza de que tu Enrico te adora…”. Enrico y Dorothy van a tener una hija, Gloria Grazianna Victoria America (1919 – 1999).
En Nueva York, cada Navidad, hacía de Santa Claus y entregaba regalos entre los hijos de los empleados del Met. El zar Nicolas, después de escucharlo en San Petersburgo, le regaló varios lingotes de oro, metal precioso que Enrico… atesoraba.
En Buenos Aires, donde realizó más de 130 funciones, la orquesta del Teatro Colón debió interrumpir brevemente su actuación en “Carmen” de Bizet porque después de escuchar el “Aria de la Flor” los músicos se emocionaron hasta las lágrimas, situación que los obligó a un breve paréntesis.

COLOFÓN
Uno de sus entusiastas admiradores tuvo la ocurrencia de llamar Caruso a un caballo de carreras. El tenor apostaba fielmente diez dólares a su homónimo equino cada vez que corría, pero nunca ganó una carrera.
El 24 de febrero de 1987, Enrico Caruso recibe un reconocimiento póstumo de la “National Academy of Recording Arts and Sciences” con un “Premio Grammy” a la Trayectoria Artística.