Opinión.-

No fueron mis padres muy dados a permitirnos tener animales en la casa, sobre todo grandes, pero de los pequeños… de todos los colores andurrearon por la casa.
Todos los niños les piden a sus padres un perro, pero en nuestra casa, eso estaba vetado, el único perro que entraba, era de Rodri, el vecino del primero. Se llamaba… ¡Ay la memoria! Ah, ya, ¡Pisco! Aunque luego comprobamos que era perra, pero el nombre no se le cambió. Era buena y mansa, yo la tomaba prestada de vez en cuando para jugar con ella. No vivió demasiado, murió del moquillo que por aquellos tiempos era bastante frecuente.

Lo que más recuerdo son las ratillas blancas que le mangábamos impunemente a la Universidad. Sí, se las mangábamos. Por las noches, algún valiente saltaba las tapias de un cortijo que tenía la Universidad en el Camino de Ronda, donde criaban animales para experimentación. Había cabras, monos, cerdos, cobayas… y pequeñas ratillas blancas de ojos negros como pimientas.
De vez en cuando, un paseo por el cortijo y desaparecían una o dos ratillas que luego dejábamos sueltas por la casa, motivo por el que más de una murió de un pisotón inintencionado entre las lágrimas de todos.
Recuerdo una en especial, la llamábamos Blanqui (muy originales no es que fuéramos poniéndoles nombre a los animales) y que murió el mismo día que asesinaron a Kennedy, el famoso JFK. Llevaba mucho tiempo en la casa y era muy cariñosa. Tenía su escondite, donde se retiraba por las noches a dormir, en la despensa de la entrada de la cocina, cuando aún no se había apropiado mi hermano de ella para convertirla en laboratorio. Por las mañanas buscaba a nuestra madre para que le diera unas miguitas de su desayuno. La subía a la mesa de la cocina y desayunaban las dos juntas. Pero un día, tan acostumbrada como estaba a nosotros se metió debajo de los pies y un pisotón acabó con su existencia. Mi hermano (el instigador de los robos de ratas) lloraba inconsolable mientras en la tele daban la noticia del trágico final del presidente americano, y en estas que profirió indignado:
—¡Pues a mí me da más pena mi rata que ese!
Claro, “ese” estaba muy lejos, además de que en aquellos tiempos tampoco es que estuviéramos muy al tanto de la política internacional y por muy presidente de los Estados Unidos que fuera, era lógico que sintiéramos más la muerte de nuestra Blanqui que de John Fitzgerald. Vamos, que la cercanía hace el cariño.
También pasaron por la casa alguna culebra, un autillo, hamsters, un canario, un murciélago y otros bichos que no alcanzo a recordar pues fueron efímeros y variados.
Al canario, le tenía mucho cariño mi madre y le alegraba con sus trinos las mañanas, mientras hacía las tareas de la casa.

Pero claro, en mi casa tenían que ocurrir las cosas de manera sorprendente. A mi hermano se le ocurrió, aprovechando que todos se largaban de la casa, atarle un hilo a la pata dejándolo volar hasta la lámpara o las cortinas para luego tirar del hilo y recuperarlo, como si de una cometa se tratara.
El pobre animal se ponía con el corazón que se le salía del pecho, hasta que un día, se le paró del todo. Asustado, lo metió en la jaula muerto. Cuando nuestra madre volvió a la casa se lo encontró en el fondo, tieso como una mojama. Al final se terminaron conociendo las circunstancias del óbito y la consecuente regañera no se hizo esperar. Zapatilla no hubo, porque nuestra madre, jamás empleó la fuerza contra ninguno de nosotros ni nos pegó. El encargado de las correcciones era mi padre, aunque con los años y el aumento de la familia fue perdiendo las ganas de dar tortas, como consecuencia, fui el que menos recibió de la casa.
Otra ave que casi se me olvida, fue una urraca, que en las zonas rurales las llaman mariquitas, según dicen por su parloteo constante. La encontramos muy pequeña y la criamos en la casa. Era muy graciosa, por ejemplo, cuando tenía sed, se ponía sobre el grifo de la cocina chillando, se lo abríamos y boca abajo bebía del chorro. Pero un buen día decidió buscar su libertad y nos abandonó para siempre. No la lloramos, comprendimos que ese era su destino natural.
La culebra tuvo su gracia, porque la trajo mi hermano (cómo no) que la había encontrado en una de las acequias que cruzaban la Vega. Cuando llegó a casa con ella, mi madre le dijo que inmediatamente se la volviera a llevar donde la había cogido.
—Si es de agua y no muerde…
Pero los argumentos animalistas no consiguieron convencerla y la sentencia de expulsión se declaró firme e irrevocable, no quedó más remedio que sacarla. La pereza hizo que se soltara en la misma placeta que teníamos delante de la casa. Esa misma tarde hizo mucho viento y una de las persianas (de esas de tablillas de madera verdes que se estilaban entonces) salió volando a la calle. Le tocó a mi hermano, para eso era el mayor, bajar a por ella, pero cuando llegó arriba, la culebra se había refugiado dentro y en cuanto vio la oportunidad, salió corriendo del rollo de tablitas intentando esconderse detrás de los muebles, por toda la casa. Allí hubo corridas y griterío para cazarla. La pobre, yo creo que casi perece de infarto de miocardio del susto que se debió llevar. Y ya se aseguró mi madre de que la culebra la llevara lejos de la casa, en mitad de la Vega para que no pudiera regresar no fuera que nos hubiera cogido cariño.
Desde luego el animal que más nos marcó para siempre fue un gatito, un pequeño gatito blanco y negro que nuestros padres, una noche de invierno, al volver del cine, encontraron acurrucado y temblando en uno de los jardincillos que flanqueaban la entrada de la ONCE, en Recogidas. Tenía la cabeza negra como si llevara puesto un casco, el cuerpo blanco y la cola negra también.

A mi madre se le ocurrió decir (no me lo puedo explicar aún hoy):
—Ay, pobrecillo, vamos a llevárselo a los niños, mira el pobre que frío tiene.
Y arropándolo en su abrigo lo trajo a la casa. Llevaba aún un pegotito de barro en la punta de la nariz. Inmediatamente todos nos enamoramos de él y se convirtió en el juguete, principalmente mío que era el rejú de la casa y el más trasto. Le pusimos por nombre Miky (ni idea de porqué).
Pero Miky creció y creció y se convirtió en un gato grande y lustroso y más malo el jodío que la quina, tanto tanto que el nombre se lo terminamos cambiando por el de MG = Maldito Gato. Nombre que le sentaba a la perfección dadas sus fechorías. Os podría contar muchas de ellas, pero las más destacados eran que solía esconderse en los armarios, se metía dentro y con las uñas cerraba la puerta y se acostaba en las ropas llenándolas de pelos y arrugándolas, abría las puertas de los dormitorios y hasta el frigorífico.
Una de sus mejores gracias era subirse a la galería que cubría unas cortinas que adornaban, en el recibidor la entrada, las puertas de la cocina y el comedor. Aquel piso tenía los techos altísimos y altísima estaba la galería. MG se subía a todo lo alto escalando por las gruesas telas de los cortinajes a la espera de que alguien pasara para tirarse encima y clavarle las uñas en la cabeza a la víctima seleccionada. También era experto en esperarte detrás de una puerta y saltar arañándote las piernas.
Pero el día que le cogí manía al gato, fue aquel en que los chaveas del barrio nos encontramos un gatito casi recién nacido en la calle y a mí se me ocurrió llevárselo a MG para que lo cuidara, así de inocente era yo entonces. MG lo miró, se acercó muy muy despacio, lo olió y de pronto, sin saber ni cómo, vimos el cuello del gatito destrozado y la sangre brotando a borbotones. Éramos tres, un amigo y una amiga de la placeta los que estábamos allí, nos quedamos atónitos, bloqueados, sin saber qué hacer mientras MG se ponía histérico maullando desesperado y queriendo arañarnos a todos. Ni siquiera habíamos visto el zarpazo que le lanzó fulminante al cuello seccionándole la yugular. Murió el pequeño gato desangrado en mis manos. Aquella imagen me conmocionó, no era capaz de comprender qué había pasado, es que ni siquiera vi el zarpazo de la velocidad con que lo lanzó, solamente vi el cuello destrozado y al gatito convulsionando hasta quedar flácido en mi mano. Toda la cocina se llenó de sangre, nuestras ropas e incluso las caras.
Desde ese día comprendimos que el gato estaba trastornado, pero nos daba pena abandonarlo en el río de los gatos, el Darro, que era el lugar donde acababan todos los gatos no deseados.
Pero su “gran” hazaña fue un día en que mis padres y yo nos fuimos a Madrid y en la casa se quedaron mis dos hermanos solos. Mi hermana rondaría los 15 años y mi hermano los 18.
Al vecino del primero, Rodri, a quien antes mencionaba, le regalaron una gatita pequeña. Salió de la casa y la dejó sola dentro. La gata, al sentirse abandonada se puso a maullar lastimeramente. Nuestro MG, al oírla se volvió loco, de celos imagino. Viéndolo agitado, mi hermana fue a cogerlo para calmarlo y entonces se le lanzó a la cara para arañársela. Al ver su agresividad, se cubrió la cara con las manos para defenderse, destrozándoselas. Asustada, se escondió en el dormitorio de mis padres, cerró la puerta mientras el gato desesperado se lanzaba contra ella gritando y arañándola. Sin saber qué hacer se asomó a la ventana llorando y pidiendo auxilio. Justo en frente estaban construyendo un edificio y al verla los albañiles, pensaron que alguien la estaba atacando y puede que violando. Sin pensárselo, llamaron a los bomberos y entre todos derribaron la puerta de entrada aprovechando el gato para salir como alma que lleva el Diablo corriendo calle arriba. Intentaron darle caza, pero fue imposible. Ya rescataron a mi hermana, acudieron los vecinos y llamaron a mi tía que se hizo cargo de mis hermanos mientras nosotros regresábamos. Prefirieron no contarnos el alcance de las heridas en las manos de mi hermana, solamente que el gato le había arañado, pero como eso era lo cotidiano, no le dimos la menor importancia.
Al día siguiente, cuando uno de los albañiles fue a arrancar el camión de la obra, que tenían aparcado justamente debajo de la ventana por la que se asomó mi hermana para pedir ayuda, el ventilador del radiador, al girar, le tronchó el rabo a MG que se había refugiado dentro. El gato salió corriendo pero esta vez los albañiles sí consiguieron pillarlo y matarlo a golpes.
El suceso salió en los periódicos, en Patria y en Ideal, aunque mientras en el primero daban la noticia tal cual, los de Ideal se chotearon del incidente diciendo que si es que los bomberos habían quedado para rescatar a niñas atacadas por gatos. Esto ocasionó una queja de mi padre al director que era amigo suyo del Centro Artístico.
El cadáver del felino lo llevaron a los servicios veterinarios del Ayuntamiento para analizarlo en busca de pruebas de rabia, pero no quisieron mojarse y salieron por peteneras.
Durante años, mi hermana no podía ver un gato ni de lejos, le daba ansiedad… hoy tiene tres…
Otro rescatado por mis padres en el Campo del Príncipe fue un autillo, que es un pequeño mochuelo poco conocido. Lo encontraron en el hueco de uno de los árboles centenarios que allí había, hoy desaparecidos. Era muy pequeño y tuvimos que alimentarlo a base de trocitos de carne cruda. Parecía un peluche y nos hacía mucha gracia cuando volvía la cabeza 180 grados para seguirte con la mirada y estiraba el cuello para hacerse notar. Y creció y se hizo adulto, pero llegó la hora de irse de veraneo a Torrenueva. Una noche, misteriosamente se quedó una ventana abierta y buscó la libertad. Cosa extraña, porque el autillo estaba acostumbrado a nosotros y no se iba volando. Tiempo después supimos que mi madre fue la encargada de llevárselo lejos y soltarlo en la Vega para evitar engorros vacacionales.
Pero para engorro veraniego, los peces del acuario. Teníamos un acuario de peces tropicales y en verano también los trasladábamos a la playa. Desarmábamos el acuario, metíamos los peces en bolsas de plástico, la arena del fondo, las plantas acuáticas, el aireador, el filtro… y arreábamos con todo. En una ocasión, hacía tanto calor y estábamos tan agobiados los cinco dentro del Seat 850 que paramos en la fuente de Dúrcal y para refrescar a los peces, los echamos en el pilar, luego los recogimos de nuevo en las bolsas y para Almuñécar se ha dicho. Atrevidos que éramos.
¡Lo que no me explico es la santa paciencia de nuestros padres!
Una de mis invenciones fue hacerle una casa a un par de salamanquesas enormes que cacé en la Venta de la Nava de regreso de uno de los múltiples viajecitos que le dio a mi padre por hacer. Pretendía cuidarlas y hacerlas mis mascotas, el problema fue alimentarlas, no había manera de que se tragaran las moscas que les cazaba, se ve que muertas no les apetecían. No tardé mucho en darme cuenta de que no era posible mi intención porque las veía adelgazar cada día más. Finalmente tuve que soltarlas para que se buscaran ellas mismas la vida, lo que no sé es si conseguirían sobrevivir con la debilidad a la que llegaron.
Otra vez, cacé un grillo, le construí con corcho y alfileres una pequeña jaula, le daba lechuga para comer, pero fue otro fracaso, no nos dejaba dormir por las noches. Otro animalito vuelto a dejar en libertad por incompatibilidad ocupacional.
Por supuesto que gorriones caídos de los nidos o con alas rotas, vencejos, lagartijas… siempre había alguno en algún rincón de la casa.
En fin, que como en la infancia de cualquier hijo de vecino, algunos animales nos han acompañado por nuestras vidas, unos nos han dejado más huella y otros menos, pero todos han sido experiencias de las que aprendimos a querer la naturaleza y a sus criaturas.
Que tengáis buenos días.